Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

La victoria de la Cruz

El Domingo de Ramos, la puerta de entrada en la Semana Santa, reúne dos motivos en apariencia contradictorios: por un lado, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; por el otro, el fracaso de su trágica muerte en la cruz. El triunfo y la derrota. Mejor sería decir, el triunfo aparente, y la derrota real y sin paliativos. Podemos preguntarnos por qué la liturgia reúne estos dos motivos, que, pese a su cercanía temporal, no coinciden del todo. ¿Por qué anticipar al Domingo de Ramos lo que sucederá el Viernes Santo? ¿Para qué empañar este momento de gloria, aunque efímero, bajo la sombra del fracaso de la cruz? De hecho, hasta el enunciado de la solemnidad puede parecer engañoso: Domingo de Ramos, decimos, pero lo cierto es que la lectura de este episodio ocupa un lugar casi marginal en la celebración litúrgica, en la que todo el protagonismo se lo lleva la lectura dramatizada de la pasión.

La liturgia concentra en sí la experiencia cristiana de siglos, y está penetrada de una lógica profunda, que podemos ir descubriendo y comprendiendo precisamente en la pedagogía de la repetición cíclica. No se trata de una mera compresión teórica, sino vital: la liturgia nos va introduciendo en el misterio mismo de Cristo, ayudándonos a hacerlo parte de nuestra vida, a “entrar” literalmente en él, a hacernos coprotagonistas de esta historia en el mismo sentido en que lo fueron quienes acompañaban a Jesús en los relatos evangélicos, con sus mismas esperanzas, alegrías y tristezas, también con sus mismas tentaciones y confusiones.

¿Qué significa, pues, esta entrada triunfal en Jerusalén, desde el punto de vista de nuestra fe en Cristo? En ella podemos descubrir dos significados contrapuestos, uno muy comprensible y humano, pero que se acaba revelando falso; el segundo, muy difícil de asumir humanamente, pero que es el que conduce a la salvación, y que la liturgia y la Palabra hoy nos invitan a aceptar.

El primero es el deseo, tan humano, tan presente en todos nosotros, de que Cristo venza en su lucha contra las fuerzas del mal con un triunfo “de tejas abajo”, similar al de los vencedores de este mundo, al de las victorias bélicas, de las conquistas políticas, de los éxitos sociales o económicos. Se trata de un género de victoria que implica la derrota de los que se oponen a lo que Jesús predica y representa, que va conquistando terreno, relevancia, poder. Si la causa de Jesús es la causa de Dios, del Bien (del Amor, la Justicia, la Paz…), ¿cómo no desear ese triunfo real, como triunfan ciertas naciones, grupos, ideologías?

Pero la historia atestigua lo efímeras que son estas victorias: los imperios acaban cayendo y siendo sustituidos por otros, las ideologías envejecen rápidamente y se suceden sin solución de continuidad, las cosas que parecen más sólidas y estables (instituciones, ideas, sistemas culturales, etc.) acaban cediendo y sucumbiendo ante el inexorable desgaste del tiempo. Incluso la Iglesia, si la miramos como estructura puramente humana, conoce momentos de esplendor y de decadencia, de expansión y de retirada: también sus “victorias de tejas abajo” acaban resultando pasajeras. Nuestro tiempo está siendo generoso en ejemplos del carácter efímero de estos triunfos. Hemos visto por televisión caer imperios, y los que ahora parecen más fuertes ya sienten el aliento amenazador de otros emergentes, no sabemos si para bien o para mal. Muchos están convencidos de que la crisis de la fe y la pérdida de influencia y poder de la Iglesia en numerosos países es el principio de un fin sin vuelta atrás. Hay quien lo celebra con júbilo; otros (creyentes débiles) lo miran con temor y pesimismo; o con proyectos de “reconquista” de diverso signo (de restauración o revolucionarios, conservadores o progresistas, según la roma terminología al uso). Pero todo esto es, en definitiva, consecuencia de una mala comprensión de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la que, casi seguro, animaba a los propios discípulos de Cristo, pues creían próxima su coronación como Rey. Una mala compresión en la que nosotros seguimos cayendo cuando buscamos sobre todo relevancia social y poder para conformar la sociedad según nuestros valores.

