Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

 

SE NOS ACERCAN LOS LEPROSOS

 


 

*  «Un leproso se acercó a Jesús». En tiempo de Jesús eso significaba ser un excluido, alguien que no tenía derecho a estar donde estaba la gente, fuera de las ciudades, y también fuera de «la ciudad» (Jerusalem con su Templo). No tenían contacto humano: nada de caricias, abrazos, gestos de cariño, de cercanía... ninguna ayuda para sobrellevar su desgracia: una inmensa soledad. No eran «personas». Tenían que avisar de su presencia, dando voces, para que todos se apartaran a su paso.

          Tampoco podían relacionarse con Dios, estaban «dejados de la mano de Dios». Esa enfermedad de la piel era considerada un signo de la corrupción interior: del pecado. Y así es como él se siente: sucio, necesitado de ser limpiado. La religión no quería saber nada de ellos, los mantenía alejados. Esto es lo que enseñaba la Sinagoga, la ley de Dios. Ya no se trataba de un «cuidado» o prevención por riesgos de salud. Era una condena en toda regla.

           ¿No nos ocurre hoy, en el plano personal, social e incluso religioso, que nos apartamos de ciertos individuos (¡personas e hijos de Dios!) porque nos resultan incómodos, porque no están en «orden» con la ley de Dios (o de la Iglesia), porque es arriesgado tener contacto con ellos, porque nos pueden buscar problemas, porque no es asunto nuestro, porque.... Y les mostramos con los hechos, cómo es nuestro Dios: un Dios excluyente, marginador, que los abandona a su suerte, que no merecen su amor... ni el nuestro.

          Sin embargo, este leproso (lógicamente) no quiere seguir así, e intuye que Jesús puede hacer algo por él... ¡y se salta todas las normas religiosas y sociales, para acercarse a él! No sólo eso, sino que compromete a Jesús: el que entra en contacto con un leproso (al margen de que pueda contagiarle), queda a su vez «impuro».

 

          *  Jesús, sin embargo, no se enfada, ni le riñe, ni se aparta de él. Quizá sentir «lástima» no es la traducción más acertada: se compadece, se conmueve. Se trata de un verbo que la Escritura aplica exclusivamente a Dios. Lo primero que hace, en cambio, es «tocarle». Empieza por restablecer el contacto humano. Primero físico, y luego de palabra. «Quiero». Quiero que no percibas a Dios como alguien que te excluye ni te deja solo. Quiero que sepas que el Reino también es para ti. Quiero que te veas con derecho a formar parte de la comunidad humana. Quiero que les conste a los sacerdotes que el proyecto y la voluntad de Dios es sanar, acoger, incorporar, incluir. Quiero que la Ley de Dios (Dios) deje de usarse como instrumento de marginación. Quiero, al tocarte y hablar contigo, que te reconozcas como persona, y quedes sanado por dentro y por fuera. Quiero tocarte... aunque eso signifique que quedar yo «tocado», excluido, manchado, «impuro» y ya no pueda entrar abiertamente en ningún pueblo...

 

            *  Acercarse a los que están mal, a los que lo pasan mal, a los que no se valoran a sí mismos, a los que están «corrompidos» por dentro o por fuera, aun a riesgo de que nuestro prestigio, nuestra salud, nuestras ventajas... queden «tocadas»... es tarea de los discípulos de Jesús, de la Iglesia entera. Ir a los que no tienen papeles, a los que están desahuciados, a los parados de larga duración, a los que no tienen preparación para conseguir trabajo, o no tienen salud, o no viven conforme a la moral cristiana, o...

Escribía el Cardenal Etchegaray:

«La Iglesia es esa 'reserva de corazón' en la que los hombres se sienten reconocidos y no etiquetados, perdonados y sumamente amados. Mientras la ternura de Dios no haya sido revelada a la totalidad de los hombres, el gozo de Cristo Salvador está incompleto. ¿Y quién puede hacer que esa ternura sea descubierta sino los cristianos mismos derrochando ternura?».

       ¿Podríamos decir esto hoy todos los bautizados? ¿Lo podrían decir todas las autoridades eclesiales? ¿Todos los grupos que trabajan dentro de la Iglesia? Porque todos ellos, de una manera o de otra, nos están diciendo: «Si quieres... puedes limpiarme». La ternura, el no etiquetar, el no excluir, el dejar que el dolor y la marginación se nos acerquen y nos toquen (y nos manchen)... Por aquí me parece que van también los tiros de la renovación de nuestra fe en este año en el que estamos... y de la nueva evangelización que sería creíble. ¿No?

Enrique Martínez, cmf. 

Comentarios
vicente condori vicente condori
el 17/1/13
Gracias Hermano Enrique por tan valiosa reflexión. La Carta a los Hebreos nos invita no sólo a que cada uno cuide su corazón, en cuanto centro de las decisiones, afectos, recuerdos, ideas y deseos, sino que mutuamente cuidemos de nuestros corazones. Debemos mantener nuestro corazón limpio de toda lepra que nos haga pecar; pero siempre con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen María.
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Andy Medina Andy Medina
el 17/1/13
Muy buen comenario a la Palabra, gracias por iluminar la Palabra de Cada día
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LES GARCIA LES GARCIA
el 18/1/13
Todo este mes los comentarios de las lecturas han sido maravillosos y sumamente edificadores. Gracias le doy a Dios porque en ellos hay palabras de vida, semillas que llegan a mi corazón y luego son exparcidas. Dios los bendiga.
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