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Los curas que conozco

Mercedes Muñoz Repiso -

La óptica femenina ofrece un punto de mira propio sobre la figura del sacerdote. Mezclada con la biografía y, sin ánimo dogmático, la autora enuncia algunos perfiles existenciales para el sacerdote actual: hombres de carne y hueso con “química” y profesionalidad.

Tengo mucha suerte, porque la mayoría de los curas que he conocido y conozco son estupendos. Claro está que uso el término conocer en su acepción cuarta del Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “tener trato y comunicación con alguien”. Eso quiere decir que a los que de entrada no han despertado mi interés o no me han gustado no los he seguido tratando e incluso han desaparecido de mi memoria. Supongo que ocurre lo mismo que con el resto de las personas que se cruzan por la vida de uno: se produce una selección natural. El privilegio es poder, física y mentalmente, hacer esa selección.

La gente suele tener a veces traumas y un mal concepto de la Iglesia, entre otras cosas, porque se han visto obligados a tratar con curas mediocres y nada estimulantes. Mi suerte ha sido, por tanto, borrar de mi mente a todos los sacerdotes no interesantes que cruzaron por mi vida sin pena ni gloria. Por ejemplo, las misas de mi infancia las asocio a la calidez del domingo en familia, a la compañía de mis padres y hermanos, a los cantos preconciliares que me encantaban, incluso a las señoras que había que saludar a la salida y comentaban lo mucho que había crecido. Supongo que las misas las dirían (entonces las misas se decían) sacerdotes, pero no puedo recordar ni un solo rostro ni una sola idea que identifique a ninguno de ellos. Mi madre, educada en la Institución Libre de Enseñanza, imprimió a nuestra formación un aire de lo que se podría denominar cristianismo humanista, con sanas dosis de relativismo respetuoso en lo que a culto y clero se refería; por otro lado, no teníamos parientes curas; así que puedo decir que en mi infancia no conocí a ningún sacerdote.

En el colegio, las teresianas buscaban muy bien a los curas, que decían misa (nunca obligatoria para las alumnas) impartían clases de religión y daban ejercicios a las mayores. Me acuerdo de D. Ernesto del que nos impresionaba primero su voz grave y su mano enorme de jugador de frontón y luego su magnífica forma de enseñarnos la historia de la Iglesia, siempre usando bien la cabeza; de D. Marcelino, inteligentísimo y perspicaz, que trabajaba para el tribunal de la Rota y nos trataba como personas mayores en el mejor sentido, es decir hablando con apertura de los temas más complejos y haciéndonos responsables de nuestra propia conciencia; de D. Francisco, profundo y callado, que me animó a leer a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz y a Balmes... Eran hombres de fe, sólidos teológicamente, que se comunicaban bien con nosotras y nosotras notábamos que les importaba nuestra formación. Por eso guardo una imagen adolescente del clero hecha de respeto y agradecimiento. Algún pequeño lapsus de cura despistado, como aquel de San Fermín de los Navarros que al confesarme con quince años me preguntó “si había sido causa de pecado”, no ha dejado en mí más huella que una cierta indignación momentánea y enseguida las risotadas con las amigas, o sea no entra en la categoría de los “conocidos”.



Del capellán de mi facultad sólo recuerdo que era guapo, alto y yugoslavo, pero como estábamos acostumbrados a las misas en latín, aunque no se entendiera el castellano daba igual. Él también pasó sin pena ni gloria. En cambio, al final de la época universitaria tomé contacto con curas (y laicos) que marcaron en gran medida mi vida adulta, o más bien nuestra vida, porque por aquel entonces empecé a vivir en plural.

Fue en la iglesia del Espíritu Santo, a la que me aficioné primero los días de diario al salir de la biblioteca del Consejo, porque decía la misa de nueve un cura fascinante llamado Carlos Castro; luego empezamos a ir los domingos y entramos a formar parte de una comunidad cristiana que tenía el enorme privilegio de estar animada por tres o cuatro sacerdotes (sucesores de Castro) que formaban parte de lo más granado del clero madrileño, decididamente postconciliares, entusiastas, leídos y comprometidos con la sociedad española del momento. Al que más conocimos fue (y es, porque la amistad continúa aunque él ya no sea cura) a su rector, hombre de gran coherencia cristiana, con una trayectoria pastoral anterior bastante larga, que se dio sin medida durante los años que duró aquella andadura y unos cuantos más en la parroquia a la que le seguimos parte de la comunidad, cuando la experiencia del “Espiri” (nombre cariñoso que se daba a la iglesia) fue desmantelada.

