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Bregando con el sentimiento de superioridad

Ron Rolheiser, OMI (Trad. Benjamín Elcano) -

Vivimos en un mundo donde casi todo alimenta nuestros sentimientos de superioridad, y más aún, cada vez se nos dan menos herramientas para combatirlos.

Hace varios años, Robert L. Moore escribió un libro muy interesante titulado Frente al dragón. El dragón que más nos amenaza es -según él- el dragón de nuestros sentimientos de superioridad, esa sensación interior que nos mantiene en la creencia de que somos singularmente especiales y destinados a ser superiores a los demás. Esta condición nos bloquea. Dicho simplemente, todos nosotros, los siete mil millones que estamos en este planeta, no podemos menos que sentir que somos el centro del universo. Y, dado que esto es mayoritariamente desconocido y que, generalmente, estamos mal equipados para tratar de ello, contribuye a una situación espantosa. No es una receta para la paz y la armonía, sino para la desconfianza y el conflicto.

Sin embargo, esta condición no es culpa nuestra, ni es en sí misma una lacra en nuestra naturaleza. Nuestro sentimiento de superioridad viene por la manera como Dios nos hizo. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta es la verdad más fundamental y dogmática en la comprensión judeo-cristiana de la persona humana. Sin embargo, no se debe entender simplistamente, como un bello icono estampado en nuestras almas. Más bien necesita ser entendido de esta otra manera: Dios es fuego, fuego infinito, una energía que inexorablemente busca abrazar y comunicar a toda la creación. Y ese fuego está dentro de nosotros, creando un sentimiento de piedad, una intuición de que también nosotros tenemos energías divinas, y una presión para ser singularmente especiales y obtener alguna forma de superioridad.

Más aún, pareciera que ser hecho a imagen y semejanza de Dios fuera como tener el micro-chip de la divinidad dentro de nosotros. Esto constituye nuestra dignidad más  grande, pero también crea nuestros más grandes problemas.  Lo infinito no se asienta fácilmente en lo finito. Porque tenemos energía divina en nosotros, no vivimos fácilmente la paz con este mundo; nuestros anhelos y deseos son demasiado grandes. No sólo vivimos en esa perpetua inquietud que Agustín destacó en su famosa frase: “¡Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti!”, sino que este innato deseo de superioridad alimenta la creencia de que somos especiales, destinados de una manera única y nacidos para sobresalir de algún modo y ser reconocidos y señalados por nuestra especificidad.

Y así, un gen divino nos impulsa para hacer de algún modo un especie de declaración con nuestras vidas, para crear de alguna manera un especie de inmortalidad personal y crear de algún modo algo en lo que seamos especiales y que el mundo entero tenga que tomar nota. Esto no es un concepto abstracto; es algo concreto. La evidencia de esto se comprueba en cada noticiario, en cada bombardeo, en cada truco temerario, en cada situación en la que alguien busca sobresalir. Se ve también en la universal hambre de fama, en el anhelo de ser conocido y en la necesidad de ser reconocido como único y especial.

Pero este sentimiento de superioridad, de suyo, no es un fallo nuestro, ni es necesariamente una  falta moral. Viene del modo como estamos hechos, irónicamente de lo que hay en nosotros mismos más grande y mejor. El problema es que, hoy, generalmente no nos dan las herramientas con las que manejarlo provechosamente. Más y más, vivimos en un mundo en el que, por incontables razones, nuestros sentimientos de superioridad son sobrealimentados, aun cuando esto no esté siendo reconocido y aun cuando nos estén dando cada vez menos herramientas religiosas y psicológicas con las que lidiar con ello. ¿Cuáles son estas herramientas?

Psicológicamente, necesitamos imágenes de la persona humana que nos permitan entendernos saludablemente, pero de unas maneras que incluyan la aceptación de nuestras limitaciones, de nuestras frustraciones, de nuestra anonimia y del hecho de que nuestras vidas deban ser un espacio digno para la vida de cualquier otro. Psicológicamente, nos tienen que dar las herramientas para entender nuestra propia vida, reconocida como única y especial, pero también como una vida entre millones de otras vidas únicas y especiales. Psicológicamente, necesitamos mejores herramientas para manejar nuestros sentimientos de superioridad.

Religiosamente, nuestra fe y la iglesia deben darnos una comprensión de la persona humana que nos ofrezca perspectiva y la disciplina (discipulado) para permitirnos vivir nuestra unicidad y nuestra ser especial, al mismo tiempo que aceptamos pacificamente con nuestra propia mortalidad, nuestras limitaciones, nuestras frustraciones, nuestra anonimia, y creamos espacio para el reconocimiento del ser unico y especial de la vida de cualquier otra persona. En esencia, la religión tiene que darnos las herramientas para acceder sanamente al fuego divino que hay dentro de nosotros y actuar saludablemente con arreglo a los talentos y dones con los que Dios nos ha enriquecido, pero con la añadida capacidad para conocer humildemente que estos dones no son propios nuestros sino que vienen de Dios, y que todo lo que somos y llevamos a cabo es por gracia de Dios. Sólo entonces no seremos destruidos por el fracaso ni hinchados por el éxito. La tarea en la vida -indica Robert Lax- no es tanto encontrar un camino en el bosque como encontrar un ritmo para que caminar.

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