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La Tierra buena de la amistad (IV)

Salvador León Belén -
    Ningún paso se podría haber dado para construir el tejido de la Misión si los sacerdotes de la diócesis no hubieran dado casi unánimemente su consentimiento. Tengo que decir con satisfacción que el interés por esta acción misionera ha ido creciendo. Han sido ellos los primeros en abrir las puertas de sus parroquias, los primeros en invitarme a sus comunidades para que las pudiera conocer y pudiese informar a la mayoría de las personas de los objetivos y criterios con los que vamos a realizar este extraordinario tiempo de evangelización. Ellos me han tendido sus manos, me han ofrecido sus casas, me han abierto más y más los ojos para que pudiese ver mejor la realidad social y familiar de sus gentes, las limitaciones y las posibilidades con las que todos los días emprenden sus tareas. En diálogo, hemos encontrado nuevas intuiciones y orientaciones para recorrer este arduo camino. Con ellos he participado en distintas reuniones parroquiales y en diferentes encuentros de zona para buscar, discernir, orar, discutir y recrear esta nueva Misión, esperando que responda a los desafíos pastorales que tiene planteados la Iglesia. Me han facilitado los desplazamientos y los medios técnicos para trabajar mejor, para seguir abriendo caminos y, unidos, continuar “tomando parte en los duros trabajos del evangelio”. Hacer la Misión en una Diócesis de casi un millón y medio de personas es una osadía que requiere mucha fe y ardor apostólico. Y aunque los obreros son pocos y la mies es extensa, estos hombres buenos han puesto arrojo, la han impulsado. Con la ayuda de Dios no quedaremos defraudados. Queremos llegar a tiempo para que no se malogre ninguna cosecha.

Continuamos contemplando y agradeciendo esta tierra de frutos abundantes, de hombres y mujeres que hacen más fácil el camino a los demás, siendo capaces de no perder la esperanza y de abrir senderos de vida y de resurrección. Entre ellos está un pequeño grupo de médicos voluntarios. 57 profesionales que han asistido durante seis años a distintas comunidades, fundamentalmente rurales. Sus trabajos han sido incondicionales, sin esperar recompensa; han sido una lección de amor. Ellos y ellas han hecho posible que la esperanza de vida fuera un hecho.

Han llegado a pie, en burro o en vehículo de doble tracción hasta las comunidades más remotas de los departamentos de Yoro, Cortés y Santa Bárbara. Allí la salud era un grito, un clamor, una urgente necesidad. ¡Cuántas personas no tienen medios para acceder a la medicina! Este calvario no resulta desconocido. Cuando llegan al hospital, los que tienen la suerte de llegar, tienen que pagar el suero y la sangre que consumen. Son miles y miles de hombres y mujeres los que no tienen recursos para tratar su enfermedad, menos para pagar sus medicamentos. La asistencia de estos equipos médicos ha contribuido al mejoramiento y la salud de muchas vidas y de muchas familias. Han aliviado dolores, han brindado cuidados y amistad, han mejorado las medidas higiénicas, los hábitos alimenticios. Han practicado operaciones, han realizado miles de consultas, han asistido centenares y centenares de partos, han contribuido a mejorar la higiene y a capacitar a las personas para mantener una vida más digna.

No importa la hora en la que suene el teléfono. La llamada cae. Al otro lado de la línea nos encontramos con la esperanza. Estamos hablando con el “teléfono de la esperanza”, con hombres y mujeres que escuchan y responden. El P. Mateo, murciano de nacimiento y misionero en la Diócesis de S. Pedro desde hace más de 12 años, ha hecho realidad su sueño. Me impresionó la pobreza de su casa y el espíritu alegre que  acompaña su vida y misión. Es emprendedor y fraterno; lo muestra abiertamente con todas las cosas y todas las personas. Pasa los sesenta pero no se advierte cansancio en sus palabras. Vive lejos de todo lujo. Es fácil encontrarle entre cables y aparatos eléctricos, Atrae por su simplicidad, desprendimiento y  jovialidad. Las mil encrucijadas en las que está metido no le impiden mantener su buen temple, humor y equilibrio Es un hombre de proyectos, lleno de ilusiones, práctico. Acompaña en el discernimiento a los seminaristas y a toda su gran comunidad de San Antonio de Cortés. Mateo es de Dios y de los pobres.

El teléfono de la esperanza ya ha cumplido un año. Fue admirable su inquietud por instalar el teléfono en la ciudad de S. Pedro. Las primeras dificultades fueron vencidas. Ahora, al iniciar su segunda andadura comienzan a aparecer algunos obstáculos económicos. La necesidad de buscar apoyos es fundamental para mantener este servicio a una población marcada por tantas tristezas y angustias, por situaciones de ansiedad, depresión, soledad, alcoholismo. Son numerosas las personas que han hecho uso de él para compartir momentos difíciles a nivel personal y familiar.

Presto buen oído a su testimonio. El servicio que se presta es gratuito y sirve para brindar apoyo a las personas que lo desean. Voluntarios profesionales están respondiendo a cada petición. El que llama se mantiene siempre en el anonimato. El centro es una entidad independiente y no está afiliado a la Iglesia Católica. Es obra de la gente de buena voluntad. La mística es la del Buen Samaritano, que no repara en ideologías ni creencias. Todos son bienvenidos.

Algunas de las conclusiones que ha dejado el primer año de funcionamiento de este teléfono es que un 75% de las más de 3.288 personas atendidas  son mujeres. Ellas son las víctimas la mayoría de las veces. Las estadísticas que arroja muestran que la clase media es la que realiza un mayor número de consultas, de apoyos. En la clase alta también existen numerosos problemas, pero esta clase trata por encima de todo de que su imagen no quede dañada. Los hombres y mujeres de escasos recursos hacen las llamadas con más naturalidad.
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