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Hágase tu voluntad

Enrique Martínez de la Lama - MISION ABIERTA -
Este deseo del Padrenuestro es una exclusiva de Mateo. Al fijarnos en el resto de las veces en que se usa esta palabra «voluntad» en Mt (6,10; 7, 21; 12, 50; 18, 14; 21, 31; 26, 42), nos encontramos con la escena de Getsemaní (que no tiene paralelo en Mc/Lc: «No lo que yo quiero, sino lo que quieras tú».

El Padre de Jesús es un Dios que acepta el diálogo: por eso es posible la oración. Dos voluntades se encuentran, se confrontan, se liman, se enriquecen y se completan. Nuestro Dios tiene en cuenta nuestra voluntad, la voluntad de sus hijos. Si no lo hiciera, si su voluntad estuviera ya escrita desde toda la eternidad en los astros o donde sea, la oración sería inútil. Jesús le pide a Dios que se cumpla la voluntad del Padre sobre él. ¿Y cuál es? Es evidente que no puede tratarse de una rendición, de un agachar la cabeza, de un resignarse a lo que Dios haya decidido. ¿Dónde quedaría entonces nuestra libertad, querida expresamente por Dios desde el día de la creación?

Los otros empleos de «voluntad» que hace Mateo tienen que ver con la práctica de los mandamientos de Dios por parte de los hombres.

El uso popular de la expresión «la voluntad de Dios»

En lenguaje de la gente de la calle, el estribillo «hay que aceptar la voluntad de Dios», o su sinónimo «Dios lo ha querido así» suelen emplearse cuando se presenta una desgracia imprevista, cuando el mal hace de las suyas, cuando no comprendemos lo que nos está pasando, cuando llega el desconcierto o la desesperanza.

El problema está en que si el mal, un episodio cruel, una tragedia, una muerte imprevista, una enfermedad sin esperanza, se atribuyen a la «voluntad de Dios», en esa expresión estamos señalando... Culpable. Así el Padre queda convertido en el responsable directo de todas las tragedias que caen en la humanidad. La aceptación «devota» y piadosa de algo, ante lo que no se está dispuesto a hacer nada, tiene poco o nada que ver con la actitud de Jesús en el evangelio. Desde luego que ni Él ha invitado nunca a la resignación (antes bien ha luchado contra el mal con todas sus fuerzas), ni ha atribuido nunca los males del mundo «a la voluntad» de su Padre. Es más: Él en Getsemaní está en agonía, en lucha, en pelea por descubrir y asumir esa voluntad.

Lo que nos dice la Escritura

En primer lugar hay que afirmar la bondad de un Dios que se presenta como Padre, y que por lo tanto quiere radicalmente nuestro bien. Hasta el punto de que es capaz de dejar que sacrifiquemos a su propio Hijo: Tanto amó Dios al mundo...

Dando la Palabra a san Pablo: Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Tes 4, 3). Él quiere hacernos santos, como Él es santo; Él nos hizo a su imagen y semejanza, y quiere que lleguemos a ser como Él. Hacer, por tanto, su voluntad, implica acoger su fuerza transformadora dentro y fuera de nosotros, que se llama Espíritu Santo (Ez 36, 27), y que está empeñado en renovar nuestros corazones. No hay un ordenador celestial que tenga anotada mi historia personal: se va escribiendo cada día con mi proceso de conversión personal, y como fruto de mi libertad.

Conocer su voluntad (Col 1, 9) no es recibir la notificación de unos planes concretos que Él nos haría llegar por algún camino, y que nosotros tendríamos que ejecutar obedientemente. Tenemos que buscar, discernir lo que es bueno, agradable, lo perfecto y para ello es preciso no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino transformarse renovando la propiamente (Rm 12,2).

Esa voluntad es ante todo el proyecto, el plan salvador que el Padre ha concebido en favor de la humanidad, un plan de fraternidad, de paz, de justicia, de reconciliación... También están incluidas sus promesas y expectativas, sus dones y exigencias. La historia de la salvación nos muestra cómo esa voluntad implica la eliminación de todo lo que amenaza a la vida del hombre, las invitaciones y los estímulos a vivir en la armonía y en la plenitud. La voluntad (la gloria) de Dios es que el hombre viva, que llegue a la plenitud, que lleve hasta el final la vocación para la que ha sido llamado... aunque nunca sea evidente ni el cómo ni el por dónde.

El «hágase» es un giro hebreo que entendemos así: «Señor, haz tu voluntad». Como reconocemos que esa voluntad (el Reino) es buena para el nombre y el mundo, le pedimos con insistencia que la lleve a cabo. Dios es el sujeto principal de este deseo. Al mismo tiempo, nos estamos disponiendo a acoger y colaborar con esa voluntad salvadora... que puede pasar por el sufrimiento y por la cruz, ya que el Príncipe de este mundo no está dispuesto a dejarse vencer fácilmente.

Desde lo que acabamos de decir podremos entender qué significan las palabras de Jesús en Getsemaní. La voluntad del Padre es que lleve a cabo, hasta las últimas consecuencias, la tarea encomendada, su misión-vocación de revelación y liberación (Le 4, 18-19). Continuar adelante supone asumir la muerte, el fracaso, la derrota (al menos aparentemente). Y ningún hombre, tampoco Jesús, tiene deseos de pasarlo mal. No aceptar ese final sólo habría sido posible si hubiera renunciado a sus principios, a su misión.

Resumiendo: la voluntad del Padre sobre Jesús no es que muera y fracase (si así fuera, ¡vaya un Padre!), sino que llegue hasta el final, aunque tenga que asumir la cruz..

Afortunadamente, al saber Jesús que la voluntad del Padre siempre es salvadora, quedará confortado, lo pondrá todo en sus manos, y aguardará a que esa Voluntad triunfe, aunque por el momento Jesús lo vea todo en tinieblas, aunque no entendiera nada.

Como dijera luego Pablo sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, que han sido llamados según su designio (Rm 8,28).

Por eso Jesús ora, para así, ir transformando sus deseos (aparta de mí este cáliz), para irse modelando sobre la voluntad del Padre, ya que la oración es ir descubriendo aquello que es mejor para mí (aunque pueda costarme la vida), aquello a lo que Dios me ha llamado, y disponer mi voluntad para llevarlo a la práctica, a la vez que aprendo a confiar en la bondad del Padre, que lo llevará todo hasta la plenitud.

Para dialogar y orar

1.¿Cómo entender, explicar y acompañar a otros cuando les llega el sufrimiento o el desconcierto?
2.Escribe y comparte lo que crees que es la voluntad de Dios sobre tu vida y cómo lo has llegado a descubrir ¿Te ha llevado ya esa voluntad por el camino de la cruz?
3.Una buena descrición de la voluntad de Dios se encuentra en Col 1,9-20. Orar desde aquí.
4.Resume en unas pocas frases qué es eso de la «voluntad de Dios».
5.¿Conoces algunos criterios de discernimiento para descubrir la voluntad de Dios?

Ni Jesús ha invitado nunca a la resignación (antes bien ha luchado contra el mal con todas sus fuerzas), ni ha atribuido nunca los males del mundo «a la voluntad» de su Padre. Él en Getsemaní está en agonía, en lucha por descubrir y asumir esa voluntad
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