Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

A cada cual lo mueve su interés; este nos hace aguzar el ingenio y, si el asunto apremia, nos espabilamos para despacharlo cuanto antes. Para las cosas que no nos queremos perder por nada del mundo ponemos inteligencia y diligencia. Por la cuenta que nos trae.

Cuestión distinta es la calidad de nuestros intereses, o el valor de las cosas a que uno se aplica con lucidez y pasión. Es posible que volquemos tiempo y afanes en cuestiones nimias que no valen la pena, o la valen solo hasta cierto punto. Hace cosa de tres años, un periodista y crítico literario elogiaba la opera prima teatral de un hombre ya maduro. Decía el periodista que este tardío dramaturgo había malgastado su vida ocupándose en ganar dinero, en lugar de dedicarse a una tarea muy superior: la creación literaria.

Como creyentes, sabemos cuál ha de ser nuestro mayor afán, cuáles nuestros más grandes amores, qué merece nuestros desvelos: “ganar a Cristo” (Flp 3,8); “ganar a Dios” (Juan de la Cruz); vivir del evangelio y para el evangelio; acoger el reino de Dios y tender a él; amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y al prójimo como a nosotros mismos. Si ponemos alma, vida y corazón en cosas secundarias, si ponemos mucho celo en ellas, se nos dirá que es un celo digno de mejor causa y que habremos malgastado tiempo y energías.

¿Qué inteligencia, ardor y recursos ponemos en la mejor de las causas? Aprendamos de la astucia y presteza con que aquel administrador resolvió el asunto que más le interesaba y apremiaba. Y recordemos con Ignacio de Loyola: “en todo amar y servir”.

Vuestro amigo
Pablo Largo

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