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El joven adulto (etapa universitaria)

JM Rodriguez Olaizola en Sal Terrae 1104 -

    Puede ser útil tratar de dar unas pinceladas sobre esta etapa de la vida. Evidentemente, no pretendo hacer un desarrollo de psicología evolutiva, ni tampoco un ensayo sociológico sobre la juventud.  Cualquier intento de trazar un perfil o de generalizar resultará impreciso. Sobre todo, si se quiere contener en unas pocas líneas. Es verdad que hay tendencias comunes y que, si queremos reproducir tópicos, podemos hacerlo acudiendo a terrenos más o menos frecuentes: entonces hablamos del alcohol y el botellón, de la vida acomodada, del consumismo, de la inconstancia y la fragmentación, o del gusto por la imagen (si nos situamos en el palco de los agoreros que identifican juventud actual con calamidad; o hablamos de lo tolerantes que resultan, lo sensibles y ecológicos que son, lo bien preparados que (a la fuerza) están hoy en día (si nos situamos en el palco de los bienpensantes). En realidad, no vale ni una cosa ni otra. O, mejor dicho, hay un poco de todo. La juventud comparte muchos rasgos que son propios de esta sociedad. Y a ello se añaden algunas dimensiones específicas de la vida en esa etapa. Veamos algunos rasgos particularmente significativos que conviene tener en cuenta a la hora de plantear la pastoral de jóvenes adultos.

    • Nos encontramos cada vez más con un nivel muy diferente de socialización religiosa. Hoy en día, no hay que asumir que toda la gente de una misma edad tiene, más o menos, un itinerario espiritual similar. Puede haber situaciones muy distintas. Ya no hay contextos familiares comunes en los que se pueda asumir que las «cuestiones» básicas de la fe han sido explicadas. Tampoco se puede aventurar hasta dónde ha calado la formación religiosa en la escuela -ni siquiera en los colegios religiosos-. Pero, además, tampoco se puede asumir que hay una socialización religiosa no específica (o primaria), es decir, que la gente conoce algunas cuestiones básicas de la cosmovisión cristiana, como pueden ser determinados relatos bíblicos, etc. Algo de eso hay, pero cada vez menos; y cada vez es más contrarrestado por otros imaginarios. Cada vez hay más ignorancia en cuestiones de religión -no se me entienda en sentido peyorativo o quejumbroso: sencillamente, es lo que hay-. Eso va a tener varias consecuencias para los proyectos de pastoral (por ejemplo, el tener que asumir itinerarios individuales y no siempre proyectos grupales).
   
    • Esto nos lleva a un segundo punto, que es la individualización de las autobiografías. Esto no es exclusivo de los jóvenes, pero también les afecta. En pocas palabras, los horizontes de cada persona no son hoy predecibles por su situación presente. Cada vez hay más incertidumbre acerca de por dónde van a ir los tiros (laborales, relacionales y, en definitiva, vitales). Cada vez es más impredecible el futuro de la gente.
   
    • A esa incertidumbre (que también sufren cada vez más los adultos) hay que añadir, en el caso de la juventud, la provisionalidad. Hasta que alguien puede considerarse un adulto, hay varias etapas que son de desarrollo (infancia, adolescencia, juventud...). Cada una tiene sus dinámicas propias. El joven adulto ya va dejando de ser un adolescente (un «ir dejando» que a veces se alarga bastante, todo sea dicho). Pero el caso es que, sin ser un chiquillo, aún no es un adulto, y ciertamente en la sociedad no se le considera como tal. Aún no es independiente, aunque vaya empezando a conquistar sus parcelas de autonomía. Mientras no alcance cierta estabilidad laboral y económica, el proceso no estará bien encarrilado -dicha autonomía aparece, además, como la llave para poder asentar otras dimensiones de la vida; por ejemplo, lo relacionado con la pareja-. Como el tener un primer o segundo trabajo, normalmente con contratos temporales, no garantiza hoy dicha seguridad (por no hablar de los muchos casos en que hay que pasar por años de becas, que son en realidad trabajo mal remunerado o períodos de prácticas que significan un «chollo» para las empresas), el caso es que la sensación de no pisar suelo firme se da con frecuencia. Mientras no llega la estabilidad, estamos en una etapa de transición (aunque dure años). Ello, de cara a la pastoral, supone ayudar a la gente a prepararse para la vida de después, no actuar como si la situación presente fuera lo que va a ser habitual en sus vidas.

