Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Jesús pasa, la luz brilla

Al comienzo del ministerio público de Jesús el evangelista Mateo nos vuelve a recordar la profecía de Isaías que resonó en la noche de Navidad: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. La luz de la Navidad, reconocida y testimoniada por el profeta Juan, empieza a brillar con luz propia. Mateo nos indica que se cierra un ciclo, el de Juan (“cuando arrestaron a Juan…”), y empieza un tiempo nuevo. También para Jesús, que deja el pueblo en el que están sus raíces y marcha a la ciudad. Como no es posible esconder la luz ni ponerle un límite, Jesús comienza su ministerio en una encrucijada de caminos: la luz procede de Israel (“predicaba en las sinagogas”), pero se dirige realmente a todos (“camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”). El tiempo nuevo, si bien enlaza con el anterior (cumple las profecías, se inaugura con el bautismo de Juan, recoge el núcleo del mensaje de éste), exige actitudes nuevas: para reconocer la presencia cercana de Dios es preciso romper con el pecado; o, tal vez, más exactamente, porque se ha acercado a nosotros el Reino de Dios, es posible romper con el pecado, pues se ha hecho presente el perdón y la fuente de la vida.

Una de las consecuencias principales del pecado es la división y la enemistad entre los hombres. Basta recordar la discusión y el cruce de acusaciones entre Adán y Eva tras el primer pecado. Si se ha hecho presente el Reino de Dios es posible establecer relaciones nuevas: Jesús y su predicación atraen a las gentes, aunque realmente es él el que va llamando y reuniendo. Su llamada no es anónima, no es un reclutamiento genérico, sino que es personal, dirigida a hombres concretos de carne y hueso, con nombres y apellidos: Simón y Andrés hijos de Juan, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo (el apellido en la antigüedad era el patronímico); con domicilio, profesión; en circunstancias determinadas: echando el copo, reparando las redes… Pero es también una llamada radical: la llamada al seguimiento implica la disposición a dejar la seguridad de la profesión, de la casa paterna, incluso del propio nombre, como en el caso de Simón, llamado Pedro. Y es una llamada a ponerse en camino, y entablar relaciones mediadas por el mismo Jesús: seguir al maestro significa caminar junto a aquellos que también han sido llamados. La llamada a hacerse discípulos no significa entrar en una relación de dependencia que nos libera de toda responsabilidad: al contrario, Jesús nos llama a hacernos responsables no sólo de nuestros seres más cercanos, sino de todos los hombres: “seréis pescadores de hombres”. Es interesante que Jesús, al tiempo que nos llama a una forma nueva de vida, respeta nuestra identidad, nuestro modo de ser, nuestras capacidades: seguiréis siendo pescadores (y aquí cada cual tiene que aplicarse lo que más le convenga, y no sólo la profesión), pero de un modo nuevo, superior: pescadores de hombres.

Es llamativa la prontitud con que los primeros llamados responden a la invitación del Maestro. Es posible que ya lo hubieran escuchado y encontrado alguna vez (por ejemplo, en torno al Bautista, si tenemos en cuenta el Evangelio de Juan), pero eso no quita el que la llamada radical encuentre una respuesta generosa y rápida. Los nuevos tiempos del Reino de Dios no pueden esperar, es preciso tomar una decisión inmediata, pues la salvación se ha hecho ya presente. Jesús pasa, no hay que dejarlo pasar de largo.

Al reunir en torno a sí a sus discípulos, Jesús nos indica aspectos importantes de su ministerio, de su enseñanza, de su poder benéfico y curativo: no los ejerce en la soledad, sino en comunidad. Jesús ha venido para iluminar, para sanar, pero también para establecer un diálogo, para reunir.

Es bueno que al comienzo del tiempo ordinario, cuando nos aprestamos a seguir a Jesús por los caminos Galilea y acompañarlo hasta Jerusalén, renovemos la experiencia del primer encuentro, cuando tuvimos que asumir de manera más consciente y madura la fe. Es bueno y necesario porque el paso del tiempo va gravando esa experiencia primera y genuina con rutina, costumbre, cansancio, frustraciones y desilusiones, también, quien sabe, con olvidos o abandonos. Es preciso volver a sentir la frescura de la palabra de Jesús que nos llama por el nombre, y rememorar y rehacer la respuesta generosa que tal vez alguna vez realizamos y que después se ha ido amortiguando. Volver a Galilea, junto al lago, allí donde dejamos la barca y las redes, y sentir que merecía la pena asumir riesgos por seguir al Maestro de Nazaret. O, tal vez, estamos todavía demasiado enredados y hemos de hacer este encuentro por primera vez. Para algunos puede ser la experiencia de un estreno, para otros, la de una renovación y una profundización. Pero el hecho es que Jesús sigue pasando a nuestro lado, iluminándonos y llamándonos por el nombre.