A la secularización de Luis siguieron años algo desoladores en cuanto a vida cristiana comunitaria, de peregrinaje por las iglesias que barruntábamos más en consonancia con nuestra manera de entender el evangelio y el mundo. El peregrinar nos llevó desde nuestra parroquia geográfica, en un intento fallido de aunar las variables hábitat y adscripción mental, hasta la situación de “collage” actual (que luego explicaré), pasando por varias de las iglesias de Madrid famosas por cierta “movida” en los años ochenta. Ese trasiego, motivado por la inquietud de encontrar un lugar en el que vivir comunitariamente nuestra fe, está teñido en el recuerdo de una coloración alegre y luminosa, porque coincide con años familiarmente felices. La búsqueda no resultó de ningún modo desagradable, sino más bien enriquecedora, y los curas que fuimos encontrando fueron buena gente, pero que no nos dejó mucha huella, quizá porque el listón de aspiraciones lo traíamos muy alto.

Lo que denomino la situación de “collage” consiste en haber desistido de encontrar un lugar en el que vivir la fe comunitariamente con cierta profundidad (o sea, un grupo con el que compartir el evangelio y la vida) en el que también celebrar la eucaristía de los domingos, y haber optado por lograr el conjunto con varios elementos. Creo que este arreglo debe ser bastante común y hasta deseable, porque da cierta apertura y universalidad. Cada unidad de la familia (la pareja es una sola) ha encontrado su grupo cristiano de referencia y para la misa de los domingos y otras celebraciones litúrgicas hemos optado por una comunidad de frailes cercana. De la media docena de curas que acompañan (o prestan algún servicio con asiduidad) a la asociación de laicos a la que pertenecemos desde hace una década o los grupos de nuestras hijas no puedo hablar mucho, porque a lo mejor me leen y no se trata de regalarles los ojos. Pero lo menos que puedo decir es que responden plenamente a lo que yo considero un buen sacerdote.

Entre medias, a uno le toca de vez en cuando asistir a un bautizo, a una boda o a un funeral de amigos o familiares, en los que casi siempre el cura tiene un valor meramente instrumental, correcto, nada digno de recordar. Salvo excepciones, en las que algo que parecía casi de trámite tiene el sello de una autenticidad especial que te llega al alma. Hace poco he tenido esta experiencia en la capilla de incineración de la Almudena, donde un sacerdote anónimo, que seguramente dice responsos sin parar, con un grupo de gente heterogénea, en un entierro de lo más desangelado, tuvo las palabras oportunas y sinceras que nos conmovieron a todos los presentes. No era una improvisación, ese era un hombre de Dios y se notaba. No es el único caso de este tipo, ocurre con cierta frecuencia y la mayoría de las veces (no en esa) está relacionado con la sintonía entre sacerdote y asamblea.

Nunca se me había ocurrido reflexionar y mucho menos verbalizar lo que es para mí un buen cura, más bien el proceso es inductivo: según lo que de hecho aprecio en los que conozco compruebo cuales son las características que configuran el ideal que yo (y creo que los cristianos que me rodean) tenemos de sacerdote. Lo primero, y como condición necesaria, es que sea un decidido seguidor de Jesús, o sea que le vaya la vida en ello, como dice un cura amigo.

No se trata de que sea perfecto ni de que lo tenga todo clarísimo, incluso ciertas fisuras le hacen más cercano a las búsquedas de cualquier mortal, pero sí tiene que notarse que el evangelio es su centro vital, que vive para que “Cristo ese forme en él” y para hacer “andar a los cojos y ver a los ciegos”. No sabría decir cómo se aprecia esto, pero lo cierto es que se intuye dónde hay autenticidad y dónde puesta en escena, rutina o burocracia. Por ejemplo, los frailes de los que antes hablaba son gente sencilla, sus celebraciones no son nada especial, pero que se ve a todas luces que se esfuerzan en vivir el evangelio y trasmitirlo.

De la cualidad de auténtico discípulo del Maestro seguramente se desprenden todas las demás, pero eso aplica también a los laicos, así que podemos seguir concretando. La segunda característica que considero imprescindible es la profesionalidad, es decir que el sacerdote lo sea con pasión y dedicación.

