Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Y ellos vuelven a la carga. Decididos como estaban a acabar con aquel hombre que desenmascaraba todas sus falsedades e hipocresías y se ponía del lado de los pobres, los pecadores, los sufrientes, intentan pillar a Jesús en algo. Su objetivo: que dijera algo con lo que poder acusarle ante el poder romano, o algo que pusiera en su contra al pueblo que le escuchaba. “¿Debemos pagar los impuestos al César o no?” Bien sabían ellos que dijera lo que dijera, Jesús estaba perdido. Si respondía que sí, el pueblo le abandonaría decepcionado, oprimidos como estaban por el poder romano, militar y económicamente. Si respondía que no, los fariseos y sacerdotes tendrían algo de qué acusarle ante los romanos: una excusa para que acabaran con él.

Pero Jesús, como siempre, sabía ver más allá de las apariencias, de las falsas adulaciones, de las palabras hipócritas. Y entristecido pudo descubrir en el corazón de los que le preguntaban la traición. La inteligente respuesta de Jesús les dejará asombrados a todos. Sale con elegancia de la encerrona, dejando clara a pesar de todo la radicalidad de su propuesta: “a Dios, lo que es Dios”. Y si en el conjunto de su mensaje Dios es el centro de todo y a Él pertenece todo, es claro que todo habrá que remitirlo en último término a Él.

Se ha querido interpretar este texto en el sentido de que Jesús habría sancionado así que en los asuntos relativos a lo económico, político y social debemos aceptar lo que la autoridad legítima determine mediante leyes justas. Y ciertamente, se puede entender así, pero siempre que realmente sea “legítima” y realmente sean “justas”. No sea que estemos justificando leyes y poderes que en realidad van en contra de la Voluntad de Dios, tal y como nos ha sido revelada en Jesucristo. “A Dios lo que es de Dios”. Y también es de Dios la lucha por la justicia, la paz o la igualdad de todos los seres humanos. No juguemos con la Palabra de Dios para legitimar falsamente leyes, instituciones o estructuras que condenan a la pobreza, al hambre, a la violencia, al sufrimiento, a la marginación o a la muerte a tantos hermanos y hermanas nuestros, hijos e hijas del Padre Dios.

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