Es necesario (¡lo necesitamos nosotros!) que Jesús nos interpele, que nos dejemos interpelar por él, que pronuncie nuestro nombre, o que nos dé uno nuevo, que nos llame al arrepentimiento (pues no somos ni mucho menos perfectos), que amplíe nuestros horizontes y nos desinstale. La desinstalación puede ser muy variada, no todos tienen que dejarlo todo en sentido literal (aunque algunos sí que son llamados a ello), pero todos somos llamados a la libertad (a desenredarnos), a la responsabilidad por nuestros hermanos, al seguimiento.
Al acudir a la llamada de Jesús, nos encontramos con los otros llamados, nos encontramos con la Iglesia. Este es, para muchos, el principal obstáculo. Pero es justo ahí en donde nos encontramos con Jesús y le seguimos. El ministerio de Jesús, ya lo hemos dicho, no se realiza en la soledad, sino junto con otros, que no elegimos nosotros, sino el mismo Cristo. El Reino de Dios y los nuevos tiempos que Jesús inaugura son tiempos de convocatoria, conversión, encuentro y comunidad, no de dispersión y ruptura. Vemos en el pasaje evangélico cómo Jesús es el eje en torno al cual se reúnen los discípulos. Aunque, para evitar toda tentación de romanticismo idealista, nos encontramos con el contrapunto de la Carta a los Corintios. Jesús reúne, pero nosotros, no convertidos del todo, nos encargamos de dividir, de separar, de organizar partidos… En Corinto y en tiempos de Pablo se dividían los fieles en nombre de Apolo, de Pablo, de Pedro, hasta de Cristo (siempre los hay más encumbrados). Caigamos en la cuenta de que apelaban a la autoridad de quienes la tenían realmente. Pero lo hacían no en el espíritu del Evangelio, ya que el fruto era la división. Esta enfermedad nos sigue afligiendo, porque seguimos enfermos del mismo virus. Hoy hay que poner otros nombres, a veces abstractos (progresistas, conservadores…), a veces más concretos y también, como en Corinto, dotados de indudable autoridad (formas y corrientes de espiritualidad, movimientos, carismas). Pero si esto nos distancia y divide, en vez de abrirnos los ojos para la aceptación mutua y el aprecio de la riqueza de la diversidad (no olvidemos que Jesús no destruye nuestra identidad natural –Simón, pescadores–, sino que la transforma elevándola –Pedro, pescadores de hombres–) es que estamos falseando el verdadero espíritu del Evangelio y desoyendo, en consecuencia, la llamada de Jesús. Sin embargo, no hemos de escandalizarnos demasiado de esto: estamos en camino, somos imperfectos, pero la llamada de Jesús es también una tarea que se confía a nuestra responsabilidad y por la que debemos empeñarnos. La unidad, más que un punto de partida, es el fruto de la conversión. Como Pablo llama a la conversión de todos al único Cristo en el que hemos sino bautizados, así también hoy es necesario que en la Iglesia, desde cualquier posición, carisma o forma de espiritualidad, sepamos convertirnos al único Cristo, en quien encuentran sentido y plenitud todos los carismas y todas las vocaciones. Y esto es posible no por un mero acto de nuestra voluntad, ni por una suerte de consenso de mínimos, sino porque todos y cada uno nos ponemos a la escucha del que nos llama por el nombre una y otra vez, para que, dejando las redes y las seguridades, nos pongamos en camino, tras él y junto con nuestros hermanos. Es justamente él, caminando con nosotros y en medio de nosotros, la luz que brilla en las tinieblas y que nosotros, con nuestras banderías, no debemos ocultar.

Comentarios
P. José Lucio P. José Lucio
el 24/1/14
Estamos llamados a configurarnos con las palabras y las acciones de Jesús. Hoy se nos invita a ver en Él la luz que guía los pueblos. Esa luz comporta en cada alma la salvación, ya que el Señor es quien nos la concede a través de ella y su resplandor.

