Comentario al Evangelio del

Samuel Sueiro, cmf

 

 

Si durante estos días las vidas de Esteban y de Felipe captaban nuestra atención, hoy lo son Saulo y Ananías. Saulo por su proceso de conversión y Ananías por su desprendida disponibilidad. La primera lectura sigue presentándonos aquella expansión inicial de la Iglesia: la persecución de los judíos, la acogida del Evangelio en otras tierras... hoy será Pablo quien comience su misión de «apóstol» y «profeta». La llamada del Señor en el camino tiene los rasgos típicos de la vocación de los profetas de la Primera Alianza. En el fondo, son las preguntas y planteamientos que cada uno nos hacemos de una u otra forma cuando nos ponemos en presencia del Dios que nos llama por el nombre a tomar parte en sus afanes. Tal como lo expresa el Salmo de hoy, se trata de ir a todo el mundo a anunciar el Evangelio, a proclamar que la misericordia del Señor es firme y su fidelidad, eterna.

Ananías puede ayudarnos a aceptar que tal llamada no se responde una vez sin más, sino que cotidianamente es preciso renovarla, porque «nueva» es siempre la Buena Noticia. Confiado en el Señor, es capaz de desprenderse de imágenes que parecían muy seguras, de impresiones difíciles de cambiar, para ayudar a quien más le necesitaba, como Saulo. También nosotros estamos invitados a quitar escamas de los ojos cegados por la estrechez y devolver la mejor mirada al «hermano».

Para responder a esta invitación precisaremos hacer de la eucaristía nuestra lógica de vida, como nos indica el Evangelio de hoy. Quien se alimenta de Él, come su carne y bebe su sangre, habita en Él sin miedo a que todo acabe en el fracaso. Esta forma de ser eucarística de ser bendecidos, de permitir que el Señor nos parta y nos entregue será la verdadera Vida que el mundo está anhelando cada día.

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