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I Viernes de Adviento (Is 29, 17-24; Sal 26; Mt 9, 27-31)

Angel Moreno -

Transformación

“Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor, y los más pobres gozarán con el Santo de Israel” (Is 29, 17-19).

Recepción de la Palabra

Quizá puedes interpretar que la profecía, que describe tanta belleza, es solo un deseo. Al contemplar las circunstancias políticas actuales de los territorios de Oriente Medio, no parece que coincida la descripción de Isaías con las noticias que nos llegan constantemente de aquellos países.

Sin embargo, a la luz del nacimiento de Jesús, Dios encarnado, nacido de mujer, las imágenes de la belleza del Líbano se quedan cortas en comparación con lo que sucede en el ser humano.

Gracias a la noticia de la opción de Dios de hacerse uno de nosotros, la humanidad entera, comprendida simbólicamente en el Líbano, se torna bosque y vergel, porque ya no estamos destinados al destierro, sino a la tierra de la promesa, que es sabernos hijos de Dios.

No hay paisaje más hermoso que el interior del ser humano; en él se ha deleitado el Creador, al plasmar en cada ser la imagen de su propio Hijo. Hace falta abrir los ojos de la fe, los ojos del alma, el oído interior y fundirse en la fragancia del bosque, el derroche de gracia que Dios ha derramado en el corazón de cada criatura.

Da dolor convivir con un paisaje tan frondoso en el interior y ser inconscientes de ello, o que nuestra mirada quede obstruida por el tronco de algún árbol, de alguna dificultad que impide la contemplación de la hermosura que guardamos dentro.

San Agustín se lamentaba de esta falta de visión interior, y de que sus ojos se detenían en la realidad externa, que le dejaba siempre insatisfecho. Hasta que descubrió la fuente de toda hermosura, Jesucristo, en el propio interior del ser.

Entra en tu propio jardín, despierta tus sentidos internos y goza del augurio profético, que describe la abundancia de la bondad y belleza con las que has sido enriquecido.

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