Pero el triunfo de Jesús, anticipado en su entrada triunfal en Jerusalén, la ciudad Santa, morada de Dios (cf. Sal 86), es de otro tipo, que poco tiene que ver con las victorias militares, políticas o sociales. Y esto es lo que explica que, tras el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, al inicio de la celebración, sea el relato de la Pasión el que ocupe el lugar central, porque es éste el que revela la verdad de su victoria. Éste no ha triunfado cuando ha entrado en la Jerusalén terrestre entre las aclamaciones de sus discípulos, sino justamente en la derrota humana de su muerte en la cruz, el trono de este extraño rey, el altar de este sacerdote, que es al mismo tiempo víctima. Por eso no podemos leer el relato de la entrada en Jerusalén más que sobre el trasfondo de su pasión y muerte.

No se trata simplemente de un trágico destino: el fracaso, uno más, de lo que no pasó de ser un bello sueño. Si fuera así sólo (es decir, sólo “de tejas abajo”), ¿en qué sentido podríamos hablar de triunfo? ¿No sería esto una sarcástica burla? Pero es que la muerte de Jesús es también fruto de una elección. Desde el comienzo de su ministerio, cuando sintió la voz del tentador en el desierto, Jesús ha rechazado expresamente el camino de los triunfos mundanos. Esa tentación diabólica y, al tiempo, tan humana, de usar su poder y autoridad para sacar partido, sorprender, imponerse, someter a los que se le oponen, destruir a sus enemigos. ¿Por qué no? “Si eres Hijo de Dios… significa que puedes, usa tu poder”. Esa era la tentación que sintieron también sus discípulos en tantos momentos: la del poder o la violencia (cf. Mt 20, 28-21; Mc 9, 33-34; Lc 9, 51-55); la que sentimos nosotros cuando pensamos en planes de expansión de la Iglesia que no tienen el sello del espíritu evangélico. Así le tentaron también los que le insultaban: “si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”. También nosotros deseamos a veces que, ya que es Hijo de Dios, baje de la cruz y les dé su merecido. ¿Pero a quién, y de qué manera?

Pero Jesús, porque es el Hijo de Dios, ha vencido esa tentación en todas sus formas: ha renunciado a vencer sobre sus enemigos, sean individuos, pueblos, grupos sociales o religiosos, porque ha querido vencer sobre la raíz que da lugar a todas las enemistades. No lucha contra judíos o romanos, sino contra lo que provoca que judíos y romanos sean enemigos (y aquí, que cada uno haga su lista). Como dice la carta a los Efesios: “nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra el Espíritu del Mal que está en las alturas” (Ef 6, 12).

Jesús lucha contra el pecado que anida en el corazón del hombre, y sólo puede hacerlo por medio del bien, la virtud y el amor, que le lleva a la entrega total de la propia vida. Por eso, su muerte, una derrota vista humanamente, se convierte en una victoria, precisamente porque él es el Hijo de Dios: por serlo ni se aprovecha de su poder, ni destruye a sus enemigos, ni baja de la cruz, sino que atraviesa libremente la cortina de la muerte, de esa muerte que no es un mero episodio biológico, sino fruto del pecado: la negación de la vida, del bien y la verdad, la justicia y el amor. Es la muerte en Cruz su verdadero triunfo, porque por ella ha penetrado en un santuario no fabricado por mano de hombre, y no con sangre de novillos, menos aún con la sangre de sus enemigos, sino con su propia sangre (cf. Hb 9, 11-14). La verdadera entrada triunfal de Jesús es la que ha hecho, por la puerta de la Cruz, en la Jerusalén celestial, “en la que ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el viejo mundo ha pasado” (Ap 21, 4), ese viejo mundo hecho de guerras, desigualdades y enemistades, y victorias que son derrotas porque destruyen al semejante, en el que las víctimas se reivindican frecuentemente convirtiéndose en verdugos de nuevas víctimas.

Con su muerte en Cruz, Jesús ha abierto para nosotros un horizonte nuevo, para que podamos ver más allá de “tejas abajo”; es más, nos ha abierto el camino a ese santuario no construido por mano de hombre, nos ha dado acceso, en su misma persona, a la Jerusalén celestial. Dicho con otras palabras, nos ha dado la posibilidad de vivir ya en este viejo mundo según las leyes del nuevo (la ley del amor), de vencer al mal sólo a fuerza de bien, aunque eso conlleve a veces aparentes derrotas, incluso muertes, que son victorias, como considera la Iglesia el testimonio martirial.

