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La escucha de la palabra en la vida diaria.

Manolo Barco -
La «revisión de vida» es un método donde la Palabra de Dios se lee, contempla y ora desde la misma vida y, sobre todo, desde la vida de los pobres. La lectura de la Palabra desde la vida introduce al evangelizador en el misterio de la Palabra y en el misterio de la vida del hombre.

El mundo de hoy necesita de místicos y, más que nunca, de místicos seculares. La Evangelización supone mirar la vida en profundidad con los ojos de Dios hasta llegar a descubrir en ella «Palabra de Dios». Pero para hacer esa contemplación necesitamos leer, contemplar y orar la Palabra desde la misma vida, y en concreto desde la vida de los pobres. Los pobres son clave privilegiada para entrar en el conocimiento del Verbo de Dios encarnado. La Palabra es clave privilegiada para entrar en el conocimiento amoroso del misterio del hombre. Amasar la vida con la Palabra de Dios en el corazón y dejar que el resultado de ese ejercicio místico se exprese en forma de «testimonio» y de «palabra de sentido» es el trabajo más importante que tiene encomendado el misionero. Escuchar la Palabra desde la vida de los hermanos es para mí posibilidad misionera. El paso de Dios que descubro en la vida de los hermanos, al escuchar desde ella la Palabra, suelo expresarlo a quien me ha dado esa posibilidad. Este es un signo.

Alfonso llega tarde a la reunión. Nada más llegar nos dice: «Me he encontrado con Antonio. Ha andado con los rollos de la droga. Ahora está rehabilitándose. Necesita amigos. Se encuentra solo. A sus amiguetes de antes, drogadictos, los ha tenido que dejar. Le he hablado de nuestro grupo. Le gustaría, hacer algo, encontrarse con otros». Y mirándonos nos preguntó: «¿Qué os parece?».
Miguel y Emilio lo conocían. Les vi cruzarse miradas y bajar la cabeza, por lo que les pregunté: «¿Qué os parece?». Callaron. Les insistí. No estaban de acuerdo. Alfonso les dijo: «Antonio nos necesita. Andamos aquí viendo qué podemos hacer y, ahora que se nos presenta la ocasión de hacer algo sencillo... Es un tio legal. Pero en fin, vosotros veréis. Yo voy a salir con él. No le podemos dejar en la cuneta». «Necesita ayuda», repetía una y otra vez. Y nos fue narrando su experiencia con Antonio. Al final el grupo aceptó.

Poco después yo escribía en mi cuaderno de vida: Bajaba Antonio de Jerusalén a Valle-cas y cayó en manos del desaliento, la desilusión, la desesperanza... Y se encontró con una pandilla de drogadictos que le invitaron a fumar porros, después a pincharse y, al final, quedó hecho una piltrafa...

«Si te enseño una fotografía de cuando estaba en el rollo, no me conocerías, Manolo», me dijo un día en el bar.

Pasaron por allí gentes de distinto tipo. Unos, por indiferencia y miedo, le dejaron tirado. Otros eran «gentes de bien», que le conocían de antes, pero, al verle, movían la cabeza y hacían comentarios, mientras Antonio se consumía en su callejón sin salida.

«Vagaba por las calles como un gato asustado. Buscaba y no encontraba», me decía un día Antonio.
Pasó por allí un día Alfonso y, al cruzarse con él, se atrevió a decirle: «Hola». Y comenzaron a hablar. Y Antonio le descubrió las heridas de su corazón y Alfonso le dedicó tiempo y nos comprometió a todos.

Y este cura, que andaba preparando la homilía sobre el texto del Buen Samaritano, se preguntaba: ¿Cómo podré anunciar a la comunidad quien es el Dios de Jesucristo y quien es nuestro prójimo?. Y, ni corto ni perezoso, al domingo siguiente comenzó la homilía: «Bajaba Antonio de Jerusalén a Vallecas y cayó...». Y al final escuchó una voz en su interior: «Y ahora, cura, ve y haz tú lo mismo».
Y  este cura se acordó de un grupo de chavales del barrio robotados de todos los colegios de la zona. Y decidió, con la Asociación Cultural, intentar dar respuesta a los gritos de estos muchachos. Y comprendió que «el clamor del pueblo», y de muchos jóvenes de Vallecas, expresado en Antonio, el exdrogadicto, era escuchado por Dios, encarnado en Alfonso.

Y este cura, que iba a evangelizar a Alfonso, quedó evangelizado por él. Y escribió una vez más: Los pobres me han evangelizado. Cuando se lo conté a Alfonso, me sonrió.
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