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La buena noticia llega del Vaticano

Sandro Magister -

Primero el banquero Ettore Gotti Tedeschi, luego el premier británico Gordon Brown lanzan desde "L’Osservatore Romano" una propuesta revolucionaria: una colosal inversión a favor de los países pobres. Que será a beneficio de todos, también de los países ricos culpables del actual desastre

El primero en sorprenderse fue él, Ettore Gotti Tedeschi, 63 años, cinco hijos, católico ferviente, profesor de economía en la Universidad Católica de Milán y presidente para Italia del Banco de Santander, una de los mayores bancos del mundo:

"Cuando intuí el proyecto de la ’good bank’ y escribí sobre él en ’L’Osservatore Romano’, no imaginé que habría sido pensado también por el responsable del Banco Mundial e incluso por el primer ministro inglés Gordon Brown".

(JPG) En cambio, ocurrió precisamente así. La idea lanzada por Gotti Tedeschi el 30 de enero pasado en la primera página del diario de la Santa Sede ha sido retomada con fuerza, el 19 de febrero en el mismo diario, por el premier británico Brown (en la foto), recibido el mismo día, en el Vaticano, por el Papa Benedicto XVI.

Se trata de una idea simple pero revolucionaria, lanzada a los países ricos que hoy están en condición de inestabilidad financiera: invertir una suma gigantesca no en casa propia sino a beneficio de los países pobres, con el fin de que estos se vuelvan protagonistas de un boom económico para beneficio de ellos y de todos. En el lapso de algunas décadas será precisamente el crecimiento de los países pobres lo que pagará la deuda de contrato de los países ricos, produciendo ulterior bienestar y riqueza.

Más abajo, en esta página, la idea está documentada más en detalle, así como ha tomado forma poco a poco en "L’Osservatore Romano": primero con el artículo de Gotti Tedeschi, luego con el sorprendente relanzamiento hecho por Gordon Brown, y luego con otro artículo del economista y banquero italiano, que desde hace un año es comentarista económico del diario del Papa.

El próximo G20, es decir la cumbre de los veinte países más grandes y más ricos del mundo, programado para el 2 de abril, será una prueba importante para el futuro de este proyecto.

Pero ya algo de sustancial está ocurriendo. Siempre más frecuente y autorizadamente se reconoce que la economía no puede actuar sólo con el empuje del interés egoísta - con las devastaciones que hoy están ante los ojos de todos - sino que debe vivir también de la ética. "Inspirada por la gracia", dice Gotti Tedeschi.

A su juicio, Brown ha tenido esta inspiración, "con la humildad de los hombres grandes". Gotti Tedeschi confía en que el primer ministro británico será escuchado por los otros poderosos de la tierra: "Y por ello invito a proponer a Gordon Brown para el Nóbel de economía".

Otra prueba de atención al vínculo entre economía y ética ha venido recientemente del ministro italiano de economía Giulio Tremonti. El verano pasado publicó un libro con el título de "El miedo y la esperanza", que ha llegado al escritorio de Benedicto XVI. Luego el Papa ha recibido al ministro en audiencia privada. Y este, inaugurando el pasado 19 de noviembre el nuevo año académico de la Universidad Católica de Milán, citó una conferencia de Ratzinger de 1985 sobre ética y economía, reconociéndole el mérito de haber profetizado con mucha anticipación, en aquella conferencia, el actual desastre mundial. "Se verifica hoy - dijo Tremonti - la previsión según la cual en la economía el declinar de la disciplina, una disciplina basada en un fuerte orden ético y religioso, habría llevado las leyes del mercado al colapso".

En el final de su discurso en la Universidad Católica, Tremonti citó a Platón e invocó como "única moneda buena" la de una inteligencia "guiada por Dios".

Será interesante ver como todo ello encontrará expresión en la encíclica sobre la doctrina social, que desde hace tiempo se espera que sea publicada y de la que han sido anticipadas sus primeras palabras en latín: "Caritas in veritate".

Mientras que en un encuentro de preguntas y respuestas con los sacerdotes de Roma, la mañana del jueves 26 de febrero, Benedicto XVI se expresó así sobre la actual crisis financiera mundial:

"Es deber de la Iglesia denunciar los errores fundamentales que hoy se muestran en el derrumbe de los grandes bancos americanos. La avaricia humana es idolatría que va contra el verdadero Dios y es falsificación de la imagen de Dios con otro dios, Mamón. Debemos denunciar con valentía, pero también con hechos concretos, porque los grandes moralismos no ayudan si no son sostenidos por el conocimiento de la realidad, que ayuda también a entender qué cosa se puede hacer en concreto. Desde siempre la Iglesia no sólo denuncia los males, sino que muestra los caminos que llevan a la justicia, a la caridad, a la conversión de los corazones. También en la economía la justicia se construye sólo si hay justos. Y estos se forman con la conversión de los corazones".