La liturgia de hoy, por medio del contraste de los dos evangelios leídos, nos invita sabiamente a acoger con júbilo al Cristo que viene a nosotros, pero no como un rey poderoso que, al mando de sus ejércitos, infunde temor por su capacidad destructiva, sino como un rey humilde y pacífico, montado sobre un pollino. Nos invita a acoger y aceptar el camino que Jesús, Mesías e Hijo de David, ha elegido para su definitiva victoria: el camino del amor, del perdón, de la entrega de la propia vida, el camino de la Cruz. Nos invita, además, a no dejarnos seducir por victorias engañosas basadas en la fuerza o el éxito social, pero también a no dejarnos abatir por aparentes derrotas que parecen amenazar el futuro de la fe y de la Iglesia, pues “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros” (Rm 8, 31); nos invita, en suma, a hacer nuestros los mismos sentimientos de Cristo, que “no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, … hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 5-8); a “revestirnos de las armas de Dios, para poder resistir las asechanzas del diablo, para resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno” (Ef 6, 11. 13).

Y, ¿qué otra cosa significa esto, sino confesar, como el centurión ante el Cristo muerto en la Cruz, que éste, realmente, es el Hijo de Dios?

Comentarios

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Martha

Martha


el 10/4/14
El comentario al Evangelio del siguiente domingo, dia
13 de Abril, ocasiona tristeza, unida a la alegria de la en
trada victoriosa de Jesus en Jerusalen, victoria pasaje-
ra, pues fue causante de que los poderosos de esa epoca vieran este triunfo con mucho temor a perder
su autoridad, su corona, a ser despojados de todo
su imperio, sin pensar que sus armas eran solo las de
Dios, que su trono anhelado era solo la cruz, dar su
vida por nosotros, los pecadores, cumplir con el plan
salvifico de Dios, su Padre. Saludos.......
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Teresa

Teresa


el 11/4/14
Que pena que esta entrada de Jesús triunfal, en Jerusalen, se vea ensombrecida por la lectura de la Pasión. debieran de dejarnos disfrutar plenamente del triunfo de Jesùs
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victoriasnchez

victoriasnchez


el 11/4/14
El Domingo de Ramos,que hoy celebramos,nos abre la puerta de la Semana Santa.Y nos va a ayudar a
recordar,profundizar y actualizar, el fundamento del misterio de nuestra" FE."
La Pasión,Muerte y Resurrección de Jesús:Acto de
SERVICIO,AMOR y ENTREGA,por nosotros.
Hoy,Jesús,es aclamado...y en los días siguientes,será
perseguido,abandonado,ajusticiado,torturado,
insultado, crucificado y,finalmente,glorificado.
Algunos de los que allí estaban se preguntaban:¿Quién
es éste hombre...?¿Nosotros,nos hemos preguntado,
alguna vez ,quién es Jesús?
Intentemos personalizar,e interiorizar el misterio de la
Pasión de Cristo,en nuestra vida.Tal vez,de esta forma
podamos llegar a compadecernos y a comprender, a
las personas que viven oprimidas,abandonadas ,
torturadas...
Acu » ver comentario
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PATY HERNANDEZ

PATY HERNANDEZ


el 12/4/14
ES VERDAD HERMANOS EN CRISTO, EN LA ACTUALIDAD TAMBIEN NOSOTROS LE DAMOS ENTRADA TRIUNFANTE A CRISTO ALABANDOLO Y BENDICIENDOLO Y SALIENDO DE MISA O DE CASA DE ORACION, NOS ODIAMOS, NOS CRITICAMOS, NOS PELEAMOS HASTA DESTROZARNOS UNOS A OTROS, NO SOLO A GOLPES SINO CON LA ENVIDIA, LAAVARICIA, LA SOBERBIA, EL EGO. ETC ETC. ENTONCES DIGANME SI NO TAMBIEN NOSOTROS CON ESTOS ACTOS LE DAMOS MUERTE A JESUS, LO CRUXIFICAMOS TAMBIEN, SIENDO QUE EL NOS DEJO UN MANDAMIENTO NUEVO: AMENSE LOS UNOS A LOS OTROS, COMO YO LOS HE AMADO.
PERO QUE DIFICIL SEÑOR MIO SEGUIR TUS PRECEPTOS, NOS CUESTA TANTO, PORQUE ESTAMOS ACOSTUMBRADOS A ESTAR SUMERGIDOS EN EL PECADO. DESTRUYENDO TU CREACION, TUS OBRAS. DESTRUYENDONOS COMO DEMONIOS.
BENDITO SEAS, ALABADO SEAS Y GLORIFICADO SEAS A TI EL PODER EL HONOR » ver comentario
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Giuditta

