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La Biblia y la Iglesia

Pedro Belderrain -
    La Iglesia no encuentra la razón de ser en sí misma, sino en el Reino que es el centro del mensaje de Jesús. La Sagrada Escritura es el criterio, el mapa, la brújula desde donde encontramos el camino correcto del servicio del Reino. Pero también es el alimento para seguir caminando, fuerza para las luchas de nuestra vida diaria, empuje para nuestros cansancios y debilidades. Sólo así, con la Palabra en una mano y la vida de cada día en la otra la Iglesia, cada una de las comunidades cristianas podrán salir al encuentro de los hombres, anunciando auténticamente la Buena Nueva.

Un chaval me preguntó una vez al final de una convivencia: «¿Por qué los claretianos dais tanta importancia al Evangelio con la cantidad de libros que hay?». Un compañero, misionero en el Perú, contestó inmediatamente: «¡Qué más quisiéramos nosotros que dar importancia al Evangelio!».
Hace unos años, cuando algunos de nosotros casi no habíamos nacido, la Iglesia Católica quiso hacer un alto en el camino y tomarse el pulso: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Ese alto en el camino ha pasado a la historia con un nombre precioso: Concilio Vaticano II.

La Iglesia quiso preguntarse si seguía viviendo lo más auténtica y fielmente posible el mensaje de Jesús. Y recordó que lo importante no es ella misma, sino el Reino de Dios; que, como subrayaría Pablo VI, en relación al Reino todo se convierte en «lo demás». Y al servicio de ese Reino, y nunca sobre El, la Iglesia se reencontró como pueblo de Dios en camino, peregrinando por la historia, buscando hacer suyos los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de toda la humanidad. Pero, ¿dónde esta el alimento para ese camino? ¿Dónde tiene la Iglesia su mapa, su brújula, el lugar donde asegurarse de que su rumbo es el correcto, de que su camino no es un camino equivocado?

Dos palabras: alimento y criterio

La clave la podemos encontrar en unas palabras del Concilio Vaticano II: «Por lo tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir por la Sagrada Escritura» (De/ Verbum, 21). La Biblia no es un libro más para un cristiano. No puede estar en nuestras estanterías, ni siquiera en nuestra mesilla de noche, para cuando ya no nos dice nada el último libro que tenemos de Anthony de Mello, de Pedro Casaldáliga o de Monseñor Escrivá de Balaguer. La Biblia es algo mucho más serio.

La tradición de la Iglesia lo ha dicho desde hace muchísimos años y de muchas maneras: quien desconoce la Biblia desconoce a Jesucristo. Esta es la realidad, tan seria e importante como clara: todo el predicar de la Iglesia, toda la religión cristiana, es decir, todos nuestros planes pastorales, nuestras celebraciones sacramentales, todas las declaraciones de los obispos, las homilías de los sacerdotes, las opciones de las parroquias y de las comunidades, todos los objetivos de los grupos, toda nuestra oración, nuestros compromisos con los pobres y los marginados, todos nuestros gestos y palabras, todo en nuestra fe tiene en la Escritura su alimento y su criterio de juicio y discernimiento.

Escribió hermosa y profundamente Die-trich Bonhoeffer: «No es nuestro corazón el que decide nuestro camino sino la Palabra de Dios». La misma tradición a la que aludí antes lo ha dicho de muchas maneras: hemos de intentar vivir a la luz de la Palabra: «lámpara es tu palabra para mis pasos». Es a ella, a la Palabra de Dios, a quien hemos de hacer nuestras preguntas, a quien hemos de someter nuestras dudas, a quien hemos de acercarnos para que ilumine nuestras decisiones. No podemos vivir de espaldas a la Palabra de Dios. Tenemos que dejarnos juzgar por la Palabra. ¡Cuántos de nuestros errores, cuántos de nuestros pecados no existirían si miráramos más a la Palabra de Dios!
Y esa misma Palabra es nuestro Alimento. El Concilio lo expresó de varios modos. Uno de ellos fue recurrir al paralelismo entre la Escritura y la Eucaristía. Difícilmente podía encontrarse algo más fácil de entender por todos. La Iglesia debe a Cristo presente en su Palabra la misma veneración que a Cristo presente en la Eucaristía. Tan real es su presencia que cuando la Palabra de Cristo es proclamada en la Iglesia «es El mismo quien habla» recuerda el Concilio en varias ocasiones. Así el Concilio y muchos documentos de estos últimos años hablan de «la mesa del Cuerpo del Señor y de la Palabra de Dios».

El, el Pan Vivo que ha bajado del cielo, se hace Alimento para nuestro caminar, fuerza para las luchas de nuestra vida diaria, empuje para nuestros cansancios y nuestras debilidades. Hemos de alimentarnos, continuamente, sin descanso, de esa Palabra.

El libro de la Iglesia, nuestro libro

Y la Iglesia ha acertado al hablar de la Escritura como libro «de» la Iglesia. De ella viene y a ella va. Ella es en realidad, a través de nuestros padres, de nuestros catequistas, de aquellos que un día nos acercaron al Evangelio, quien nos ha entregado a Jesucristo. Ella es quien nos sirve la Palabra. Ella es, en la inmensa mayoría de las veces, quien nos ha llevado al Señor.

