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Alimentarse del fuego sagrado de la vida

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) -

Mira a los sabios y a los malvados, que se alimentan del fuego sagrado de la vida.

Estos son versos de la canción de Gordon Lightfoot titulada  Don Quijote, y destacan una importante verdad: tanto los sabios como los malvados se  alimentan de la misma energía. Y es energía buena, energía sagrada,  energía divina, independientemente de su uso. Los avaros y los violentos se alimentan de la misma energía que los sabios y los santos. Hay una fuente de energía; y aun cuando puede ser empleada irresponsable, egoísta y horriblemente, sigue siendo siempre a energía de Dios.

Desgraciadamente, no pensamos con frecuencia en cosas así.  Recientemente, estaba escuchando a un hombre muy desalentado que, fijándose en el egoísmo, la avaricia y la violencia de nuestro mundo, culpó de todo ello al diablo. “Debe de ser el anti-Cristo”, dijo. “¿De qué manera explicáis todo esto, tanta gente que quebranta con frecuencia los mandamientos?”

Tenía razón al afirmar que el egoísmo, la avaricia y la violencia que vemos hoy en nuestro mundo son el anti-Cristo (aunque quizás no el Anti-Cristo del que se habla en la escritura). Sin embargo estaba equivocado al indicar de dónde sacan su energía el egoísmo, la avaricia y la violencia. La energía que éstas sacan viene de Dios, no del diablo. Lo que vemos en todas cosas negativas que todos días forman parte importante de las noticias de la noche no es energía mala sino más bien el mal uso de la energía sagrada. Las obras malas no son el resultado de las energías malas, sino el resultado del mal uso de la energía sagrada. Tanto si consideras al diablo una persona  como si lo consideras una metáfora, de cualquier manera, su origen no es otro que Dios. Dos creó al diablo. Su maldad resulta del mal uso de esa bondad.

Toda energía viene de Dios y toda energía es buena, pero puede ser empleada malvadamente. Además, es irónico que aquellos que parecen beber lo más profundamente de los manantiales de la energía divina son, invariablemente, los mejores y los peores, los sabios y los malvados, los santos y los pecadores. Estos inyectan el fuego. El resto de nosotros, que vivimos en el espacio existente entre los santos y los pecadores, tendemos a luchar más para prender de verdad el fuego, para beber profundamente de los manantiales de la energía divina. Nuestra lucha no consiste tanto en el mal uso de la energía divina, sino más bien en no sucumbir al crónico adormecimiento, la depresión, la fatiga, el abatimiento, la amargura, la envidia y la especie de desánimo que nos hace ir por la vida careciendo de fuego y protestando siempre de que tenemos derecho a ser increativos e infelices. Los grandes santos y los grandes pecadores no viven vidas de “desesperación silenciosa”. Beben profundamente la energía sagrada, vienen a estar inflamados por ese fuego y hacen de eso la fuente tanto para su extraordinaria sabiduría como para su salvaje maldad.

Esta visión, santos y pecadores alimentados de la misma fuente, no resulta sólo un icono interesante. Es una verdad importante que nos puede ayudar a entender mejor nuestra relación con Dios, con nuestras cosas de este mundo y con nosotros mismos. Debemos ser claros en lo que es bueno y lo que es malo; de otro modo, acabamos no comprendiéndonos a nosotros mismos ni comprendiendo las energías de nuestro mundo.

Una espiritualidad sana necesita ser predicada sobre una comprensión apropiada de Dios, de nosotros mismos, del mundo y de las energías que conducen nuestro mundo, y estos son los no-negociables principios cristianos con los que necesitamos conocernos a nosotros mismos, el mundo y el uso de nuestras energías: Primero, Dios es bueno, Dios es la fuente de toda energía de cualquier lugar, y esa energía es buena. Segundo, somos hechos por Dios, somos buenos y nuestra naturaleza no es mala. Finalmente, todo lo que hay en nuestro mundo ha sido hecho por Dios y también es bueno.

Así pues, ¿dónde entran el pecado y el mal? Entran cuando nosotros empleamos mal la buena energía que Dios nos ha dado, y entran cuando nos relacionamos de malos modos con las buenas cosas de la creación. Simplemente expresado: Nosotros somos buenos y la creación que nos rodea es buena, pero podemos relacionarnos con ella de manera equivocada, precisamente a través del egoísmo, la avaricia o la violencia. De igual modo, nuestras energías son buenas, incluso todas esas energías que subrayan nuestra propensión hacia el orgullo, la avaricia, la concupiscencia, la envidia, la ira y la pereza; pero podemos abusar de esas energías y utilizar el fuego sagrado de la vida de una manera muy interesada, lasciva, avara y malvada.

El pecado y el mal, por tanto, emanan de más allá del mal uso de nuestras energías, no de más allá de las energías mismas. Así, también, el pecado y el mal emanan de cómo nos relacionamos con ciertas cosas en el mundo, no del mismo mal inherente que hay en nuestras personas o en las cosas mismas. Los malvados no son malas personas que aprovechan la energía que viene del diablo. Son buenas personas que usan irresponsable y egoístamente la energía sagrada. La energía misma es aún buena, a pesar de su mal uso.

No nos vaciamos en energías malas cuando nos entregamos a la avaricia, la concupiscencia, la envidia, la pereza o la ira. No, más bien usamos mal la  energía buena y sagrada con lo que vivimos, nos movemos y existimos. Tanto los sabios como los malvados se alimentan del mismo fuego sagrado.   

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