Giuditta


el 12/4/14
Spoglio se stesso ,e ha preso la forma di Essere Umano che non gli bastava prendere la sua Croce ,ma doveva anche prendere quella degli uomini,Un'altra Bella Croce,quella di non potere fare nulla per gli uomini ignari di tale mistero,il silenzio di Dio che si doveva propagare nel silenzio per colpa del maligno.
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tony ivan

tony ivan


el 13/4/14
La Santisima Trinidad no es de humanos. La Santisima Trinidad no tiene, pasado, presente, futuro. No tiene principio ni fin. A Mosises se le presenta YO SOY>. Nuestra humanidad sujeta al DNA, al tiempo, tiene limites.Los limites son pasado, presente, futuro. Nuestros limites nos detienen el entendimiento. Sometiendo la subconsciente a orden, podemos entender que no entendemos. Y sabiendo que no entendimos, es el principio para ver al mas halla, done no hay limites humanos. La entrada triumfal tiene limites, la muerte en cruz cruza a donde no hay limites.
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corina

corina


el 13/4/14
Creo que este gran momento de Jesús es también camino de los cristianos. Jesús hizo TODO que le agradaba a su Padre, aun a costa de su vida. Este aparente fracaso, es realmente preludio de la victoria eterna. A eso debemos tender, hacer caso a Dios, aunque aparentemente estemos "desfasados" o seamos signos de contradicción, pues contamos con su gracia y certeza.
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lauraronquillo

lauraronquillo


el 13/4/14
Ojalá yo Señor entienda como Tu la paradoja del triunfo y la derrota. La necesidad de pasar por las dos experiencias necesarias: fracaso y triunfo, muerte y resurrección.
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Joselito H.

Joselito H.


el 13/4/14
Tu quisiste, Senor, sentir los Dolores y sufrimientos que pasamos los humanos, y por eso, preferiste tomar la naturaleza humana y saborear los sufrimientos por los que pasamos, los que somos de carne y hueso, tuviste el valor de soportar, tantos insultos, humillaciones, torturas y rebajarte como el ser mas despreciado del mundo y callaste, sin quejarte, sin defenderte, sin implorer a tu Padre, para que enviara u ejercito de Angeles a defenderte, porque, ese era tu destino, la encomienda, que habia hecho tu Padre, que esta en los cielos, para que el mundo creyera en Ti, por eso Senor, te doy gracias enfinitas, te alabo, te bendigo y reconosco ese gran sacrificio que Tu hiciste por nosotros, y el gran poder de resucitar al tercer dia, como lo habias prometido.
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Irenarco Cala

Irenarco Cala


el 13/4/14
La derrota ante los que se creen triunfadores duele...pero duele más no saber que: " perder cuando somos justos como Él, es la Victoria Eterna que sólo Cristo ya nos dió". ¡ Qué Viva Cristo Qué Viva Él ahora y por los siglos". El muerto y crucificado VIVE y es por eso que con Él: " perder en las batallas mundanas y respondiéndoles con el bien, obtendremos definitivamente l a Victoria"
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moralito

moralito


el 13/4/14
Ya Jesús hizo la voluntad de su Dios Padre, ahora nos toca a nosotros hacer su voluntad. Y ¿cuáal es esa voluntad? es la misma voluntad de siempre. Amar a nuestro prójimo como él nos amo hasta su muerte. Amar es perdonar sin recorder con dolor. Amar es perdonar amando al que nos hirió. Amar es perdonar poniendo a Jesús en el centro de nuestro perdón. Si no somos capaces de hacer esa voluntad del Señor, entonces no hemos comprendido nada de la muerte en la cruz de Cristo. No importa que tan bonito hablemos y que tan potentes sean nuestras palabras porque no podemos ser discipulos suyos si no hemos acogido su Palabra que es igual a su voluntad. Bendiciones a todos en este domingo de Ramos
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Margarita

Margarita


el 13/4/14
Esa Entrada Triunfal a Jerusalem refleja, para mí, el dejarnos llevar por una emoción, pasajera, porque cuando viene el momento de tomar la cruz, nos alejamos. Demasiado para nosotros. La emoción puede ser engañosa. La cruz es el Amor de Dios, pero no es fácil, así que le pedimos, como sus discípulos, Tenemos fe, pero aumenta nuestra Fe.
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javier

javier


el 16/4/14
que hay q vivir la semana santa lleno a la misas e guardar
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samanta

samanta


el 21/4/14
que largo pero hermoso
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