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22. Convertirse en espacio

Nicolás de Ma. Caballero, cmf -
Apenas hay espacio en su vida para Dios. Se encuentra obstruido por su propio egocentrismo. Cristalizado.
Una mística le decía al Señor:
-  Señor, entra dentro de mí...
- No puedo -le contestó el Señor-, ¡está todo tan lleno...!
Aprendiendo a desaprender la persona «se libera de toda opacidad, de toda aparente solidez» .Descubrir nuestros espacios interiores determina nuestra salud mental y emocional y, al mismo tiempo, descubre y preserva nuestras inevitables raíces religiosas.
El orante habla frecuentemente de oración profunda, pero no 'hace sitio al Amor'.
«Nos hemos vuelto sólidos, rígidos. Es preciso volverse más fluidos. Y a menos que esto suceda, es imposible conocer lo divino...»
«Sin espacios no hay belleza.
Sin espacios sólo hay muros y paredes;
sólo cárceles».
Los espacios parecen asustarnos. Por eso mismo paralizamos nuestro crecimiento y matamos la revelación interior.
Me decía una persona:
-  'Yo no oigo a Dios'.
Le contesté, sencillamente:
-  'Hágale sitio'.
La obstrucción esencial es la del propio ego. No hay otra razón que justifique nuestra falta de experiencia de Dios y la superficialidad de nuestra fe religiosa cristiana.
«El fondo del hombre está obstinado por su ego. Este es el obstáculo, la espesa colgadura o cortina que oculta en él la Presencia divina».
No hay espacios en nuestra vida. Un espacio es un lugar de libertad, una situación:
- Poco o nada estaicturada: la sencillez la define, la falta de armadura, de apoyos ajenos a la influencia de Dios.
- Poco o nada programada: la providencia es la forma más radical de 'desorganizar' inteligentemente nuestra vida, aun tratando de dejar márgenes saludables para lo que llamamos 'providencia humana', sana 'previsión1. Nuestros prefrontales, un sector importantísimo de nuestro cerebro, organizan esa manera armoniosa y personal de darle una trama coherente a nuestra vida. Pero el cerebro no explica todo lo que puede ser el 'programa' de una vida cristiana ni siquiera puede entenderlo.
- Poco o nada estimulada: una vida preservada, de alguna manera condicionada, o educada, para ver las cosas desde Dios y para dejarse influenciar sólo por aquello que sirve a nuestra respuesta religiosa. Aunque en realidad todo sirve cuando se ama (Rm 8,28).
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