Comentario al Evangelio del domingo, 20 de abril de 2014

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José María Vegas, cmf

Ya amanece, aunque aún está oscuro

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela porque queríamos ver la luz, asistir al amanecer de la nueva creación. Pero, ¿quién nos ha avisado que debíamos permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, que sobrevive a la  muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.   

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén,; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3), a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2), que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy nos invita a meditar sobre la propia fe, tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos (volver a Emaús), alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.
El mensaje de la Pascua nos dice que, pese a los muchos signos de muerte, es posible “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo! María Magdalena, el discípulo amado, Pedro, miles de generaciones de cristianos nos han transmitido la posibilidad de hacer también nosotros esta experiencia vida.  

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

icono comentarios 9 comentarios

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Comentarios
El verdadero amor, por exigencia propia, respeta los
rangos, de ahi el orden en que los discipulos vieron a
Jesus resucitado ; solo la idoneidad, hace que poda -
mos comprender algo que no tiene demostracion ,sa-
bemos que vive, porque creemos, tenemos Fe en su
Palabra y Eucaristia. Si necesitas ver para creer, en
realidad no crees en nada, pues lo que esta a tu vista
con los ojos de tu cuerpo, no te hace falta "creer " ,
pero si miras con los ojos del amor y la fe, "ves" a
traves de esa fidelidad, de esa conviccion, sin necesi-
dad de pruebas ni confirmaciones. Saludos.......
0
Martha Martha
el 17/4/14
Hoy,día de la Pascua de Resurrección,debemos estar
alegres porque Cristo ha resucitado.
Dice San Pablo:"Si Cristo no hubiera resucitado, sería
vana nuestra fe".
Esta es la fiesta de la fe,de la esperanza y de la alegría.
Nos transmite un mensaje:"Id y decid a todos que
Cristo ha resucitado".
La Resurrección de Jesús,da sentido a nuestra vida,
es la base de nuestra fe,y el fundamento de nuestra
esperanza.
En la Eucaristía,celebramos, el acontecimiento más
grande de la historia de la salvación.La Muerte y la
Resurrección de Cristo.
La Resurrección,en su momento,necesitó de testigos; también hoy los necesita..esta es nuestra misión...
¡¡ALELUYA!! ¡¡ALELUYA!! ¡¡CRISTO HA RESUCITADO!!.

¡¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!!.


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victoriasnchez victoriasnchez
el 18/4/14
Gracias, Senor, porque resucitando, cumplistes con tu palabra.
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Joselito H. Joselito H.
el 20/4/14
Experimentar la resurrección de JESÚS EN NUESTRA VIDA ES UN HERMOSO ACONTECIMIENTO DE FE Y CONVERSIÓN, QUE NOS MUEVE A PRACTICAR EL AMOR, Dios NOS DIO EL MEJOR REGALO QUE SE LE PUEDE DAR A UN UN HIJO, NOS DIO LA ESPERANZA DE UNA VIDA ETERNA. SER TESTIGOS DEL AMOR DE CRISTO ES LLEVAR EN SI UN MISTERIO D EFE AL CUAL HAY QUE TRANSMITIRLOS, EL TESTIGO DEBE GRITAR A CUATRO VIENTOS QUE JESÚS VIVE.
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Carlos Rosario Carlos Rosario
el 20/4/14
Queridos hermanos, hoy es día de fiesta de victoria, ha resucitado Jesús, ha vencido a la muerte y con su victoria renacen las esperanzas, cumplió lo que nos prometió que estará con nosotros en nuestras vidas por que Él es un Dios vivo que permaneces a nuestro laso, seamos testigos de su amor que nos regala día a día no seamos testigos de madera sino testigos de acción que comuniquemos a los demás que Dios ha vencido la dificultad, al pecado y que nos ama, renazca en nuestros corazones la Fe que nos conlleva a vivir la realidad de Cristo, tal como se nos muestra en esta resurrección por que nuestro Señor es muestra de triunfo y victoria, atestigüemos el poder de Cristo que nos libera y nos espera a que le abramos nuestro corazón, el vive en nosotros por que nos ama y ahora es » ver comentario
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Pedro Anibal Pedro Anibal
el 20/4/14
Gracias doy a nuestro Padre Dios por llevarnos a Su reino donde se vive de Amor...¡ Realmente el Señor Jesucristo Vive y es porque realmente Resucitó !
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Irenarco Cala Irenarco Cala
el 20/4/14
Gracias doy a nuestro Padre Dios por llevarnos a Su reino donde se vive de Amor...¡ Realmente el Señor Jesucristo Vive y es porque realmente Resucitó !
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Irenarco Cala Irenarco Cala
el 20/4/14
SEÑOR,tu a amor ese amor tan de verdad que nos diste gratuitamente..vencio cuando te humillaron te azotaron, te dieron muerte en la cruz..y siguió venciendo tu AMOR y siempre vencerá...¿¿que mas pruebas de AMOR queremos para hacer tu volntad.??
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conchi conchi
el 22/4/14
DÍA DE Resurrección día de refleccionar
0
BRADY WILDER BRADY WILDER
el 25/4/14
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Viernes, 19 de diciembre de 2014

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Lc 1,5-25. Anuncio del nacimiento de Juan Bautista.

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