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Los Accidentados Orígenes de la Gracia

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
Dios escribe recto con líneas torcidas. Conocemos esta expresión,  aunque raras veces la aplicamos a la Historia Sagrada o al nacimiento de Jesús. Pero deberíamos aplicarla. La historia de la Navidad está escrita con algunas líneas bastante torcidas.

El renombrado experto bíblico americano, Raymond Brown, escribió un artículo especialmente lúcido y penetrante sobre los orígenes de Jesús, tal como los describe Mateo en su evangelio; el evangelista, en un texto que normalmente preferimos pasar por alto, describe el linaje de Jesús desde Abrahán hasta María. Como recalca Brown, lo que revela Mateo en su lista de personas que engendran a otras personas es una historia bien accidentada.  El árbol de familia de Jesús contiene tantos pecadores como santos, y, en sus orígenes, el árbol echa también raíces en las líneas torcidas escritas por mentirosos, traidores, adúlteros y asesinos. Jesús era puro, pero no así sus orígenes.

Mateo comienza su historia de los orígenes de Jesús con Abrahán, que engendra a Isaac y entonces envía al desierto a su otro hijo Ismael, y manda a paseo a la madre, para desentenderse de ellos. No es eso exactamente lo que esperaríamos del gran patriarca. ¿Cómo puede eso considerarse imparcial y cómo puede justificarse? Después, Jacob roba a su hermano mayor la bendición de Isaac (de la misma manera como el mismo Israel se había apoderado de la tierra de Canaán sobre el derecho de otra persona que tenía prioridad sobre ella). Y sigue. Entre todos los hijos de Jacob, José es claramente el más digno, pero no es elegido. Sin embargo, es Judá el elegido, a pesar de que había vendido a José como esclavo por pura envidia y después dejó embarazada a su propia nuera, tomándola para convertirla en prostituta. Es justo, pues, preguntarnos, ¿por qué Judá?

Después Mateo nos da una lista con los nombres de catorce reyes que forman parte de los orígenes genéticos de Jesús. De esos catorce reyes, sólo dos, Ezequias y Josías, se consideraban fieles a Dios tal como los juzga el Libro de los Reyes. El resto, en palabras de Brown, "eran adúlteros, asesinos, incompetentes, hambrientos de poder, gandules de harén". Y después está David, el gran rey; los evangelios proclaman con orgullo que de su linaje desciende Jesús. Es verdad que David fue un gran hombre, humana y espiritualmente;  él fue quien unió la comunidad, construyó el templo y escribió los salmos; pero también fue adúltero, que encubrió su pecado con asesinato.

Finalmente está la cuestión de qué mujeres se mencionan como importantes en el linaje de Jesús.  En vez de mencionar a Sara, Rebeca y Raquel, Mateo menciona en cambio a Tamar, Rahab , Ruth y Betseba, antes de nombrar finalmente a María, como madre de Jesús.  Ésta es una selección curiosa y chocante: Tamar era de Canaán, mujer que, ya que no había tenido descendencia de dos hijos de Judá, se disfrazó de prostituta y sedujo al mismo Judá. Rahab era una prostituta profesional, aunque su amabilidad protegió a los espías de Israel durante la conquista de la tierra prometida. Ruth, como Tamar, era extranjera, y Betseba, como sabemos, fue la mujer seducida por David antes de que el mismo David amañara la muerte de su marido. El escándalo de su aventura amorosa y la muerte de su hijo ilegítimo no impidieron a Betseba tramar y conspirar para asegurarse de que uno de sus hijos llegara a ser heredero del  trono. Cada una de estas mujeres tenían cuestiones turbias matrimoniales que contenían elementos  de irregularidad o escándalo, pero aun así cada una pudo ser instrumento para el  nacimiento de Dios en este nuestro planeta. Mateo destaca claramente sus nombres para crear el marco apropiado para María, cuyo embarazo es también irregular, ya que Jesús no tuvo padre humano.

La última parte de la genealogía ofrecida por Mateo contiene principalmente nombres de personas desconocidas, anónimas.  Eso también es importante, ya que, si personas desconocidas e insignificantes contribuyeron tan considerablemente a los orígenes de Jesús, entonces nosotros no somos tan insignificantes, de poca importancia o anónimos, como para no contribuir a la continuación de esta historia.

Dios, efectivamente, escribe derecho con líneas torcidas. En ninguna otra instancia se hace esto más evidente que en el nacimiento de Jesús. Y en esto hay un reto importante.  Citando de nuevo al experto  Raymond Brown: Si el comienzo de esta historia involucró a tantos pecadores como santos, lo mismo ocurre en la secuencia sucesiva.  … El Dios que escribió el comienzo con líneas torcidas sigue escribiendo también su secuencia con líneas torcidas, y algunas de esas líneas son nuestras propias vidas y nuestro flaco testimonio. El Dios que no dudó en usar al intrigante además de al noble, al impuro además de al puro, a hombres a quienes el mundo escuchaba además de a mujeres a  las que el mundo tachaba y censuraba  – este mismo Dios sigue trabajando hoy con la misma  mezcolanza.

Quizás el reto verdadero en todo esto alcanza sobre todo a quienes querrían aceptar solamente un retrato idealizado del nacimiento de Jesús; un retrato que tenga sólo líneas rectas, sin impurezas, sin colores oscuros. Pero, a pesar de nuestra resistencia interior para digerir esto, es importante que lo hagamos,  porque lo que los evangelios subrayan en el nacimiento de Jesús arroja luz sobre la historia cristiana subsiguiente y sobre nuestras propias vidas.  La gracia es pura, pero nosotros, que la acogemos,  con frecuencia no lo somos. Aun así, nuestras infidelidades, nuestro pecado y nuestras intrigas o maquinaciones no hacen descarrilar el amor de Dios y el plan de Dios sobre los hombres. Los designios de Dios para la gracia trabajan todavía, por alguna razón, y esto, según señala Raymond Brown, no es una lección para desanimarnos, sino para animarnos y alentarnos.
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