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Con la misma vida del Padre

Ciudad Redonda -

Como del tiempo dijera san Agustín, si no me lo preguntas, sé quién es; pero si me lo preguntas, no sé qué decir. La verdad es que, hoy por hoy, del Espíritu sólo sé hablar y vivir, en concreto, sabiéndome habitado, sustentado, agraciado por el Espíritu de Dios. Así, todo junto, como una unidad Inseparable Dios en mi, en nosotros, en el mundo: como amor creador, que no está lejano e indiferente, sino vivificando la hondura última de nuestro ser, promoviéndolo con infinito cariño y entrega incesante.

Sé, eso si, que eso no dice simplemente algo de mi modo de pensar o de sentir, sino apunta a la riqueza infinita de la vida de Dios mismo, que es en si, de manera indisoluble, lo que nosotros sólo podemos ser conjuntando la unidad personal y la pluralidad social. Pero renuncio a las conceptualizaciones abstractas. Reconozco que en otro tiempo y en otra cultura pudieron ser significantes. Sin embargo, hoy, a pesar de las proclamas, no puedo menos de verlas o bien incursas en un triteísmo Insostenible o bien reducidas a una serie de afirmaciones formales, solemnes y bienintencionadas, pero Incoherentes al menor examen, cuando no francamente contradictorias.

Me consuela pensar que, de todos modos, puedo acogerme al modo como oraba y vivia el mismo Jesús. Según todo lo que podemos Intuir a partir de los testimonios evangélicos, cabe afirmar que, en su sentirse Hijo, él se vivía intima y gozosamente con la misma vida ?con el mismo Espíritu? del Padre, pero que de seguro se sentiría teóricamente desconcertado e incluso escandalizado, si alguien le hablase de la Trinidad. Y es él quien nos Invita a hacer lo mismo: «cuando oréis, decid Abbá». Sentirnos hijos, invocar a Dios como «Padre?Madre», es idénticamente saberse unidos a Jesús ?hijos e hijas en el Hijo? y movidos por el mismo Espíritu (Pablo lo sabia: Rm 8,15).

Y conste que ni siquiera así me siento Ubre de la incomodidad de un lenguaje que, aun sabiéndose balbuceo simbólico, acaba irremisiblemente tomando aires demasiado complicados. Tal vez la oración sencilla y directa, que, en el gesto mismo de hablar con el Padre, se sabe acompañada por Jesús?Cristo, sea el mejor modo de abrirse a la presencia del Espíritu

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