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Niños de la calle

Salvador León Belén -
    Me estremezco al ver los niños en la calle. Me cabreo y protesto. Lleno de rabia me pregunto una y mil veces ¿qué nos está pasando? ¿a dónde va el mundo? Me dejan el corazón en un puño. Algunos desde bien pequeños se han acostumbrado a vivir sin padres, en medio de la violencia, en la calle; probablemente saben desde que gatean qué horrores puede hacer una navaja o una pistola. De vez en cuando son retirados de las calles y plazas centrales de la ciudad, son llevados a barrios marginales.

    Algunos son ingresados en centros dedicados a su reinserción y reeducación –¡como si alguna vez alguien se hubiese ocupado de ellos!– La mayoría son incapaces de vivir bajo unas mínimas normas, y vuelven a las calles, haciendo de ellas su casa, su escuela, su universidad, su trabajo, su familia, su hoy y su mañana, su vida y también su muerte. No saben de horarios, no quieren límites. En las calles pasan todo el día buscando algo que comer, creciendo en picardía, inhalando pegamento para combatir el hambre, calentando el cuerpo y atontando la cabeza. Así se olvidan por unos instantes de sus problemas. Se cubren con cartones parar dormir a cielo abierto y se ganan unas monedas limpiando los cristales de los “carros” (coches) y vendiendo periódicos.

    Los he visto a ellos y a ellas vagar días y noches por las calles. Algunos son obligados a prostituirse, engañados, trasladados de un lugar a otro. Los narcotraficantes los utilizan como portadores menores de droga. Algunos son adiestrados para entrar en las bandas violentas y así comienzan a creerse héroes de la calle con un buen porvenir, reconocidos y fuertes ante una población que han atemorizado y que se siente incapaz de reinsertar en su sociedad a estos rotos y heridos adolescentes que pululan de un lado a otro sin afecto, sin rumbo, sin calor familiar.

    Los niños y niñas de la calle no valen nada; y, como no valen nada, se les usa como cobayas. La infancia en estos países se muere mientras que en los países del Norte inquietan a sus padres porque no han conseguido la máxima nota en inglés o en matemáticas. Los niños por aquí tienen los ojos grandes y el estómago encogido por falta de alimentos. También he visto a un buen número de personas que se ocupan y se dedican a cuidarlos, quererlos, educarlos. Algunos voluntarios y otros vocacionados viven con ellos ofreciéndoles la oportunidad de salir de esos pozos negros para llevarlos a tierras de salud digna y verdadera vida. En España hay pobreza; allí hay miseria. En España hay enfermos; allí epidemias. Aquí hay delincuencia; allí niños de la calle. Demasiados errores y horrores para seguir escribiendo.
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