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No somos neutros

Bonifacio Fernández, cmf -
La idea de igualdad está en alza. La lucha contra la discriminación de la mujer abarca muchos frentes. Si se admite alguna discriminación es la discriminación positiva. Pero la igualdad no nace por la sustracción de las diferencias. Las personas no somos neutras, somos hombres o mujeres. El esfuerzo por la igualdad  tiene su reflejo en la vida de pareja: modificación de los roles, de las cargas, de los espacios, de las  funciones en el hogar y la familia, tareas compartidas. El cambio es doloroso. Cuesta discusiones y conflictos. Están implicadas las personas con sus cansancios, sus comodidades y sus límites. El cambio cuesta sufrimientos y purificación. Hay que reaprender comportamientos y ventilar resentimientos. La vida de pareja no es sólo bálsamo de amor; es también competición por el poder.

En este proceso de cambio hay quien contrapone la  comunidad de iguales a la familia tradicional. En esta familia tradicional se cargan muchos rasgos negativos: patriarcal, machista, sexista, jerárquica, desigual. Se suele olvidar que la familia tradicional ha tenido funciones sociales, educativas, sanitarias; y, y sobre todo, ha sido trasmisora de valores  y aprendizajes fundamentales: el afecto y la acogida incondicional, el amor gratuito, la confianza radical,  la fraternidad, la solidaridad, la pertenencia; y, a la vez, la paternidad y la maternidad.

En esta línea creo que no está justificado devaluar la maternidad en nombre del evangelio y de la respuesta que da Jesús al piropo sobre su madre como si constituyera “un invitación a las mujeres a emanciparse y a no quedarse en el papel de reproductoras” (M.Pintos). El don evangélico por excelencia es la fraternidad del reino,  y la consiguiente igualdad. Esta se refiere a la dignidad personal y ontológica. No justifica la anulación de las diferencias: padres e hijos, hombres y mujeres, esposo y esposa. En este sentido, la familia es una comunidad de desiguales. Una comunidad de vida y amor.

No somos iguales. No somos neutros. Somos sexuados, hombres y mujeres. Diferentes. Gracias a Dios.
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