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Aplastados y heridos: Entender el suicidio

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Algunas cosas necesitan ser dichas, y dichas, y dichas de nuevo, hasta que ya no necesiten ser dichas más. Eso lo  escribió Margaret Atwood. Lo cito aquí porque cada año escribo una columna sobre el suicidio, y generalmente digo lo mismo cada vez, porque ciertas cosas sobre el suicidio necesitan ser dichas repetidamente, hasta que tengamos  una mejor comprensión de él.

¿Qué se necesita decir una y otra vez?

1.- Primero, que el suicidio es una enfermedad, algo que, en la mayoría de los casos, quita la vida a una persona contra su voluntad, el equivalente emocional del cáncer, una hemorragia cerebral, un ataque de corazón.

2.- Segundo, que nosotros, los seres queridos que quedamos, no deberíamos perder excesivo tiempo ni energía cuestionando cómo podríamos haberle fallado a esta persona, qué deberíamos haber notado e incluso qué podríamos haber hecho para prevenir el suicidio. El suicidio es una enfermedad; y, como con una enfermedad puramente física, podemos amar a alguien y, aun así, no ser capaces de líbrarlo de la muerte. Dios también amó a esta persona y compartió nuestra impotencia al intentar ayudarle.

3.- Necesitamos una mejor comprensión de la salud mental. El hecho es que no todos tienen los circuitos internos que les permitan la resistida capacidad para la estabilidad y animación. La salud mental de uno es paralela a su salud física, frágil y no totalmente bajo su control. Además, justo como la diabetes, la artritis, el cáncer, la hemorragia cerebral, los ataques de corazón, la esclerosis lateral amiotrófica y la esclerosis múltiple, puede causar debilitación y muerte; así también, las enfermedades mentales pueden infligir destrozos, causando también toda clase de debilidad y, a veces, muerte por suicidio.

4.- El papel potencial que juega la bioquímica en el suicidio necesita más exploración. Si algunas depresiones  suicidas pueden ser tratadas con drogas, entonces algunos suicidios son claramente causados por deficiencias bioquímicas, como lo son otras muchas enfermedades que nos matan.       

5.- Casi invariablemente, la persona que muere por suicidio es un ser humano muy sensible. El suicidio raramente es realizado arrogantemente, como un acto de desprecio. Hay, desde luego, ejemplos de personas que  son demasiado orgullosas para aguantar la contingencia humana normal y se eliminan por arrogancia, pero ese es un género de suicidio muy diferente, no el que la mayoría de nosotros hemos visto en un ser querido. Generalmente, nuestra experiencia con los seres queridos que hemos perdido por suicidio fue que estas personas eran cualquier cosa menos arrogantes. Más bien, estaban demasiado machacados como para tocarlos y heridos de alguna manera profunda que no pudimos comprender ni ayudar a sanar. Verdaderamente, con frecuencia, cuando ha pasado bastante tiempo después de sus muertes, en retrospectiva, vemos alguna razón de su herida, y su suicidio entonces ya no parece sorprendente. Hay una clara distinción entre estar demasiado aplastado para continuar viviendo la vida y ser demasiado orgulloso para continuar ocupando el lugar de uno en ella. Sólo este hace una declaración moral, ultraja las flores y desafía la misericordia de Dios.

6.- El suicidio es frecuentemente el desesperado ruego de un alma en pena. El alma puede hacer reclamaciones que van contra el cuerpo, y el suicidio es frecuentemente eso.

7.- Necesitamos perdonarnos a nosotros mismos si nos sentimos enojados con nuestros seres queridos que acaban sus vidas de esta manera. No os sintáis culpables de sentiros enojados; esa es una respuesta comprensible y natural cuando un ser querido muere por suicidio.

8.- Necesitamos trabajar para rescatar la memoria de nuestros seres queridos que mueren por suicidio. El modo de su muerte puede que no venga a ser un prisma por el que ahora veamos sus vidas, como si este modo de muerte cambiara de color todo sobre ellos. No descolguéis fotos de ellos ni habléis de ellos y sus muertes en callados términos más que si hubieran muerto de cáncer o de un ataque de corazón. Es duro perder a seres queridos por suicidio, pero tampoco deberíamos perder la verdad y el calor de su misterio y su memoria.

9.- Finalmente, no deberíamos inquietarnos por cómo Dios reciba a nuestros seres queridos en el otro lado. El amor de Dios, a diferencia del nuestro, puede atravesar puertas cerradas, descender a los infiernos y exhalar la paz donde nosotros no podemos. La mayoría de la gente que muere por suicidio se despierta al otro lado para encontrar a Cristo de pie dentro de sus puertas cerradas, en el centro de su caos, diciendo delicadamente: “La paz sea con vosotros”. La comprensión y compasión de Dios superan infinitamente las nuestras. Nuestros seres queridos a quienes hemos perdido están en unas manos más seguras que las nuestras. Si nosotros, limitados como somos, ya podemos llegar a través de esta tragedia con algo de comprensión y amor, podemos descansar seguros de que, dada la anchura y profundidad del amor de Dios, el que muere por suicidio encuentra, en el otro lado, una compasión que es más profunda que la nuestra y una comprensión que sobrepasa la nuestra.

Juliana de Norwich dice: Al final, todo resultará bien, y todo resultará bien, y todo modo de ser resultará bien. Yo lo estaré, aun después del suicidio. Dios puede -y lo hace- atravesar las puertas cerradas y, una vez allí, exhala la paz en un corazón torturado y confundido.            

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