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Isaías

Gonzalo Fernandez Sanz cmf -
Cada vez que iba a renovar el documento de identidad se repetía la misma broma: «Con esa barba y ese nombre parece usted un profeta». A Isaías estas asociaciones le traían al fresco. Demasiado tenía él con cubrir sus cuarenta horas semanales en el taller y encontrar tiempo para su familia. Lo de fundar una ONG se le ocurrió después de un viaje turístico a la India. Le encantó el Taj Mahal, claro, pero hubo noches en las que no pudo pegar ojo. Estaba fundiendo en diez días casi un cuarto de kilo mientras a su alrededor todo era miseria.

Al regreso anduvo un tiempo intranquilo. Siguió participando en las reuniones de matrimonios de los jueves, pero le parecía que todo se iba en buenas palabras. Un día, mientras hacía tiempo para recoger a su hija en el colegio, entró en la iglesia del barrio. A esa hora estaba vacía. No es que tuviera ganas de rezar. Simplemente entró. De vez en cuando le gustaban estas vibraciones. En el silencio de la tarde percibió algo que nunca logró explicarse bien: un estremecimiento ante el Misterio, una sensación extraña de asombro y de pequeñez. Era como si Dios lo estuviera inundando. Se sintió miserable, un pobre hombre atado a media docena de esclavitudes, como casi todos. Tardó un tiempo en reaccionar. Miró el reloj y se dio cuenta de que su hija debía de estar aguardándolo en la esquina.

Lo que ocurrió luego vino en cadena. Se sintió lleno de una gran paz y con deseos enormes de hacer algo. Lo de la ONG era una gota de agua en el océano, pero por algo se empieza. El viaje a la India le conmovió, pero la chispa surgió en la penumbra de la iglesia del barrio. Isaías siempre pensó que estas cosas les pasaban a otros. Lo de menos fue la ilusión que puso en el proyecto. Lo más importante fue que recuperó la esperanza. Había que verle cuando se ponía a imaginar cómo sería el mundo en el siglo XXI. Los que lo escuchaban no podían evitar una sonrisa de escepticismo, pero, en el fondo, sentían que Isaías ponía palabras a lo que ellos sentían por dentro. Y por eso ansiaban participar en sus sueños.

Isaías soñaba que un día, sobre la explanada del templo de Jerusalén, judíos y palestinos firmaban un acuerdo de paz. A partir de entonces, nunca más se vio en televisión al ejército israelí bombardeando el sur del Líbano o a jóvenes palestinos lanzando piedras contra colonos judíos. Oriente Medio dejó de ser noticia. La ONU acordaba que, a partir del año 2000, el dinero empleado para gastos de defensa se dedicaría íntegramente a un plan para erradicar el hambre en el mundo. Mientras, las grandes compañías petrolíferas decidían dedicar fondos para investigar las aplicaciones de la energía solar. En pocos años se reducía drásticamente la emisión de gases contaminantes a la atmósfera. Los países más ricos del mundo comprendían que no era posible mantener un estilo de vida tan consumista y, en diálogo con los países más pobres, ponían en marcha un nuevo orden económico basado en la solidaridad. La dependencia, la explotación y la deuda externa sólo figuraban ya en algunos CD-Rom sobre el siglo XX. Varios centros internacionales de investigación lograban vacunas contra el SIDA y la malaria. Africa volvía a ser un continente lleno de vida y de ritmo. El cáncer era definitivamente derrotado mediante ingeniería genética. Sobre la cima del Sinaí judíos, cristianos y musulmanes se comprometían a trabajar unidos, en nombre de Dios, por la fraternidad universal. En los barrios de Trípoli convivían el libio y el norteamericano. Los antiguos paramilitares de Colombia regían los ayuntamientos con ex-miembros de la guerrilla. Un obispo africano ocupaba la sede de Pedro en Roma. La presidenta de China estrechaba las manos del Dalai Lama en el Tíbet. Toda la tierra estaba llena de la paz de Dios como cubren las aguas el mar.

«¿Por qué se me ocurrirán a mí estas cosas si yo siempre he sido un tipo realista?», se preguntaba Isaías mientras cogía el metro para volver a casa.
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