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Mural Santa María de Pentecostés (II)

Oscar Romano Yuste, cmf (Revista Iris de Paz) -
(Curia General de los Claretianos)
 
   Contemplo el mural. Echo mano de la Autobiografía de San Antonio María Claret. Así mis ojos van de uno a otra. En la Autobiografía me detengo en los números 438-440. Pero los leo en orden inverso. Primero el 440, luego el 439, y por último el 438. y así me paso un buen rato. Entre el mural y el texto de Antonio María Claret.
 
El día de Pentecostés

En el primero de los números nos dice el P. Claret:
 
"El mismo Espíritu Santo, apareciéndose en figura de lenguas de fuego sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, nos da a conocer bien claramente esta verdad: que el misionero apostólico ha de tener el corazón y la lengua de fuego de caridad. San Juan de Ávila fue un día preguntado por un joven Sacerdote qué es lo que debía hacer para salir buen predicador, y le contestó muy oportunamente: amar mucho. y la experiencia enseña y la historia eclesiástica refiere que los mejores y mayores predicadores han sido siempre los más fervorosos amantes" (San Antonio Mª Claret, Autobiografía, 440).

El día de Pentecostés estaban juntos en el mismo lugar. El corazón de todos latía a la par y llegó el Espíritu en forma de lenguas de fuego. María estaba allí. Llena de nuevo del Espíritu. La que en la Anunciación engendra al Hijo de Dios, por obra del Espíritu, en Pentecostés, por obra del mismo Espíritu, acompaña el nacimiento de la Iglesia, la comunidad de los hijos de Dios. Por eso está de pie y parece caminar marcando el paso: al ritmo de su corazón, al soplo del Espíritu.

Claret sabía que sin el corazón y la lengua de fuego de caridad la vida y la predicación de sus misioneros no tenía sentido. Sigue el consejo de San Juan de Ávila: ser un buen predicador es amar mucho. Porque el amor es el más universal de los lenguajes. No hay mejor traducción simultánea que los gestos samaritanos. Ésos todo el mundo los entiende. Traspasan fronteras, límites y culturas. Lo que las palabras confunden, los hechos acercan. y allí está Ella, en pie, la que dio palabra a la Palabra, para acompañar en la misión: llevar a todos la Buena Noticia de un Dios que es amor.

Como el fuego en un fusil

Vuelvo de nuevo a la Autobiografía y leo el número siguiente.

"Hace el amor en el que predica la divina palabra como el fuego en un fusil. Si un hombre tirara una bala con los dedos, bien poca mella haría; pero, si esta misma bala la tira rempujada con el fuego de la pólvora, mata. Así
es la divina palabra. Si se dice naturalmente, bien poco hace, pero, si se dice por un Sacerdote lleno de fuego de caridad, de amor de Dios y del prójimo, herirá vicios, matará pecados, convertirá a los pecadores, obrará prodigios. Lo vemos esto en San Pedro, que sale del Cenáculo ardiendo en fuego de amor, que había recibido del Espíritu Santo, y el resultado fue que en dos sermones convierte a ocho mil personas, tres en el primero y cinco en el segundo" (San Antonio Mª Claret, Autobiografía, 439).
 
Quien se pone cerca del fuego termina calentándose. Quien se pone bajo el fuego del Espíritu calienta a la manera de Dios. María acompaña a la comunidad naciente. En aquella sala de Jerusalén estaban pocos, pero llegaron lejos. La fuerza del Espíritu y el vigor de la María la animaban. En aquella celda del seminario de Vic también estaban pocos (y pequeños para comenzar una "grande obra"), pero acompañaban el mismo Espíritu y el mismo corazón de la Madre.

Como el fuego en un fusil. El fuego de Pentecostés pone vida en las palabras, llena de sentidos los discursos. Es fuego. Quema. El Hijo del Corazón de María arde en caridad, abrasa por donde pasa y desea eficazmente que todos ardan en el mismo amor. El fuego de Pentecostés se recibe cuando se comparte un mismo lugar y un mismo corazón.

La virtud más necesaria
y así llego al Último de los números. "La virtud más necesaria es el amor.
 
Sí, lo digo y lo diré mil veces: la virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor. Debe amar a Dios, a Jesucristo, a María Santísima y a los prójimos. Si no tiene este amor, todas sus bellas dotes serán inútiles; pero, si tiene grande amor con las dotes naturales, lo tiene todo" (San Antonio Mª Claret, Autobiografía, 438).
 
La virtud más necesaria es el amor.

Amar a Dios, mejor: dejarse amar por Él. Dejarse abrasar por el Espíritu. Sólo quien se siente amado y perdonado por Dios será capaz de amar y perdonar. Sin la experiencia de saberse amados, qué difícil es vivir cada día el mandamiento del
amor.

Concluyo con esta reflexión, iluminadora, del que fuera obispo auxiliar de Madrid, Mons. Alberto Iniesta, sobre la caridad pastoral.
 
"Aunque fuera un predicador de campanillas, un cotizado locutor religioso de radio o un presentador muy popular de programas cristianos en la televisión, un conferenciante o un orador que arrastrase a las masas con mi elocuencia, si no tengo caridad, soy como la sirena de una fábrica, que no es obedecida más que por los que ya están previamente convencidos, que son los obreros que tienen que ir a trabajar y que, además, no les haría falta porque tienen reloj y saben ya la hora, mientras que a todos los demás del barrio o la ciudad no sólo no les afecta, sino que más bien les molesta.
Aunque fuera adivino, futurólogo, astrólogo acreditado, y predijera quién va a ganar las elecciones y en qué número caerá el gordo de Navidad o el Cuponazo o la bonoloto; aunque tuviera revelaciones divinas e hiciese milagros, curando enfermos y resucitando muertos, si no tengo caridad, si no lo hiciera por amor y con amor, no es que sería poca cosa; es que sería lo que se dice nada. Así como suena: nada de nada.
Aunque entregara toda mi vida, mi trabajo, mis bienes en la lucha por la liberación de los oprimidos, la justicia social, el movimiento ecológico, la campaña contra el aborto, la reforma de la enseñanza, el desarme, la abolición de la pena de muerte o la defensa de los derechos humanos, si no lo hago por amor y con amor, nada me aprovecha, no he hecho nada, como el que incuba huevos sin fecundar o siembra paja en vez de grano: nada saldrá de allí, porque no había nada" (Alberto Iniesta, "Vivir en la Trinidad. Una semana de retiro espiritual", Verbo Divino, 1991, 362).
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