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Mi camino de fidelidad vocacional: Encarnación y estilo de vida

Antonio Sanchez Orantos, cmf -

Os invito a penetrar con profundidad en el misterio de Dios Pobre, para recrear cordialmente la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar de manera nueva la pobreza cotidiana.

Os pido, al comenzar, este acto de valentía, coraje evangélico, para situarnos no en las grandes palabras; no en las grandes teologías; no en los grandes deseos; sino en la verdad de la vida cristiana: amor encarnado en la pobreza cotidiana

Porque en la medida que nos dominan las grandes abstracciones, en la medida que nuestras palabras y relaciones se vuelven abstractas, en la medida que perdemos la «carne» donde nuestro Dios se revela… en esa misma medida nos alejamos del «corazón» de las cosas y una especie de «indiferencia radical» -todo da igual, nada importa- se adueña de nuestras vidas, abriendo las puertas, de par en par, a «entidades» sin sangre y sin nombre propio: renovación, refundación, santidad, martirio, sacrifico, identidad… Dioses monstruosos que impiden mirar con sencillez a los demás, que impiden el diálogo abierto y que, sobre todo, impiden el sencillo reconocimiento del mundo que nos rodea, único espacio donde es posible el encuentro, la hospitalidad, el amor, los gestos supremos de vida.

Ciertamente todos, una y otra vez, caemos. Y todos, una y otra vez, escondemos nuestras caídas con grandes palabras, con grandes deseos, con grandes teologías… y, entonces, no por caer, sino por este esconder, lo que perdemos no es sólo la gracia, sino la capacidad para ver, mirar, contemplar, vivir, la pobreza de lo cotidiano: la calle con sus gentes, las correrías de los niños jugando, los ojos candorosos de unos jóvenes, la mirada de los enamorados, la cara de una vieja mujer, las nubes del atardecer… Y la serena contemplación de estas «pequeñas cosas», todos lo sabemos, siempre reaviva la profunda convicción que alienta nuestras vidas: sólo el evangelio, en su pobreza, derrotará los demonios que amenazan la vida humana.

Me sorprende la capacidad que tenemos para asombrarnos, llorar, reír… con los «paisajes» que ofrecen las ideologías: los libros, la pequeña (televisión, ordenador) o la gran pantalla (cine)… y la incapacidad para dejarnos afectar  por los «paisajes» que ofrece la realidad (quizá no nos atrevemos a ver, mirar, contemplar). Es apremiante, urgente, recuperar los verdaderos espacios de encuentro con la vida real, porque sólo así dejaremos de ser multitud masificada mirando lo que otros nos quieren mostrar. El «mito de la caverna», Platón, nos advirtió del engaño, pero parece que no hemos querido aprender, no hemos querido escuchar, o, quizá, no tenemos tiempo para leer y rememorar. 

Pero cuidado con los platonismos: su buena advertencia no nos enseña el camino de la verdadera pobreza. Porque cuando, como él, miramos sin amar la «pobreza de la carne» nos sentimos inclinados a recrear ese universo ideal, absolutamente ordenado, que el gran filósofo griego inventó y que nuestros Santos Padres intentaron derribar cuando fueron «tocados» por el Evangelio, Dios en la carne, y asumieron el compromiso del amor. 

Intento de derribo sin gran éxito, no por su falta de valía, sino porque la tentación de la «pureza espiritual» (la mayor falta de pobreza: yo justificado desde sí mismo) siempre acecha, con gran fuerza, el camino del hombre y de la mujer que quiere ser ante Dios de verdad. Todos, cuando sentimos el insoportable «olor de la basura» (pobreza); cuando sufrimos la «riqueza» de nuestra debilidad (pobreza); cuando experimentamos el tormento de la fugacidad del tiempo (pobreza); cuando asistimos, sin saber porqué, al quebranto (pobreza) de nuestros grandes sueños… intentamos el ascenso a ese «mundo ideal», sin mancha, inaccesible para el dolor, sin basura, limpio, sin mal olor, pleno de pureza, pleno de eternidad. 

Y todos, antes o después, si hemos tenido la fuerza de abandonar los discursos difíciles o fáciles, filosóficos o teológicos, siempre enraizados en el deseo de esa falsa «pureza» que ofrece «realidades virtuales» anulando la verdadera realidad, hemos llegado a la conclusión de que el «universo incorruptible», soñado, es un triste simulacro, una huida, porque el mundo del que somos responsables, así nos ha enseñado la encarnación, es éste de aquí: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha (pobreza), el único que nos ofrece los rostros, las voces, los gritos (pobreza) de aquellos que nada tienen y que son, siempre han sido y siempre serán, los verdaderos mensajeros de la Verdad que todos ansiamos hospedar. 

Aprender a vivir en este mundo, aprender a ser en esta realidad, rechazar las realidades virtuales, siempre incólumes y bellas, ofrecidas por potentes ideologías y prepotentes discursos, presentes en pequeñas o grandes pantallas, que no responden más que a la necesidad de poseer, de tener una santidad que auto-justifica nuestra vida, es la tarea fundamental que hace posible la  opción por la pobreza evangélica –y sospecho, también, que la opción por la castidad y por la obediencia cristiana: que el evangelio es para todos-. Porque la realidad virtual nos aletarga, quiebra lo mejor que Dios nos ha dado: la creatividad, predisponiéndonos a la abulia que es la incapacidad para levantarnos de nuestros artificiosos «proyectos de santidad». Invitaciones a la impotencia, a la resignación pasiva: esclavitud mental escondida bajo bellos nombres; incapacidad para hacer algo bueno, sencillo, sin más.

 


Foto: pizzodisevo

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