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Buscando al único Dios en nuestras divisiones por denominación y fe

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano). -

A Christian de Cherge, el abad trapense que fue martirizado en Argelia en 1996, le gustaba contar esta historia: Tenía gran amistad con un musulmán, Mohammed, y los dos solían rezar juntos, aun cuando eran conscientes de sus diferencias como musulmán y cristiano. Conscientes también de que ciertas escuelas de pensamiento, musulmanas y cristianas, advierten contra esa clase de oración y temiendo que las diferentes creencias no estén orando al mismo Dios, los dos se abstuvieron de llamar a sus sesiones oración conjunta. Más bien se imaginaron  como “cavando un pozo juntos”.  Un día, Christian preguntó a Mohammed: “Cuando lleguemos al fondo de nuestro pozo, ¿qué encontraremos: agua musulmana o agua cristiana?”. Mohammed, medio divertido pero también serio de muerte, replicó: “Vamos, hombre: hemos empleado todo este tiempo caminando juntos, y tú aún me haces esta pregunta. Sabes bien que en el fondo de ese pozo lo que encontraremos será agua de Dios”.

Hay importantes verdades religiosas expresadas en esa historia. Primero, todas las religiones dignas de tal nombre creen que lo primero que necesitamos afirmar sobre Dios es que Dios es inefable, esto es, Dios está más allá de toda humana imaginación, conceptualización y lenguaje. Todo lo que pensamos y decimos sobre Dios, incluso en la escritura y en nuestros dogmas definidos, es más inadecuado que adecuado. Esto revela algo de la verdad, pero mostrando este lado de la eternidad, nunca la verdad completa. El dogma y la religión nunca proporcionan una adecuada expresión de Dios. Si esto es verdad -y lo es- entonces toda verdad religiosa es siempre parcial y limitada en su expresión histórica y no puede pretender la adecuación. Todas las religiones, todos los dogmas y todas las expresiones de teología, independientemente de la denominación o religión, deben reconocer humildemente su insuficiencia. Sólo Dios es absoluto, y un absoluto conocimiento de Dios descansa en el fondo del pozo, al final de nuestro viaje religioso.

Ese hecho cambia radicalmente la manera como necesitamos concebir el ecumenismo y el diálogo interconfesional. Dado que nadie -nosotros incluidos- tiene la verdad total, el camino del ecumenismo y el diálogo interconfesional debería no ser concebido -como ha sido tanto el caso hasta el presente- de un lado ganador, del otro perdedor: Nosotros, solos, tenemos la verdad, y vosotros debéis uniros a nosotros. Más bien el modo debe entenderse precisamente “cavando el pozo juntos”, esto es, cada uno  de nosotros con un corazón abierto, suspirando por esos otros que no están a nuestra mesa, rehusando todo proselitismo, viniendo a estar comprometidos, a través de nuestra propia tradición religiosa, en la búsqueda de una más profunda conversión. Esa búsqueda es precisamente la búsqueda que precisamos para llegar al fondo del pozo, sabiendo que, una vez ahí, nosotros, como todos los demás buscadores religiosos sinceros y auténticos, encontraremos el agua de Dios y la unidad con todos los que estén ahí.

El renombrado economista Avery Dulles llamó a esto el sendero de “convergencia progresiva”. La unidad eventual entre las varias iglesias y varias creencias no acontecerá por el hecho de convertirse todo el mundo a una sola denominación o una sola religión. Más bien se dará -y sólo puede darse- convirtiéndonos todos más profundamente dentro de nuestra propia tradición. Cuando cada uno de nosotros y cada fe se mueva más profundamente dentro del misterio de Dios, nosotros nos moveremos progresivamente más y más cerca unos de otros. La historia de  Christian de Cherge ilustra esto admirablemente.

Y este camino, cuando se toma correctamente, no nos lleva al relativismo y a la creencia ingenua de que todas las religiones son iguales. Ni quiere decir que no celebremos entusiasta y abiertamente la tradición de nuestra  propia fe religiosa, o que no estemos dispuestos a defenderla, o que no estemos prestos a acoger a uno dentro de ella. Pero sí quiere decir que debemos aceptar humildemente que, mientras tenemos la verdad, la verdad no es sólo nuestra. Dios no es una deidad tribal, y el plan salvífico de Dios es universal. Dios desea la salvación de los que están en otras denominaciones y en otras tradiciones religiosas, de igual manera que, con toda seguridad, desea también la nuestra. De aquí que, como Jesús nos enseña, Dios tiene “otras ovejas”, queridas personas y queridas comunidades que no son de nuestro redil. El amor y la revelación de Dios abrazan a todas.

El camino a la unidad entre los cristianos de diferentes denominaciones y el camino a la unidad entre las religiones del mundo no es entonces el camino del proselitismo en el que cualquier tradición -incluido el Cristianismo- reclama la verdad absoluta para sí y demanda que la unión puede ser alcanzada sólo por todo el que se convierta a su lado. Más bien radica en “cavar un pozo juntos”, esto es, en cada uno de nosotros, con nuestra  propia tradición, convirtiéndonos más profundamente en el misterio de Dios y en todo que pide de nosotros. Cuando nos movamos más profundamente en el misterio de Dios, nos encontraremos más y más uno, como hermanos y hermanas en la fe.

Ninguna religión es absoluta, sólo Dios es absoluto. Sabiendo esto, deberíamos estar menos pagados de nosotros mismos en la práctica de nuestra propia religión, más respetuosos de otras denominaciones y religiones, y más dispuestos a dejar que la visión de Dios triunfe sobre la nuestra.

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