    • La lucha por un puesto en la sociedad es sólo un aspecto de una búsqueda más profunda, que es la búsqueda de identidad personal. Esta etapa es fundamental. ¡Ojo!, no quiero decir que no haya inercias, gregarismos o gente que no se pregunta demasiadas cosas. La hay. Pero también hay mucha gente que, en este momento de la vida, se enfrenta a las preguntas por el sentido de su existencia concreta. La cuestión del sentido de la propia vida (que definimos aquí como «búsqueda de identidad») puede surgir -de hecho, surge a menudo- en estas etapas. Ante las cuestiones que a la gente le importan (amor, futuro, sufrimiento...), uno se pregunta: «¿Qué es mi vida?». «¿Qué voy a hacer yo?». «¿Qué quiero ser?». «¿Cómo quiero vivir?». «¿Por qué?»... y demás. Es verdad que la pregunta muchas veces surge antes -en la adolescencia-, pero entonces uno se enreda más en darle vueltas a las dudas y rechazar las respuestas que se le ofrecen. En cambio, ahora hay más urgencia. En el horizonte se percibe que las decisiones que uno tome ya son trascendentales, pueden condicionar tu futuro y, por tanto, hay que pensárselo bien.

    • A los rasgos señalados hasta aquí hay que añadir otros aspectos un poco más difusos o indefinibles, pero que, pensando en la pastoral universitaria, influyen mucho en qué se puede hacer y cómo plantearlo: La juventud actual puede vivir con muchas lógicas, en función del contexto (no sólo la juventud, pero quizás en esta etapa es más evidente, porque todavía hay mucho por definir en la propia vida). A eso lo llamamos fragmentación. ¿Hay líneas básicas que atraviesan todas las parcelas de la vida? Sí las hay. La pastoral ha de buscar tocar esas líneas para no quedarse en la «sección» de religión y sensibilidad, como una parcela más que ocupa una parte muy delimitada de la vida.

    Además, estamos ante una generación que da un enorme valor a lo lúdico, gozoso, etc. Supongo que siempre ha sido preferible lo entretenido a lo tedioso, y que todos preferimos hacer lo que nosgusta a lo que no. Ahora bien, cada vez más se convierte en un requisito imprescindible el que las cosas te gusten. Categorías como «sacrificio» o «renuncia» se dejan para lo inevitable (por ejemplo, el tiempo de exámenes), pero no parecen encajar en otras esferas de la vida, donde la expectativa pasa por un cierto disfrute. A veces te desmoraliza el que, tras ofrecer algo que tú sientes que a una persona le puede ayudar mucho, la pregunta en la que parece estar la clave de decisión es: «Pero ¿lo vamos a pasar bien?».

    La juventud tiene gran sensibilidad para otros lenguajes y formas de expresión que no son necesariamente la palabra: la imagen, la música, el cuerpo... Por ejemplo, en la liturgia, en la oración o en lo celebrativo, esto se convierte en una oportunidad si se sabe aprovechar bien.

    Por último, hay muchos rasgos que los jóvenes comparten con los adultos, pues son en el fondo aspectos que configuran nuestra sociedad. ¿Es la juventud egoísta o solidaria? ¿Es consumista o alternativa? ¿Es frivola o profunda? ¿Es individualista o gregaria? Pues lo mismo que el resto de la sociedad: hay un poco de todo, y ni los análisis derrotistas ni los ingenuos nos ayudarán demasiado.
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