Explora el sentido de cantar a María y con María. Una reflexión profunda sobre la música, la devoción y el Magnificat como camino de fe. Descúbrelo aquí.
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Al término del segundo milenio, nosotros, los cristianos, que sabemos cómo el plan providencial de la Santísima Trinidad sea la realidad central de la revelación y de la fe, sentimos la necesidad de poner de relieve la presencia singular de la madre de Cristo en la historia, especialmente durante estos últimos años anteriores al dos mil (RM, 3).
Mientras con toda la humanidad se acerca al confín de los dos milenios, la Iglesia, por su parte, con toda la humanidad de los creyentes y en unión con todo hombre de buena voluntad, recoge el gran desafío contenido en las palabras de la antífona Alma Redemptoris Mater sobre el «pueblo que sucumbe y lucha por levantarse» y se dirige conjuntamente al Redentor y a su madre con la invocación: ¡Socorre! (RM, 52).
Descubre una nueva forma de vivir desde la esperanza. Reflexión sobre el amanecer espiritual y cómo renovar nuestra mirada ante los retos del mundo.
Si después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también «bendita entre las mujeres» (Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición de la que Dios Padre nos ha colmado en los cielos, en Cristo (RM, 8).
En el alma de María, hija de Sión, se ha manifestado en cierto sentido toda la gloria de su gracia, aquella con la que el Padre nos agració en el Amado. El mensajero saludó a María como llena de gracia; la llama así como si éste fuera su verdadero nombre (RM, 8).
La gloria de la gracia de Dios se ha manifestado en María por el hecho de que ha sido redimida de un modo eminente. En virtud de la gracia del Amado, en razón de los méritos redentores del que sería su hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original. De esta manera, desde el primer instante de su concepción, María es de Cristo… Por obra del Espíritu Santo, María recibe la vida de aquel al que ella misma dio la vida como madre (RM, 10).
Cuando Dios se revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios. Esta descripción de lafe encontró una realización perfecta en Maria (RM, 13)
En la anunciación, Maria se ha abandonado en Dios completamente, manifestando la obediencia de lafe a aquel que le habla a través de su mensajero y prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad (RM, 13)