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¿Cómo puedo recuperar mis talentos?

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf -

    Es obvio que los religiosos necesitamos el dinero para vivir y para sostener nuestras actividades apostólicas. Es necesario que administremos nuestros bienes sabia y legalmente. Porque nuestros haberes proceden del trabajo de tantos y tantas hermanos y hermanas y, porque atendida nuestra subsistencia y las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, están destinados a nuestros «pequeños hermanos» –a los más pobres–, conforme a la peculiaridad de nuestro instituto, es justo y necesario que saquemos rendimiento a nuestro capital. Supuesto todo esto, yo tengo tan sólo una pregunta que formularos. «Vosotros que entendéis de economía, decidme: ¿qué puedo hacer yo para recuperar mis talentos?».

    Es deleznable afirmar que el único capital que tiene el hombre es el trabajo. No trabajamos para producir más, sino para compartir: para ayudar a los pobres con nuestro trabajo. Es blasfemo postrarnos ante el dios Dinero y adorarlo, aunque se nos conceda todo el dinero del mundo. Es absolutamente imposible servir a Dios y a Mamona. El pan que nos ofrece el tentador está emponzoñado, si comiendo de ese pan nos distanciamos de Dios. Amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón, por encima de cualquier riqueza y aunque debamos entregar la vida, fue el programa del Señor. Queremos que sea también nuestro programa. ¿Cómo puedo recuperar mis talentos?

Creo que recuperaré mis talentos si me postro ante el «paidíon», el servidor y el último de todos, y le regalo mis tesoros. Si gasto toda mi fortuna en ungir su cabeza, como rey y sacerdote que es. Creo que los recuperaré si los recibo como un don de Dios destinado a los demás, es decir, como un don que se parte, reparte y comparte como sucede con el cuerpo de Cristo, el pan del nuevo pueblo. Creo que los recuperaré si no llevo una contabilidad de lo que me deben y también si estoy dispuesto a cancelar, y por tanto a olvidar, lo que un hermano pueda tener en contra de mí. Creo que los recuperaré si, consciente de mi gran deuda, me dirijo al Padre exponiéndole mi necesidad de que tenga paciencia conmigo hasta que le pague todo. Estoy seguro de que él, que es clemente y compasivo, me perdonará, y, experimentada su clemencia, aprenderé a perdonar a mi hermano. Creo que los recuperaré si no murmuro contra el dueño de la viña y estoy dispuesto a admitir que, en el nuevo reino, todo es gracia. Creo que los recuperaré, si, vigilando ya ahora, entrego cuanto soy y cuanto tengo a los más pequeños de nuestros hermanos. Creo, en fin, que los recuperaré si estoy dispuesto a ser un «chiquillo», siervo y servidor de todos. Despojado de todo, porque me sé muy amado, acaso experimente la dicha de las bienaventuranzas reservadas a los pobres. Así amaré a Dios con todas las riquezas o viviré la dicha de ser pobre. Pero vosotros, que sabéis de economía, decidme: ¿Cómo recuperaré mis talentos…?

Para pensar:

En nuestra vocación corremos el peligro de idealizar la pobreza. (Pero el evangelio no ha canonizado nunca la pobreza! Para Cristo, el pobre es el humilde del pueblo, y también el que no utiliza sus riquezas con miras a poseer el alma del prójimo. Cristo mismo ha vivido, y ha trazado un camino para los hombres: hallándose en medio de los pecadores, para alegrar su corazón, comprendiendo su humanidad, transforma el agua en vino. Ama a los desgraciados y se alza contra los ricos endurecidos; la tierra que les ha caído en suerte, )no es, a fin de cuentas, 'del Señor con todo lo que contiene'? La pobreza no es una virtud en sí misma. El pobre  del evangelio aprende a vivir sin prevenirse para el mañana, en la gozosa confianza de que todo se proveerá. El Espíritu de pobreza no consiste en hacerse miserable, sino disponer de todo, en la simple belleza de la creación. El espíritu de pobreza consiste en vivir en el gozo de hoy+ (R. Schutz, Vivir en el hoy de Dios, Barcelona 1965, 98).

 


Fotografía: Saad.Akhtar

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