Pero regresemos a la propuesta de la "good bank". Aquí a continuación los tres artículos aparecidos en "L’Osservatore Romano:

  • Una "good bank" para favorecer el desarrollo. Las finanzas pueden hacer milagros

por Ettore Gotti Tedeschi, 30 de enero del 2009

Las finanzas son sólo un instrumento. Un instrumento que recientemente ha sido mal utilizado y, como consecuencia, demasiado ha sido vituperado. Por el contrario, las finanzas pueden ser usadas para el bien. En cierto sentido ellas pueden hacer milagros. La ocasión existe y es la solución a la crisis en curso. El modo existe y es la proyección de una "good bank" que financie un proyecto planetario para la solución de la crisis y que represente la cobertura a término de la "bad bank" propuesta en estos meses.

En el bienio 1939-1940 fueron emitidos préstamos para financiar la segunda guerra mundial y a continuación, otras obligaciones para financiar el plan Marshall. La tragedia de la guerra resolvió - si se puede decir así - los problemas de desocupación. El plan Marshall resolvió los problemas de pobreza, garantizando la reconstrucción de la Europa post bélica. Ambas iniciativas resolvieron los problemas económicos estadounidenses.

La guerra que se tiene que financiar hoy para derrotar a la crisis es en cambio la guerra contra la pobreza global. La reconstrucción que se tiene que garantizar hoy es la de los países pobres.

Podrá parecer una contradicción, pero sólo involucrando todo el mundo en un esfuerzo superior se podrán reabsorber, antes y mejor, los efectos de la crisis. Después del discurso de toma del posesión del nuevo presidente de los Estado Unidos, se puede esperar que sea lanzado el "plan Obama" para derrotar a la crisis, combatiendo la pobreza y permitiendo así, no sólo a su nación sino a la humanidad entera, salir de la coyuntura negativa.

En 1939 se resolvieron los problemas de mantenimiento productivo y de desocupación armando soldados y construyendo cañones. En 1946 reconstruyendo una Europa semidestruida. Hoy se puede sostener la capacidad productiva - mucho más global y a costos mucho más bajos - con un plan de intervenciones a favor de los países pobres, para satisfacer su demanda potencial y para dar inicio a actividades económicas adecuadas a través de inversiones en obras de infraestructura.

Los países pobres son por lo tanto el objeto de la reconstrucción de hoy. El proyecto de una guerra a la pobreza para afrontar la crisis daría inmediatamente paso a iniciativas económicas inducidas y a las consiguientes inversiones. Se alimentaría de nuevo la iniciativa empresarial y las bolsas premiarían a las empresas involucradas, garantizando el sostén a su capacidad productiva.

¿Cuánto vale este proyecto y cómo financiarlo? Puede valer lo que la absorción de la burbuja que debería gravar sobre la "bad bank" de la que tanto se habla y, como esta última, podría ser financiado con un préstamo de cincuenta años a ser suscrito por todos los países ricos del mundo. Probablemente asusta también sólo la hipótesis de un cálculo de los recursos necesarios para ello. Pero debería asustar más la falta de verdaderas alternativas. En vez de razonar en términos de costos y de ganancias, se debería razonar en términos de oportunidades, como fue hecho cuando se decidió financiar la segunda guerra mundial y el subsiguiente plan de reconstrucción.

Hoy son necesarios más recursos. Pero hoy el mundo - entrado en el ciclo económico de producción y bienestar - tiene capacidades muy superiores a las de setenta años atrás. Para absorber la gran burbuja que confluirá en la "bad bank" es necesario por lo tanto un proyecto de cobertura productiva de verdadera riqueza sostenible: la cobertura a término de la "bad bank" se debe hacer con la "good bank". Para absorber las pérdidas pasadas es necesaria una economía mundial total de crecimiento y bienestar.

Como fue para Europa, reactivada con el plan Marshall, que en diez años retomó su crecimiento hasta producir un boom económico, así podrá ocurrir - inclusive con fases y procesos diferentes - para las economías de los países pobres que en veinte o treinta años podrían comenzar a pagar de vuelta la deuda produciendo a su vez bienestar y riqueza. Así ha sido en los últimos veinte años en Asia, donde ahora hay economías que están incluso sosteniendo a las nuestras. La solidaridad paga también en términos concretos.

Se trata de un proyecto audaz y complejo. No producirá inmediatamente los resultados esperados y muchos serán los obstáculos. Pero es un proyecto factible, y lo es precisamente usando las finanzas. Que podría así recuperar su verdadero sentido. El sentido bueno.


