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La "Herejía del olvido"

Severino María Alonso, cmf -
    Cada época tiene sus propias amnesias. La sensibilidad, a veces un poco exacerbada, por determinados ‘valores’, no siempre bien entendidos, hace olvidar, preterir o simplemente no tomar en cuenta otros valores y verdades no menos importantes e incluso más esenciales todavía. Toda época tiene, por lo mismo, necesidad de una cura de memoria, frente a sus peligrosos olvidos. Porque sólo quien tiene memoria puede apostar decididamente por el futuro. Ya que perder la memoria equivale a perder las propias raíces, y sólo un árbol con vigorosas raíces puede crecer vigorosamente. De vez en cuando, es preciso recordar, es decir, hacer pasar de nuevo por el corazón lo que ya una vez en el corazón estuvo. Para poder asimilar de verdad y convertir en experiencia viva un determinado valor, hay que ‘darle amorosamente vueltas en el corazón’ (=recordar), hasta hacerlo pasar al torrente circulatorio de la sangre, Sólo entonces se convierte en vivencia. Jesús mismo confesó a sus discípulos que la misión del Espíritu Santo era llevarles hasta la verdad completa y recordarles todo lo que él les había dicho1El Espíritu Santo es Maestro interior y “memoria activa Iesu”: de su Persona, de su vida y de su doctrina. El ‘actualiza’ todo su misterio.

    Kart Rahner habló, en una ocasión, de la herejía del olvido: “Existe algo a lo que podríamos llamar la herejía del olvido, de la falta de atención, del dejar dormir las cosas; herejía que es perfectamente posible aun dentro de la Iglesia en medida muy considerable. Hablar expresamente de esas verdades y realidades de la fe, y formularlas con toda precisión conceptual, no sólo es propio de la predicación, sino también y ante todo de la reflexión teológica. Y esta teología no es sólo cosa de teólogos, sino también de todo cristiano, ya que su conciencia espiritual general es de tal naturaleza, que o hace de su fe una realidad refleja, o corre el peligro de perder existencialmente la fe”2.

    Se ha dicho que la primacía del futuro caracteriza al mundo actual y se ha convertido en una de las principales categorías para la comprensión moderna de la existencia humana3. Según esto, la verdadera perspectiva ya no es la ‘retrospectiva’ ‑mirar hacia atrás‑, sino la prospectiva ‑mirar sólo hacia delante‑. Se pierde, así, la memoria y se olvidan las propias raíces. Refiriéndose a esta situación, escribió Juan Bautista Metz: “Uno de los factores que integran la misión cristiana de las órdenes es recordar, de forma plástica, esta conexión entre el ser cristiano y el seguimiento, y protestar una y otra vez contra la tentación, enraizada en la naturaleza, de relativizar este seguimiento, contra la inclinación instintiva de llegar a un compromiso conciliatorio con él”4.

    Recordar y protestar: Ser memoria y anuncio; y, a la vez, aguijón y denuncia profética: recuerdo vivo de radicales exigencias evangélicas, y protesta contra el fácil olvido y la cómoda y frecuente ‘domesticación’ de esas exigencias. Por eso, precisamente, la vida religiosa -cuando es auténtica, es decir, cuando es verdadero seguimiento radical de Jesucristo- resulta de verdad una memoria incómoda, e incluso ‘peligrosa’: incómoda y peligrosa para toda forma de mediocridad.

    En 1987, Jean-Claude Guy, S.I., publicó en francés un pequeño libro, -que apareció traducido al español, seis años más tarde, en 1993- con un título no sólo evocador y sugerente, sino también teológicamente certero y exacto, porque define y expresa muy bien la identidad y la misión esencial de la vida consagrada: La vida religiosa, memoria evangélica de la Iglesia5. O, dicho de otra manera, igualmente rigurosa y exacta: La vida religiosa, memoria eclesial del Evangelio. Memoria litúrgica, sacramental, es decir, verdadero memorial. No un simple recuerdo subjetivo, ni una simple evocación, sino una actualización sacramental de Cristo mismo -su vida y su mensaje-, y no sólo de sus enseñanzas y de sus ejemplos, sino de la Persona misma de Jesús, en su modo de vivir.

    Con fórmula certera -precisa y preciosa- y densísima de contenido teológico, lo ha sabido decir Juan Pablo II, en la exhortación apostólica postsinodal. Esta fórmula define y describe, con una maravillosa exactitud, la identidad teológica y la misión esencial de esta forma de vida cristiana: “Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador” (VC 22).

  1. Cf Jn 14, 25-26; 16, 12-13; etc.
  2. K. Rahner, S.I., Fundamentación sacramental del estado laical en la Iglesia, en "Escritos de Teología", Taurus, Madrid,   1969, t. VII, p. 357.
  3. Cf.  J. B. Metz, Teología del mundo, Sígueme, Salamanca, 1970, pp. 110, 195, etc.
  4. J. B. Metz, Las órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Cristo, Barcelona, 1978, p. 45.
  5. J.C. Guy, S.I., La vie religieuse, mémoire évangelique de l'Église",  Éd. du Centurion, Paris, 1987, pp. 193. [Trducción española: La vida religiosa, memoria evangélica de la Iglesia, Sal Terrae, Santander, 1993, pp.  239].
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