Comentario al Evangelio del

Aristóbulo Llorente cmf

 

      Leemos el Evangelio de hoy y quizá no nos quede claro si tenemos que alegrarnos o entristecernos. ¿Está el Señor con nosotros o no? Lo cierto es que para algunos ser cristiano es algo triste y duro. Es como una especie de trabajo pesado, una carga que se lleva sobre los hombros. ¿Cómo alegrarse en esa situación? Da la impresión de que todas las alegrías del cristiano queda relegadas a la otra vida, cuando nos encontremos definitivamente con el Señor. 

      Dicho en otras palabras, es como si la vida del cristiano fuese, o debiese ser, una cuaresma permanente, dedicada siempre a la penitencia y a prepararnos para nuestra particular pasión, a imitación de la pasión de Cristo. La Pascua, desde esa perspectiva es como una especie de alegría indebida. Algún día llegará. Pero a día de hoy no toca, porque estamos penando en este valle de lágrimas. 

      La alegría de la vida, la que da la familia, la que dan los amigos, la que da el sentirse bien con el trabajo o con el servicio generoso que hacemos a los demás, parece que es un poco impropia. Hasta corre el chiste de que todas las cosas buenas de la vida o engordan o son pecado.

      ¡Qué pena que vivamos así nuestra vida cristiana! Porque a los discípulos les tocó vivir en directo aquel momento tan duro de la muerte de Jesús. Aquel si fue tiempo para la tristeza, para llorar sin saber hasta cuándo. Pero, hay que recordarlo y tenerlo siempre presente, ¡Jesús resucitó! Vivimos en este tiempo de la resurrección, de la presencia. La Vida se ha hecho presente en medio de nosotros. Ya no hay lugar para la tristeza sino para el gozo y el disfrute. El cristiano mira este mundo, su propia vida, desde esta perspectiva de la resurrección del Señor. Sabe, en lo más profundo de su corazón, que este mundo se ha abierto a la Vida de Dios, que nuestra vida ya no está herida de muerte sino de Vida. El cristiano está convencido de que somos, los hombres y mujeres de este mundo, creaturas amadas de Dios. Y nuestro Dios es el Dios de la Vida, del Amor y de la Libertad. La tristeza que tuvieron los discípulos se nos ha convertido en gozo y alegría. Nuestro testimonio, nuestra mejor forma de testimoniar la buena nueva del Evangelio al mundo, es vivir en alegría y esperanza cada uno de los momentos de nuestra vida y compartir vida, alegría y esperanza con los que nos rodean.

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