Comentario al Evangelio del

Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Es consolador escuchar y leer, que los discípulos eran gentes como nosotros, llenos de pequeños y grandes defectos, de tantas debilidades como vemos en nosotros mismos. El deseo de recompensa, de ocupar los primeros lugares, la indignación contra los que quieren acaparar el éxito o el fracaso, no nos resulta extraño a nuestro proceder en ocasiones. Por eso, parece saludable, que Jesús confié a estos hombres cooperar en su Reino. No hacen falta cualidades sobrehumanas o títulos universitarios… Esto significa que Dios también confía en nosotros para acompañarle y ser misioneros, hoy que celebramos el día de DOMUND.

El texto de hoy vuele a poner el dedo en la llaga y, por tercera vez en pocas semanas, nos llama a seguir a Jesús por el camino del servicio. Santiago y Juan, suponiendo que no debería estar muy lejos el día en que se inaugurara el Reino, se adelantan al resto de sus compañeros y le dicen a Jesús: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. La forma es atrevida y no muy humilde, aprovechando su condición de “fieles”, están buscando una recompensa a su fe. “¿Qué queréis que haga por vosotros? Contestaron: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” y les responde: “No sabéis lo que pedís”. No tenéis ni idea, no habéis comprendido nada de lo que significa seguirme, vuestra petición es absurda.

Seguir a Jesús es compartir su cruz, por eso les pregunta: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”. “Lo somos”, es la respuesta decidida, de hecho Santiago morirá mártir (Hch. 12,2) y Juan estará con María al pie de la cruz. Pero eso nos les da derecho a recibir recompensa alguna. Beber el cáliz, bautizarse, sin duda nos hablan de dos sacramentos: el bautismo y la Eucaristía, que nos unen a la cruz y el amor de Cristo y que su renovación dura toda la vida.
En el grupo donde los ambiciosos tratan de escalar, surge la indignación de los otros diez, que ven su actitud como desleal. Jesús vuelve a catequizarlos sobre el servicio a la comunidad, pone patas arriba lo que es importante en nuestro mundo: poder, posición social, prestigio, influencias, coche oficial, cuenta corriente, acciones… Dice: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. La pregunta es: ¿no vivirá Jesús en un mundo que no es real?, cuando cuesta tanto dimitir, o los hombres de las finanzas si se van, es con sustanciosas compensaciones.

La buena salud de una comunidad, resulta si las diversas funciones realizan aquello para lo que están y si todos tienen la visión de conjunto. Tener igual trato unos con otros; no tener muchas pretensiones, sino andar al paso de la gente sencilla. No hay unos que tienen que hablar y otros que callar. No tienen que servir los que no son jerarquía, sino todos. No hay los que dictan la opinión y todos los demás como si fueran vasallos. Desde la riqueza, la autosuficiencia, desde el sentirse más, no se puede ni amar ni servir. Desde esta clave se entiende el ser misionero.

Somos como ellos. Valoramos más a las autoridades que a los servidores. Preferimos sacarnos fotos, besar el anillo, llamar de excelencia, buscar la aprobación de los jerarcas, que poner en el centro a ese misionero o misionera que en África atiende a los más necesitados. Si una Iglesia no sirve, no sirve para nada, los misioneros son una de las mejores expresiones de lo que Jesús nos anuncia en el Evangelio de hoy. Algo de pagano se nos ha colado. El asunto está en saber quien está dispuesto a beber el cáliz, derramar su sangre, ser esclavo de todos. Quienes lo hagan se pueden llamar verdaderamente cristianos, los demás seguiremos buscando, no desesperéis, Dios tiene paciencia con nosotros, como con los apóstoles, y sobre todo nos quiere.

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