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Amor más allá de la muerte

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) -

Gilbert K. Chesterton declaró una vez que el Cristianismo es la única democracia donde aun los muertos logran votar. A la luz de eso, cuento dos historias.

Un psicólogo, en una conferencia a la que asistí una vez, contó esta historia: Una mujer vino a verle en considerable necesidad de ayuda. Su inquietud tenía que ver con la última conversación que había mantenido con su marido antes de que este muriera. Ella explicó cuánto habían gozado de un buen matrimonio durante más de treinta años, con un solo pequeño altercado entre ellos. Pero una mañana tuvieron una disputa sobre algo trivial (de lo que ni siquiera era capaz de recordar la causa). Su altercado había acabado en ira, y él se dirigió a la puerta para irse al trabajo… y morir de un ataque de corazón ese día, antes de tener nuevamente una ocasión de conversar.

¡Qué terrible desgracia! Treinta años sin el menor incidente de esta clase, y ahora esto: ¡en sus últimas palabras, enfado mutuo! El psicólogo primeramente, con cierto humor, le aseguró que toda la culpa estaba de parte de su esposo, en su decisión de morir en ese embarazoso momento, ¡abandonándola con esa culpa!

Más seriamente, le preguntó: “Si su esposo se hallara aquí ahora mismo, ¿qué le diría Vd.?” Ella respondió que le excusaría y le aseguraría que, teniendo en cuenta todos sus años vividos en compañía, este diminuto incidente no significaba nada, que su amor mutuo empequeñecía totalmente ese breve momento. Él le garantizó que su esposo estaba aún vivo a causa de la comunión de los santos y seguía con ellos en ese mismo momento. Entonces le añadió: “¿Por qué no se sienta en esta silla y le dice lo mismo que Vd. acaba de contarme, que su fiel amor mutuo olvida por completo su última conversación con él? De verdad, ríanse de su ironía”.

Una segunda historia. Recientemente, visité a una familia cuyo padre había muerto por suicidio hacía veinte años. A lo largo de los años, habían tratado de olvidar eso, aunque, al igual que la mayoría de las familias que pierden a un ser querido por suicidio, quedó vivo algún incómodo residuo. Hacía largo tiempo que lo habían perdonado, que se habían perdonado por cualquier negligencia de su parte y que habían perdonado a Dios por la injusticia de una muerte como la suya. Pero algo quedó inacabado, algo sintieron que no supieron especificar con propiedad (a pesar de veinte años pasados, a pesar del perdón total y a pesar de una comprensión más empática del suicidio). Tampoco yo supe especificarlo con propiedad, pero fui capaz de sugerir un remedio.

Indiqué que tienen una celebración ritual en la que celebrar su amor por él; celebrarían el don que fue su vida y trabajarían por redimir la infortunada manera de su muerte. He aquí lo que sugerí: Elegid un día, quizá su cumpleaños o incluso el aniversario de su muerte. Reuníos como una familia que sois y tened una celebración alegre, incluso con champagne, vino y globos. Compartid historias sobre él, destacando aquellas en las que se mostraba feliz, en las que estaba riendo, en las que su espíritu se animaba y en las que aportaba una especial energía al lugar. Celebrad eso con comida, vino, champagne, risa y amor. Él estará allí con vosotros. Vosotros estáis aún en una comunión de vida con él. Él está feliz ahora. Celebrad eso con él. Arrojad lejos los veinte años de abatimiento. La falta  de esta clase de celebración es lo que aún queda sin tratar entre vosotros y él.

Historias como esta pueden sonar como si fueran imaginarias, ficticias, pero se fundan en una sólida y definida doctrina cristiana, esto es, están enraizadas en una fe que nos manifiesta que estamos en unión viva unos con otros en el Cuerpo de Cristo. Como cristianos que somos, creemos (como doctrina de nuestra fe) que estamos en unidad de unos con otros dentro de un cuerpo viviente (un organismo, no una corporación) y que esta unión en un solo cuerpo nos incluye a todos nosotros, tanto a los vivos como a los difuntos. Podemos comunicarnos unos con otros, disculparnos unos con otros, hacer las paces unos con otros y celebrar la vida y energía de unos y otros, aun después de que uno de nosotros haya muerto. Siendo cristianos, somos invitados a orar por los muertos. No es sorprendente que ciertos cristianos sean reacios a esto, no conformes con que se necesite recordar a Dios que sea misericordioso e indulgente. Están en lo cierto; pero, en definitiva, no es esa la razón por la que oramos a favor de nuestros seres queridos que han fallecido. A pesar del caudal de fórmulas de oración que generalmente usamos para pedir a Dios que sea misericordioso, la verdadera finalidad de nuestra oración por los difuntos es que permanezcamos en contacto, en una comunicación de vida con ellos. La verdadera finalidad de nuestras oraciones y celebraciones rituales por los difuntos es seguir estando en una comunicación más deliberada de vida con ellos, concluir asuntos inacabados, disculparnos con ellos, perdonarlos, pedirles que nos perdonen, permanecer atentos al especial oxígeno que exhalaron en el planeta durante su vida y compartir ocasionalmente con ellos un celebrativo vaso de vino. 

 


Imagen de Ben Kerckx en Pixabay

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