  • Un desafío global. Crisis económica y desarraigo de la pobreza

por Gordon Brown, 19 de febrero del 2009

De Río a Roma y de Lagos a Londres nos encontramos frente a uno de los más grandes desafíos económicos de nuestra generación. En lo que será probablemente definido por los historiadores como la primera crisis económica de nivel verdaderamente mundial, las previsiones de crecimiento para el 2009 han sido retocadas en cuanto cercanas al cero, hay un derrumbe del comercio y de los flujos de capital y se está extendiendo la desocupación.

La crisis financiera y económica amenaza la ocupación y las perspectivas de las familias de cada país y de cada continente. En toda Europa, miles de personas se encuentran de improviso sin trabajo y están siempre más preocupadas por el propio futuro. Pero se trata de tendencias internacionales, que tienen impacto también sobre los más pobres en África, Asia y en otras partes. Aquí la crisis económica significará hambre para otros millones de personas, menos instrucción y menos servicios sanitarios. Sé que la Iglesia católica y el Santo Padre comparten estas preocupaciones. Los países más pobres ven que toda fuente de financiamiento de su propio desarrollo - exportaciones y demanda de productos alimenticios, comercio y financiamiento de proyectos, ayudas, remesas, flujos de capital - ha sido golpeada por la dimensión y por la extensión sin precedentes de esta crisis.

En el Reino Unido estamos usando todo medio a nuestra disposición para que la recesión sea en la medida de lo posible breve y poco profunda. Pero la recesión global requiere una respuesta global, si queremos que nuestras medidas tengan éxito. El próximo 2 de abril el G20 - o sea, la reunión de los líderes de los países más grandes y más ricos del mundo, que representan más de los dos tercios de la población mundial y el 90 por ciento de la economía global - se reunirá en Londres para discutir esta respuesta.

Lograrlo es de vital importancia. De otro modo, la recesión será más profunda, más larga y golpeará un número mayor de personas. Si no resolvemos los efectos de la crisis, el Banco Mundial estima que desde hoy al 2015 en el mundo en vías de desarrollo otros 2,8 millones de niños podrían morir antes de haber cumplido cinco años. Es como si toda la población de Roma muriese en los próximos cinco años.

Por lo tanto no podría haber razones morales más válidas que estas. Pero ya no se trata sólo de razones morales. Esta crisis nos ha demostrado que no podemos permitir que los problemas se agraven en un país, ya que de reflejo el impacto de los mismos ser advertido por todos. Es pues nuestro deber común hacer que las exigencias de los países más pobres no sean un pensamiento secundario, con el que se está de acuerdo por obligación moral o por sentido de culpa. Es hora de ver a los países en vías de desarrollo insertados en las soluciones internacionales de las que tenemos necesidad. Y es fundamental que estas soluciones internacionales tengan en cuenta a los países en vías de desarrollo.

Nuestra respuesta global debe por lo tanto en primer lugar prever financiamientos mayores, mejores y más rápidos por parte de las instituciones financieras internacionales, que puedan contribuir a salvaguardar las inversiones en salud y en instrucción y a estimular las economías. Un estímulo internacional funcionará solamente si tiene de verdad carácter global. Por demasiado tiempo sólo los países ricos han estado en grado de introducir capital en las propias economías en los periodos difíciles. Esta vez debe ser diferente.

Ya he iniciado conversaciones con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos para elaborar propuestas que, si son acogidas por el G20, podrían introducir miles de millones de dólares en las economías de los países en vías de desarrollo. Como segundo punto, son necesarias reformas de las instituciones financieras internacionales para dar más voz al mundo en vías de desarrollo, haciendo las instituciones más eficaces, legítimas y sensibles. Y como tercer punto, es necesario encontrar las vías para movilizar los recursos para salvaguarda de los más pobres, como el Global Vulnerability Fund, que puede ser dirigido de modo específico a los más pobres y más vulnerables.

Para los cambios climáticos, además, debemos hacer de modo tal que la crisis de las economías no nos distraiga de enfrentar la del clima. Debemos tomar el momento para garantizar inversiones en las industrias verdes que nos preparan para el futuro, en vez de poner en grave riesgo a las generaciones futuras.

Debemos además buscar de poner en marcha el comercio internacional. Sabemos que refugiarnos en el proteccionismo nos hará a todos más pobres, pero también es un momento de oportunidad. Si sabemos usufructuar el empuje político para concluir el acuerdo de Doha sobre el comercio, se calcula que la economía mundial podría beneficiarse por 150 mil millones de dólares. La Santa Sede ha sostenido con fuerza un acuerdo comercial favorable a los pobres, y yo espero que esta voz sea finalmente escuchada.

Como político sé que cuando las religiones movilizan sus propios recursos, se advierte vivamente el impacto de ello. Acabamos de escuchar el rol preeminente de las religiones en el ámbito de la más larga alianza que se ha formado para sostener los objetivos de desarrollo del milenio en el evento de alto nivel de setiembre pasado en Nueva York.