Pero hemos de hablar de la Escritura como libro «de» la Iglesia en un doble sentido: en Ella tiene su origen y en Ella encuentra su destinatario principal, de Ella viene y a Ella va. La Biblia nace en la Iglesia para volver a la Iglesia.

La Iglesia, madre de la Escritura

Se habla mucho del doble carácter de la Biblia: libro humano y libro divino. Bien hecho. Pero no debe olvidarse que los libros de la Escritura muestra y manifiesta la fe de toda una comunidad. No es la experiencia personal e individual que un profeta o un apóstol o un evangelista han tenido del Señor lo que se nos transmite, sino que coda capítulo -tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento- rezuma la fe de toda una comunidad.

Los autores de los libros: Pablo, Juan, Mateo o quien haya tras esos nombres, se saben miembros de una comunidad que no tiene su razón de ser en sí misma, sino en la presencia en ella del Espíritu de Jesús. Quienes escriben, quienes contestan a las preguntas que las comunidades les han hecho, quienes intentan transmitir su experiencia con Jesús, tienen conciencia de no hablar en nombre propio, sino de la comunidad, transmitiendo lo que otros les han enseñado («yo recibí del Señor lo que os he transmitido», «os enseñé lo que a su vez yo recibí») o lo que ellos mismos han vivido unidos a la comunidad («lo que hemos visto y oído os anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros»).

La Iglesia, destinatario de la Escritura

Pero la Iglesia no es sólo el lugar donde nace la Escritura, sino también la principal destinatario de la Palabra de Dios. «En los libros sagrados el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos», dice la Dei Verbum. El título con el que hoy conocemos muchos de esos libros («Carta a Tito», «Carta a los Filipenses»), el encabezamiento usado por los mismos autores («a los santos de Colosas», «a los santos en Cristo Jesús que están en Filipos»...) nos demuestra ese ser destinatario de la Biblia que adorna a la Iglesia.

Dios, que habló durante generaciones a los hombres por medio de los profetas, lo hace a partir de Jesús en estos libros escritos para comunidades o para cristianos particulares. La Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús es, por tanto, no sólo el manadero, la fuente del Nuevo Testamento, sino también su destino, su final. Para ellos, para los cristianos, están estas palabras puestas por escrito, bien para iluminar el acceso a la fe de aquellos que se preguntan por el evangelio, bien para consolidar la fe de aquellos que se han acercado a él.

Muchos ejemplos podrían ponerse para probar esto. Baste una ojeada al prólogo del evangelio según san Lucas. El autor, tras investigar los hechos fundantes del cristianismo, ordena lo que le han transmitido quienes de ellos fueron testigos oculares y se los escribe a Teófilo «para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido».

El mismo Jesús, el que anduvo por los caminos de Palestina, el ejecutado por incómodo, por peligroso, el Resucitado por el Padre, sale a nuestro encuentro en la Escritura. Desde ella Cristo sigue hablando a su comunidad, a sus discípulos. No se trata de algo secundario.

El fin de un injusto secuestro

Por todo esto es claro que la Escritura debe ocupar un lugar verdaderamente central en la vida de la Iglesia. El Concilio quiso dedicar todo un capítulo a «la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia». Con ello los padres conciliares no quisieron sino terminar con un error, con uno de esos «venenos» que la historia ha ido metiendo entre nosotros, separándonos del Evangelio de Jesús: el secuestro de la Biblia.

Por razones históricas el pueblo cristiano no ha tenido a la Escritura el acceso fresco, cercano, estimulado y estimulante que debía. Miedos, temores y una malentendida prudencia separó durante largo tiempo a los cristianos de su Alimento y su Motor. Afortunadamente el Espíritu ha vuelto a poner las cosas en su sitio. No sólo podemos disfrutar de la Escritura; más aún, debemos hacerlo.
La vida diaria de la comunidad cristiana demuestra ese aprecio por la Biblia, su importancia en nuestro caminar. La liturgia está llena de pequeños signos que nos invitan a apreciar la Escritura: la dignidad con que debe ser proclamada, los signos de reverencia con que debe saludarse y escucharse...

La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar la Buena Nueva de Jesús a todos. Mas para desempeñar dignamente su función la comunidad cristiana debe dejarse evangelizar continuamente. Quienes pretendemos ser evangelizadores no podemos vivir de espaldas a la Palabra. Ella ha de ser nuestro alimento diario, el criterio de nuestro hacer. En Ella encontraremos al Jesús que anunciamos. Sin Ella carecerán de sentido nuestro hacer y nuestro vivir.

Muchos cristianos, muchas comunidades cristianas viven en este camino. Ellos y ellas son quienes de verdad hacen avanzar el Evangelio. Con la Palabra en una mano y la vida cotidiana en la otra salen al encuentro del Resucitado en las luchas y las fatigas de cada día. Ellos y ellas son quienes hacen Iglesia, quienes evangelizan, quienes viven con la Palabra en medio del corazón de la Iglesia.
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