Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Martos, cmf

El evangelio de hoy es provocativo. Jesús estaba hablando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de esta manera: Primero les expone una parábola en la que dos hijos reaccionan de forma distinta ante el mandato de su padre. Después les pregunta qué les parece el comportamiento de ambos. Finalmente, les lanza un duro reproche por su falta de fe. Jesús en esta ocasión les pedía a ellos tres actitudes de fe. Él también nos las pide a nosotros hoy.

  • La corrección de las conductas. Para Jesús la rectitud de corazón no se identifica, sin más, con las palabras que se pronuncian. No se reduce sin más a una declaración formal y externa que nada tenga que ver con las decisiones y con las conductas personales y cotidianas. Para Él lo decisivo es cumplir –¡hacer, no solo pensar!- la voluntad de Dios, independientemente de que las palabras coincidan o no con ellas, que es más secundario. Como decía el P. Alberto Hurtado, insistiendo en el hacer: “Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien”.
  • La corrección de las intenciones. Obviamente, las solas conductas tampoco justifican y “canonizan” a nadie. Se puede “hacer mal el bien”, como es el caso del hipócrita, del embaucador o del exhibicionista. Las intenciones deben entrar también a formar parte de aquella actitud coherente exigida por el Señor, aunque en este episodio directamente no lo indique. Por tanto, no basta solo con “hacer el bien”, también hay que “ser buenos” de corazón e intención. O al menos intentarlo.
  • La corrección de las miradas. Jesús observa a los demás desde otros ángulos distintos al mero reconocimiento o plausibilidad social. Desde la perspectiva de cumplimiento de la voluntad de Dios puede suceder que los criterios de valoración de Dios –que ve en lo escondido- se distancie mucho de nuestras percepciones –que a menudo solo ven la superficie-. Hemos de aprender a mirar bien. Sentenciaba Antoine de Saint-Exupéry que “para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada”. Necesitamos, pues, ojos bien orientados, comprensivos y empáticos, para ver como Dios ve.

Estas tres “conversiones” sintonizan con el espíritu del adviento. Por una parte nos interpelan llevándonos a reconocer nuestra actitud verdadera ante Dios. Por otra parte, nos predisponen y adiestran para adelantar en el camino del Reino de Dios, que es siempre el camino de la verdadera justicia.

Juan Carlos Martos cmf

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