Esto nos lleva a percatarnos de algo fundamental: si estamos unidos, la claridad y el resplandor de Dios serán baluarte en la propia vida y por ello, se nos exhorta a vivir en unidad, a sentir y pensar en nombre de Jesús.
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victoriasnchez victoriasnchez
el 24/1/14
En este 3º Domingo del Tiempo Ordinario
(Mateo 4,12-23) nos presenta la figura de Jesús con una gran necesidad de proclamar el evangelio del
Reino.
Se dirige a Galilea,y comienza su misión: "Convertíos ,
porque el Reino de Dios está cerca".
Jesús,para esta misión quiere seguidores:Llama a Juan
a Andrés,a Simón,a Pedro....y les dice: "Venid y seguidme". Y ellos,dejando todo, lo siguieron.
De la misma manera,a cada uno de nostros,nos llama
por nuestro nombre, y nos invita a hablar, a dar testestimonio,y a vivir la proximidad del Reino.
Y me pregunto:¿Qué hago? ¿Cómo he respondido a
las llamadas,que he recibido? ¿Cómo construyo ese
Reino al que jesús me invita?.¿Cómo vivo en mi vda
diaria este Reino?.
Señor:Que la "LUZ" de tu presencia,nos guie por el cam » ver comentario
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eleazar eleazar
el 26/1/14
Parece ser que cuando Jesús, tras caer en prisión San Juan Evangelista, comienza a proclamar que el Reino de los Cielos está cerca y llama a Simón, que ya era llamado Pedro, y a Andrés, y a Santiago, y a Juan (Mt, 4, 18), estos ya le conocían (Jn 1, 42), pero a su llamada dejan todo y le siguen. Porque cuando por fin oyes su llamada, cuando ves la luz de Dios, no puedes más que arrodillarte; dejándolo todo, y lo siguieron.
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Joselito H. Joselito H.
el 26/1/14
Pablo, nos invita en este domingo, a que mantengamos la union en Cristo, Jesus, y no andemos divididos, ya que somos salvos por un solo hombre que dio la vida por nosotros y ese fue Jesus, a quien debemos nuestra Salvecion y nuestra existencia.
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gustavo gustavo
el 26/1/14
es tal el seguimiento, que interpretando este llamado a la luz de los tiempos modernos, debemos dejar el egoismo que ronda en la vida actual.
mis hermanos, mis hermanas reclaman a gritos mi bondad, mis entregas, mis sacrificios, sin ningun tipo de recompensa , mas que la satifaccion de haber cumplido el deber que me encomienda Dios, el servir desde mis talentos al los hermanos todos.
un abrazo a esta comunidad santa, que trata de discernir el camino que a cada uno toca en esta vida tan viva que nos toca vivir
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P. Rafael Muñoz P. Rafael Muñoz
el 26/1/14
QUE SEAMOS UNO!
Si en algo nos identificamos como iglesia es en que nos manifestamos como UNA SOLA IGLESIA. Jesús mismo tenía esta intención y la pedía al Padre en su oración: "Padre, que todos sean uno como Tu y Yo somos uno. Hoy San Pablo nos incida a no estar divididos. Nuestra unión es la Luz para el mundo de Hoy. Buen día! Saludos!
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pedro Anibal pedro Anibal
el 26/1/14
Queridos hermanos, Hoy es cuando debemos escuchar el llamado de Cristo, que pasa por nuestras invitándonos a seguirlo, por eso no lo dejemos pasar de lado sin advertir su voz y su disponibilidad de hacernos sus discípulos, él toca hoy nuestros corazones seamos obedientes a sus leyes, ya que en la vida actual mas nos dedicamos a caminar en las tinieblas y mañana que? otro día mas que pasa sin tener ideales ni objetivos, por eso debemos en nuestras vidas apuntar hacia Jesús que es nuestra guía y salvación.
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karina karina
el 26/1/14
hermosa la palabra de DIOS que buenas enseñanzas nos dejo jesucristo.
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Klever Klever
el 27/1/14
La idea es aceptar la invitación que Jesús hace , no podemos negarnos el quiere cambiar nuestras vidas
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anonimo anonimo
el 9/2/14
Parece ser que cuando Jesús, tras caer en prisión San Juan Evangelista, comienza a proclamar que el Reino de los Cielos está cerca y llama a Simón, que ya era llamado Pedro, y a Andrés, y a Santiago, y a Juan (Mt, 4, 18), estos ya le conocían (Jn 1, 42), pero a su llamada dejan todo y le siguen. Porque cuando por fin oyes su llamada, cuando ves la luz de Dios, no puedes más que arrodillarte; dejándolo todo, y lo siguiero
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