Valores religiosos, como la justicia y la solidaridad - valores que afirman que los niños pobres, como los ricos, deben tener acceso a vacunas y medicinas - han llevado al Reino Unido y a la Santa Sede a sostener juntos el International Finance Facility for Immunisation y los Advanced Market Commitment. La adquisición por parte del Papa en el 2006 del primer título de crédito para la inmunización ha sido expresión tangible del compromiso común de la Santa Sede y el Reino Unido a favor del desarrollo internacional. Gracias a este crédito, han sido recogidos más de mil millones y seis cientos millones de dólares, y 500 millones de niños serán inmunizados entre el 2006 y el 2015 - totalizando en cinco millones los niños salvados.

El pasado 18 de junio el Papa Benedicto ha solicitado a través de su secretario de Estado una "respuesta eficaz a las crisis económicas que afligen diferentes regiones del planeta" y la actuación de "un plano de acción internacional concertado dirigido a liberar el mundo de la pobreza extrema". Yo sostengo este llamado. El vértice de Londres en abril debe ver que respondamos al desafío.


  • La intervención de Gordon Brown sobre la crisis económica. Clase de inglés

por Ettore Gotti Tedeschi, 22 de febrero del 2009

Muchos consideran que las grandes crisis son también - o quizá sobre todo - crisis morales. También la actual crisis económico-financiera no se sustrae a esta regla, habiendo sido provocada por decisiones de desarrollo egoístas e insostenibles, que después han desencadenado los peores "espíritus animales" en el mundo de las finanzas.

En "L’Osservatore Romano" del pasado 19 de febrero, parece que el primer ministro británico Gordon Brown ha querido expresar la búsqueda de una autoridad moral necesaria para la solución de la crisis, reconociendo implícitamente lo insostenible de la autonomía moral de la economía. Avanzando incluso la propuesta de una solidaridad estructural hacia los países pobres como posible solución estratégica de la crisis. Además de invocar acciones de "justa solidaridad" de hecho es necesario proponer acciones de "oportuna solidaridad" hacia los países pobres.

Estos países se deben involucrar en el proceso de solución de la crisis induciéndolos a crear la riqueza necesaria para volver a levantar al mundo entero. Ello puede ser realizado transformando su demanda inexpresada de bienes y de inversiones en valor para las economías de los países que hoy se encuentra con una capacidad productiva peligrosamente inutilizada. La estrategia de solución de la crisis esta en buscar riquezas para compensar las pérdidas, donde hay potencial para hacerlo rápidamente.

En apariencia, las costosísimas maniobras en acto tienden en cambio a sostener el consumismo de los países ricos y a transferir al Estado los insostenibles debitos de los bancos, de las empresas y de las familias. Pero esta solución corre el riesgo de crear inflación en vez de riqueza. Transferir en los últimos años bienestar y riqueza a varios países emergentes ha hecho quizá menos grave la crisis en acto. Las previsiones del producto bruto interno para el 2009 lo ven caer en 3,4 por ciento en los Estados Unidos y en 1,5 en Europa.

Sin embargo, el PBI mundial crece todavía en 1 por ciento gracias a las economías de grandes naciones como China (más de 5 por ciento), India y Brasil. Haber extendido, aunque sea de modo egoísta, bienestar a aquellos países - desarrollando demanda, oferta, ahorro y crecimiento - permite hoy imaginar remedios para los errores de las naciones ricas. Quizá se habría podido evitar la crisis global si la extensión de la riqueza hubiese alcanzado también al resto del planeta. En vez de pensar de modo egoísta en defender - además con engaños - los privilegios.

Pero los errores del mundo occidental no son debidos únicamente a la excesiva desenvoltura de los managers bancarios y a la falta de control. La economía y las finanzas son sólo instrumentos gestionados por el hombre, que al hombre deben ser útiles. Su finalidad es, según las leyes que las regulan, utilizar eficazmente los recursos, desarrollar bienestar para todos y reducir las desigualdades. Eso no es moral, es economía.

Pero el balance no siempre ha sido alentador. Frecuentemente se ha abusado de los recursos, se ha fingido tener posibilidades para el desarrollo del bienestar, las desigualdades no han sido reducidas como se podía y debía. No se ha dado un sentido a los instrumentos. El mundo rico ha sido tonto - no sólo egoísta - al no querer reconocer la necesidad de autoridad y leyes morales, y confundiendo por ello los medios con los fines.

Gordon Brown, primer ministro de una gran nación, con su intervención ha dado una magistral lección para quien quiere entenderla: se debe dar un sentido al instrumento económico y se debe reconocer que la economía no puede tener una propia autonomía moral.

-  Extraido de CHIESA

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