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Al alba

Ángel Moreno -
Aunque ya hemos contemplado el icono de la LUZ relacionado con el día de la Pascua, que es el primer día de la semana, a la vez que el octavo, retorno a la evocación de las distintas horas a las que Jesús se aparece resucitado a los suyos. La Iglesia lo hace en el canto de la Liturgia de las Horas.
 
En los relatos pascuales, una hora privilegiada es el amanecer, al rayar el alba, la madrugada, cuando el sol nace de lo alto. Muchos cristianos a esta hora, cada día, rezan los Laudes, oración de la mañana, y con toda la Iglesia hacen especial memoria de dos momentos principales de la Historia de Salvación, la creación y la resurrección.
 
Al principio creó Dios el cielo y la tierra, los dos testigos ante los que el Creador desplegará su acción amorosa. “El primer día, dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche».” (Gen 1, 3-5). El mismo día de la semana, “pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro” (Mt 28, 1).
 
La memoria asociativa recuerda que al amanecer, Jesús se apareció a las mujeres, y también lo hizo a los discípulos en Galilea, junto al Lago de Tiberiades. Al amanecer, a la puerta del templo, perdonó a la mujer acusada de adulterio. A la misma hora, salió de Betania, el día que maldijo a la higuera y se secó. La higuera era símbolo de la antigua alianza. Los discípulos de Jesús, liberados de la cárcel por el ángel de Dios, fueron al amanecer al Templo para enseñar que Cristo había resucitado.
 
Saludar la luz del alba cuando rompe, no como quien da culto al sol, sino como quien reconoce al Autor de todo lo creado, al dador de la luz y de la vida, y celebrar que el Resucitado ha podido a la muerte conceden al ánimo una esperanza constante.
 
Al alba se vence a las tinieblas, amanece la luz para el hombre, los cristianos somos hijos de la luz, que debemos iluminar con nuestras obras buenas. La luz transfigura la realidad, la colma de claridad, hace habitable los espacios exteriores más escondidos, y los más íntimos. Jesús, cuando entró a la casa de Zaqueo dijo: “Hoy ha entrado la salvación a esta casa”.
 
Jesús personalizó la luz: “Yo soy la luz”, y Jesús nos revistió de su don pascual: “Vosotros sois la luz del mundo”. Es la hora de abandonar la noche, lo oscuro y clandestino. Es la hora de dejarse inundar de claridad y belleza, porque Cristo, con su resurrección, ha dejado en la luz el vestigio más fascinante de su presencia.
 
Si cada día tiene su sombra, y le persigue la noche, la jornada de la Biblia culmina en la plenitud de la luz: “Pasó una tarde, pasó una mañana, el día primero”.
 
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