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El noviazgo

Gonzalo Fenandez Sanz, cmf (IRIS DE PAZ) -
Mateo 1,18-25

    Hace ya bastantes años lo cantaban los Beatles. Después fue el nombre de un programa de televisión. "Lo que necesitas es amor" se ha hecho estribillo de canciones que suenan de muy diverso modo. Con el amor se vence la soledad y se comercia, se sueña y se esclaviza.

¿Cómo acoger este don a las puertas del matrimonio? ¿Existen escuelas para aprender a amar? María es una experta en este arte. Ama como Madre, como compañera en el camino de la fe, como amiga. También como novia. Contemplar a María y a José es descubrir una manera nueva de vivir el,noviazgo. "Lo que necesitas es amar... como ellos".

Ella, antes de contraer matrimonio con José, estuvo desposada con él. Nos lo cuenta con sobriedad el evangelio de Mateo. Decir que fueron novios supone aplicarles una palabra que no cuadra bien con su situación. No tiene mucho que ver el noviazgo de hoy con los desposorios de entonces. Eso sí: el misterio de fondo es semejante. Se trata de una experiencia de amor.

Tú estás pensando en el matrimonio o lo has celebrado ya. Es probable que no uses demasiado la palabra novio/a. Puede parecer-te un poco rancia o quizá demasiado comprometida. Seguramente prefieres hablar de amiga o de amigo. El noviazgo implica una intención clara, una apuesta de futuro. Y estas son palabras que asustan. ¡A ver quién puede estar seguro de no equivocarse! Las revistas del corazón cuentan todos los días historias de noviazgos fulgurantes que se quiebran en un par de semanas. Parece que hasta las mejores relaciones llevan siempre 'una etiqueta con la fecha de caducidad. Conoces también gente que vive una relación sencilla, pero, por desgracia, esto apenas se nota.

Ella y José se querían. Eran dos muchachos judíos que seguían las mejores tradiciones de su pueblo. Para fortalecer sus relaciones no hicieron un viaje a la costa mediterránea. Tampoco perdieron muchas horas en discutir de qué color iban a ser las cortinas de ' su cuarto de estar. Emplearon sus fuerzas y su tiempo en quererse con toda la hondura que les concedían sus diez y pocos años. Y en ofrecer al Señor el don de un amor tan bello.

Tú también quieres a tu novio/a. Y sabes que este amor no tiene precio. Sientes que no has hecho nada para merecerlo, que ha sido un destello de Dios en el camino. Pero te descubres a menudo envolviéndolo con demasiadas cosas. Se te hace difícil vivirlo con simplicidad. Oyes que tus amigos se han ido un fin de semana a París o que andan pagando una hipoteca de varios millones. Dices que a ti te gustaría una boda sencilla, pero al mismo tiempo presionas a tus padres para que no racaneen con el precio del cubierto. A veces tienes tiempo para casi todo, menos para aprender a querer.

Lo de ella y lo de José se complicó sin comerlo ni beberlo. El suyo no fue un noviazgo de color de rosa. El tiempo que podrían haber dedicado a soñar con sus planes tuvieron que emplearlo en aceptar los de Dios. Ella se llevó una sorpresa de campeonato cuando el ángel le anunció su próxima maternidad. Lo de José no encuentra palabras en el diccionario. De hecho, a nadie le ha vuelto a suceder algo semejante. Así que no tuvieron más remedio que fiarse de los ángeles y hacer un cursillo acelerado de fe en el Espíritu Santo. María dijo que de acuerdo, que se hiciera todo como Dios quería. Y José, después de haber sufrido una crisis, «hizo como el ángel del Señor le había mandado».

Tú quieres todo menos un noviazgo difícil. ¡Como si no fuera suficiente ya con reunir dinero para pagar la entrada del piso! Haces tus planes. Procuras reservar tiempos para fus cosas. Sueñas en la boda y en el estilo de vida que te gustaría llevar una vez contraído el matrimonio. ¿Cómo encajas las sorpresas de Dios? ¿Aceptarías que Él saliera por peteneras y abriese un camino que ni siquiera sospechas? Piensa en ella y en él, en María y en José. Lo tuvieron difícil. Podrían haber tirado todo por la borda, pero se dejaron llevar por su ángel. El final lo sabes. Todo depende de lo que quieras hacer con tu vida. Ellos fueron inmensamente felices porque Dios nunca engaña. ¿Y tú?
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