Tiempo de consolación (11 de Diciembre de 2012)
II Martes de Adviento
Tiempo de consolación
Consolad, consolad a mi pueblo
-dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén (Is 40, 1).
Nuestro Dios llega (Sal 95).
“Vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños” (Mt 18,14).
Meditación
El pueblo de Dios ha vivido tiempos recios de soledad espiritual, se ha sentido culpable, desterrado, exiliado por su idolatría y deslealtad. Ha penado en tierra extranjera por la lejanía del templo. Ahora recibe alborozado el anuncio de que el Señor no lleva cuentas del mal, que vuelve a rescatarlo, a salvarlo, porque “la Palabra de Dios permanece para siempre”.
Si esta consideración fuera tendenciosa, halago para las mentes inquietas, para que se serene la angustia, aun siendo una estrategia bondadosa, llevaría al desengaño y a la mayor frustración. Pero el discurso que aviva la confianza, que invita a cantar la proximidad de nuestro Dios no es un lenguaje político interesado, para mantener a los fieles sumisos, sino la certeza de la fe.
“No temas”. “El Señor viene… como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. No nos inventamos la ternura de Dios. No es artificio de lenguaje la llamada a la alegría, porque ya está pagada nuestra deuda.
Más que nunca, si nos apartamos de la lectura creyente de la Palabra, nos puede parecer artificial el discurso. Y sin embargo, precisamente cuando la realidad se vuelve adversa es posible mantener la estabilidad por la certeza de la promesa divina.
El creyente guarda el secreto de la confianza, por aciagas que sean las circunstancias; se abre, en todo tiempo, a la posibilidad de luz que contiene aun la peor noticia. Es verdad que “toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor…” Sin embargo, el salmista, desde la experiencia creyente es capaz de entonar “alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque” (Sal 95).
Súplica
“Ven, Señor”.
Contraste
¿Das crédito a la Palabra? ¿Crees que el Señor Dios es tu Padre, el pastor bueno?
El anuncio de la proximidad de Dios, ¿te da alegría o temor?
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