Esto incluye el gusto por aquello a lo que dedica su vida, la formación continua en las ciencias teológicas (o religiosas o como se llamen) que configuran su ámbito específico, pero también el esfuerzo por entender mejor el mundo que le rodea, el gusto por las tareas hechas lo mejor posible, junto con el crecimiento personal en la realización de su misión...O sea, trasladado a un campo muy especial, más o menos lo que se pediría a cualquier profesional, porque no se concibe la chapuza en quien se dedica a menesteres tan excelsos y la misión de ayudarnos a todos a trenzar evangelio y vida requiere oficio. Lo que ocurre es que en este caso la profesionalidad por sí sola sería “como bronce que resuena” si no se diera la primera condición.

También es muy importante la disponibilidad. Me doy cuenta de que los curas que aprecio son gente que siempre está cuando la buscas. Suelen decir que sí a más cosas de las que sensatamente deberían y acompañan todos los momentos vitalmente importantes de quien les requiere. En la forma en que la ocasión pida, que unas veces es administrar sacramentos, otras aportar la palabra de Dios y la suya propia y muchas, simplemente, estar y rezar con quienes les necesiten.

Esto se agradece mucho, es una manera muy real de demostrar su actitud de servicio y su amor concreto a los que les rodeamos. Y con ello no me refiero a que los curas tengan que ser “de goma” y estirarse para llegar a todas partes, pero todos entendemos lo que significa ser una persona más proclive al si que al no y en eso estriba, creo yo, el que se mantengan sin compromisos familiares.

Lo que acabo de decir me sugiere que la disponibilidad para lo importante debe ir acompañada de la máxima delegación de tareas prescindibles, o sea las que puedan realizar los laicos. Y por ahí entro en algunas características que no me gustan en los curas, –ni en nadie, pero a las que ellos, por razones obvias, están muy expuestos– como son el excesivo protagonismo, el dogmatismo, el autoritarismo, el machismo y el clericalismo. Estos “ismos” son un auténtico riesgo para quien con frecuencia se sitúa físicamente unos escalones por encima de los demás, suele tener más autoridad moral que los que le rodean y no está acostumbrado a que le lleven la contraria, está convencido de servir a la verdad, pertenece a una institución en la que las mujeres no pintan nada y vive rodeado de clérigos. También hay laicos autoritarios, ególatras, dogmáticos, machistas y clericales, muchos más de los debidos, pero lo que quiero decir es que los curas que admiro no son ninguna de esas cosas.

Las tres primeras actitudes vitales, junto con un bajo nivel de las anticualidades mencionadas, sería lo que, a mi juicio, pedimos los laicos a los sacerdotes como tales. Soy consciente de que es mucho pedir, pero sé que existen curas de carne y hueso así. Luego, para que además sean amigos de uno tendrá que existir la “química” correspondiente, porque en eso no son diferentes de las demás personas. A mí en particular me gusta que sean inteligentes, sensibles, con sentido del humor, bien educados ... o sea con las cualidades que me resultan atractivas en cualquiera.

Por último, caigo en la cuenta de que todos los curas reales-ideales que tengo en mente y en la agenda de teléfonos pertenecen a órdenes religiosas. El único que no cumplía esta condición ha “tirado al toalla”. Eso me hace pensar que quizá sea algo antinatural vivir permanentemente la aventura del sacerdocio en solitario, sin el referente cercano de una comunidad con la que compartir la fe y la vida de cada día, sin unos hermanos concretos a los que querer, aceptar, soportar, con los que discutir y en los que apoyarse mutuamente para mantener viva la llama del entusiasmo. Por otro lado, todos ellos realizan algún trabajo además del estrictamente sacerdotal, asociado a él, tal como dar clases, escribir, animar grupos, sacar adelante actividades diversas, etc. y tienen alguna afición personal. Seguramente ese es otro factor de salud mental que les da equilibrio y les convierte en más valiosos. Creo que todos los seres humanos tenemos dos necesidades muy básicas que requieren estar bien resueltas: la afectividad y la proyección creativa en alguna actividad. Los curas no son una excepción. Y los laicos no somos quizá quienes para opinar acerca de cómo ellos pueden ser más fieles a su misión, pero, por una vez que se nos ofrece la oportunidad, decimos lo que vemos.

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