Comentario al Evangelio de ayer

Fernando Torres, cmf

Que el amor de Dios es universal no creo que nadie lo vaya a discutir. Llega a todos sin medida y sin límite. Rompe barreras, cualquier barrera que nos podamos imaginar. Para Dios no hay lengua ni cultura ni religión ni status social ni condición sexual. Su amor llega a todos. Tampoco hay una barrera que impida que su amor llegue a algunos en virtud de su bondad o maldad moral. Es así, su amor llega también a los pecadores. Es amor gratuito, creador, incondicional (que significa sin condiciones, que da la impresión de que hay que aclararlo en estos tiempos), ilimitado.

Otra cosa es nuestro amor. Dios sabe de nuestros límites, de nuestra miopía, que nos impide ver lo que está más allá de unos pocos metros de distancia de nuestro yo (tanto físico como mental –lo que está lejos de mi modo de pensar, de creer, de imaginar…–). Por eso Jesús sabe que nos tiene que ir conduciendo por esas sendas del amor reformando algunas de esas afirmaciones que lo han limitado.

Hoy toca una de esas. “Habéis oído que se dijo ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. De golpe, con unas sencillas palabras, nos abre a una nueva dimensión, la del amor universal de Dios. El amor no es para el pequeño círculo de los que piensan como nosotros, de los que creen como nosotros, de los amigos, de los que nos ayudan y se muestran simpáticos con nosotros, de los que tienen nuestra nacionalidad o de los que se comportan bien (de acuerdo con nuestros criterios de lo que es portarse bien). El amor es también para los enemigos. Es la frase con la que se salta una barrera fundamental, y con ella todas las barreras o fronteras imaginables. El amor es para todos, es universal. O, sencillamente, no es amor.

Nos cuesta asimilar esto. No hay más que leer los periódicos o ver la televisión. No hay más que pensar en la vida de nuestras familias. Y, también, en nuestros propios sentimientos. Nos cuesta saltar esta barrera. Nos cuesta abrir el corazón y la mano frente al otro. Pero es que estamos llamados a amar como Dios ama. Sin límites. Sin medida. Incondicionalmente. Hasta que seamos perfectos como nuestro Padre celestial. Es tiempo de intentarlo aunque cueste mucho.