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El discípulo amado

Ángel Moreno -
Entre los testigos de Pascua, destaca el discípulo amado. Él fue el primero que creyó en la resurrección de su Maestro (Jn 20, 8), él fue quien reconoció al Señor a la orilla del Lago de Tiberiades (Jn 21, 7).


 
Él discípulo, que en la noche de la Cena se había recostado sobre el pecho de Jesús, al recibir la noticia del sepulcro vacío, corrió para comprobar lo que decían las mujeres. El texto señala el detalle de que corrió más que Pedro.
 
Sorprende que ningún texto evangélico desvele el nombre propio de aquel a quien Jesús, antes de morir, le encomendó el cuidado de su madre -“Hijo, ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27)- y de quien el mismo Señor dijo a Pedro: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme»” (Jn 21, 22).
 
En general, se interpreta que el discípulo amado es Juan, uno de los hijos de Zebedeo. Algunos exegetas explican que la intención del texto, al no desvelar el nombre del discípulo perfecto, que gozó de la mayor intimidad del Maestro, que fue fiel en la hora recia y creyó antes que nadie en Jesucristo resucitado, es presentar en figura al discípulo perfecto, aquel a quien debemos mirar a la hora de obedecer la llamada a ir detrás de Jesús.
 
Si tenemos en cuenta que el Evangelio, en el prólogo, revela al Hijo de Dios metido en el seno del Padre, y después señala que el discípulo amado, está metido en el seno de su Maestro, es fácil deducir que Jesús nos llama, según san Juan, a la mayor intimidad, la que surge cuando se participa en la Cena: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). De esta experiencia se deriva el discurso principal del Apóstol:
 
“San Juan no hace un tratado abstracto, filosófico, o incluso teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. Como Apóstol y amigo de Jesús, nos muestra cuáles son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento caracterizado por tres momentos.” El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a afirmar, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). El segundo paso, “Dios ha demostrado concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros.” (Jn 3, 16). El cristiano, al contemplar este "exceso" de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Y creo que cada uno de nosotros debe preguntárselo siempre de nuevo. Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor” (Benedicto XVI, audiencia del 9 de agosto de 2006).

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