Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez, cmf

TRABAJAR EN LO QUE DIOS QUIERE

 

           Es oportuno en este tiempo de Pascua, en el que vamos recorriendo de la mano del Libro de los Hechos, la primera expansión misionera del Evangelio, que nos encontremos ante el testimonio de Esteban. Se trata de un apóstol de origen griego que ha intentado inculturar el Evangelio en la cultura helenista, y para ello cuestiona, toma distancias y echa a un lado algunas de las tradiciones más sagradas del judaísmo tradicional como el Templo y la Ley. Era un espíritu libre que tenía claro -como más adelante le ocurriría a San Pablo- lo que era esencial del Evangelio, y que había que abrirlo a todas las gentes y culturas, apartando estorbos que para él eran secundarios.

     Curiosamente, el revuelo comienza en una sinagoga que podríamos considerar de talante liberal, por estar formada por descendientes de antiguos esclavos liberados, procedentes de países lejanos. Pero también para ellos es demasiado escandaloso ese modo de entender y predicar el mensaje de Jesús. Y, como a él, le acusarán ante el Sanhedrín, presentando también testigos falsos.


        Y decía que es oportuno recordarlo en estos tiempos en que hablamos de nueva evangelización, y en que asistimos a una tremenda mezcla de culturas... que piden caminos nuevos, diálogos nuevos, adaptaciones atrevidas, creativas, renovaciones, aun a costa de «sagradas tradiciones»... no sea que nos pase lo mismo que entonces. Parece que el precio para los que quieren abrir caminos nuevos es el de sentirse incomprendidos, acusados, marginados, «rechazados» por no encajar en los esquemas mentales de los defensores de la tradición y la ortodoxia. Es verdad que no todo vale, y que no es fácil decir cuándo alguien está lleno de sabiduría y Espíritu... pero me temo que es más frecuente el «silenciar» y sospechar del que nos desestabiliza y choca contra nuestros esquemas de siempre... que buscar la verdad, lo esencial, el diálogo con «los otros»...

         Ya mirando al Evangelio, Jesús se encuentra con esa mentalidad que identifica la fe con las prácticas religiosas: ¿Qué obras tenemos que hacer? Siempre es más fácil «clasificar» las creencias religiosas de alguien por ciertas prácticas «estereotipadas». Así, las encuestas que se hacen para «medir» la fe cristiana se centran en si se acude a Misa, si se cumplen las normas de los obispos (los ayunos, las orientaciones en temas sexuales...). Claro, en algo hay que fijarse. También los contemporáneos de Jesús medían la fidelidad religiosa por «lo que hay que hacer». Y él resume toda la cuestión en una sola práctica: les dice que «crean» en el enviado. En el mundo bíblico y en el cuarto Evangelio especialmente «creer» viene a ser sinónimo de «tener un estilo de vida determinado». Es lo mismo que le había dicho Jesús a la samaritana: El culto verdadero ha de ser «en espíritu y verdad». En este terreno son imposibles los «cumplimientos», es decir, la adhesión exterior que no toca el corazón. Porque la propuesta de Jesús va en la línea de vivir como él: la justicia, la libertad, la cercanía a los pobres, la entrega a la voluntad del Padre, etc. No buscaremos bien a Dios, y no lo encontraremos «haciendo» cosas, sino «siendo» como el Hijo... «que pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos».

      Por último, Jesús se aparta entristecido de la gente, porque se ha quedado en el pan que han recibido, sin dar el salto a lo más importante: al valor simbólico que ha querido dar a ese signo de la multiplicación. Diríamos: se quedan en el pan del Señor, y no llegan al Señor del Pan. Se quedan en los «milagros» de Jesús, sin alcanzar al «Jesús de los milagros». Se quedan en «las cosas» que Dios puede darnos, en vez de intentar llegar al «Dios de todas las cosas».

         Es la mirada superficial que incapacita para la fe verdadera. Es como quien valora el trabajo inmenso de Cáritas o Manos Unidas... sin preguntarse por el Dios de la Caridad y de las Manos Unidas. Es el que valora el trabajo de tantos religiosos y laicos con los enfermos y marginados, en la educación de los jóvenes, en la atención a los ancianos ... sin intentar llegar al Dios que está detrás sosteniéndolos y orientando su modo de trabajar. Importa lo que son todas esas personas y lo que mueve sus vidas... y no tanto «lo que hacen». Se trata, en definitiva, de no «usar» ni a las personas ni a Dios para nuestros intereses, sino a las personas y a Dios por lo que en sí mismas son, para relacionarnos con ellas y dejarnos afectar por ellas.

                                                                                                      

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