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“Señor, ¡ya huele!” (Jn 11, 39). A propósito de pedofilia y otras “hierbas”

Josep Rovira, cmf -

    Me había propuesto no hablar del tema en mis artículos desde Roma; pero, ha llegado el momento en que no resisto más. En todo caso, ya me perdonarán Uds. Me refiero al tema de la pedofilia dentro del ámbito clerical y religioso de nuestra Iglesia Católica. Y no resisto porque, según mi parecer, hay dos cosas que no se pueden callar: los pecados que hemos cometido (“La Iglesia está herida por nuestros pecados”, ha dicho el Papa a los periodistas el pasado 17 de Abril durante el viaje en avión de Roma a Malta) y, en segundo lugar, las injusticias que se están cometiendo por parte de muchos medios de comunicación.

    Aquí en Italia, desde hace semanas por no decir meses, todos los santos días los periódicos, revistas, telediarios, etc., nos están bombardeando con el tema. “Ya huele”. La gente, como se entere de que eres cura, o te mira casi con sospecha, como si fueras un pedófilo más, o te pregunta a ver qué pasa en la Iglesia y qué piensas tú. Y es evidente que a un cierto número de católicos les está poniendo más o menos en crisis la fe, mientras que otros, que no lo son, se frotan tal vez las manos porque les ayuda a justificar su posición. Les voy pues a decir lo que pienso, por si les sirve.

    En primer lugar, tenemos que reconocer nuestros pecados. Sin miedo. Un solo caso de pedofilia ya sería demasiado; pero, la verdad está en que es un hecho que se ha dado más o menos siempre, aunque en forma minoritaria. Ahora bien, si se ha dado –como se ha dicho- en un tres por ciento, por ejemplo, del clero norteamericano, sumando lo que ha sucedido no ayer sino en los últimos decenios, ¿por qué pretenden no darse cuenta algunos de que el noventa y siete por ciento restante se ha mantenido fiel? Tenemos que reconocer nuestros pecados, todos; pero, ¡no los que se han inventado a veces los periodistas para aumentar el tiraje o el “audiens”, sembrando sospechas donde no había motivo o acusando sin certezas y haciendo juicios generalizados! ¿Por qué se presentan, como si hubieran tenido lugar ayer o esta mañana, toda una serie de casos que de suyo se han ido dando dentro del arco de diez, veinte, treinta y hasta sesenta años, causando así una impresión falsa? ¿Por qué se habla prácticamente sólo del clero católico, cuando se sabe perfectamente que se da también en el ámbito de otras Iglesias y de otros grupos de creyentes, en el mundo del deporte, y sobre todo en el ámbito familiar? ¿Se podría aplicar también aquí aquello de que: “El que esté sin pecado arroje la primera piedra” (Jn 8,7)?. Por lo tanto, además de la verdad que por desgracia hay en los hechos realmente acaecidos, ¿qué hay o qué ha habido detrás de toda esta campaña incesante? ¿Hay motivos políticos, económicos (¡se ha convertido en una mina de oro para sacar dinero –agunas diócesis se han ido a la miseria-!), ganas de querer desprestigiar a la Iglesia Católica porque estorba, etc. etc.? ¿Por qué se ataca tanto y directamente a Benedicto XVI, cuando de hecho ya en los últimos años en que era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero sobre todo desde que fue elegido Papa, ha hablado claramente numerosas veces, denunciando, pidiendo perdón, promulgando y mandando aplicar normas cada vez más severas, como nunca se había hecho antes? ¿Por qué hay quien se olvida de que en el año 2005, durante el Viacrucis en el Coliseo, el entonces cardenal Ratzinger, sustituyendo a Juan Pablo II enfermo, habló de: “La suciedad presente en la Iglesia, más dolorosa aún por hallarse en algunos sacerdotes...”, una afirmación que a algunos pareció entonces exagerada y que ahora se ha visto que sabía perfectamente de qué hablaba...? Ciertamente da la sensación de que hay una “orquestación”, aunque no conozcamos todo su entramado.

    En realidad, ¿en qué ha fallado la Iglesia? Ante todo, en el hecho de que ha habido quien ha pecado: ¡demasiados pecadores, aunque sean una minoría! Ha fallado, como reconocía clara y directamente entre otros el cardenal Walter Kasper en una entrevista, en el modo cómo la Iglesia oficial se ha comportado generalmente ante estos casos: encubriendo el hecho, obligando a callar, trasladando a otro lugar, donde repitió los mismos errores, a quien en el sitio anterior había dado escándalo; había querido evitar el escándalo entonces y ha dado pie a uno mayor ahora. Ha querido salvar una cierta “imagen” de Iglesia, dando así una impresión falsa, olvidando que: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). No ha tenido en cuenta que, además del perdón ofrecido al pecador que se arrepiente, hay una cuenta que saldar con la justicia humana y los tribunales, incluída la cárcel, cuando se cometen reatos. Y sobre todo no ha hecho justicia a quienes han sido víctimas y ahora justamente la piden y exigen. ¿Habrá que recordar que: “A quien escandalice a uno de estos pequeños más le valiera que le ataran una rueda de molino al cuello y lo hundieran en el fondo del mar” (Mt 18,6)? ¡De ningún otro pecado-reato dijo Cristo algo semejante!

    ¿Cómo veo personalmente el presente y el futuro de toda la cuestión? Desde un punto de vista informativo, creo que dentro de no mucho se va a hablar ya poco o nada de todo ello, porque el público se cansa de oir o leer las mismas noticias y pide que se cambie registro; y esto lo saben muy bien los medios de información. Y de cara a la Iglesia, me parece que hay que ver todo ello como un momento “providencial” de purificación y penitencia (¡porque es verdad que hemos pecado!); un hecho que nos ayuda a superar la tentación de la arrogancia en quien se cree dueño de la verdad, comenzando por quienes se tienen por lo máximo de la ortodoxia (¡qué ejemplos hemos visto!); nos está haciendo más humildes; nos obliga a reconocernos pecadores, a volver al Evangelio (Lc 18,9-14). De ahí que a la larga la Iglesia va a salir, quizás un poco reducida de número (¿?) y con arañazos y heridas que escuecen..., pero más verdadera y fiel a su Señor. Por eso, después de todo, deberemos repetir con el salmista: “¡Qué bien que me humillaste!” (Sal 119,71). No sólo Dios nos quiere más coherentes, sino incluso quienes no participan de nuestra fe, ¡y en esto ciertamente no van equivocados! Hay quienes creen que, debido a todo eso, se va a hundir y extinguir la comunidad cristiana, confundiéndola con una empresa humana: es verdad que los pescadores que reman son frágiles y contradictorios y la tempestad arrecia; pero, ¡el Señor está en la barca, aunque a veces parezca que duerme, y esto es lo que cuenta (Mt 8,23-27)!  

    De ahí que, todo esto que estamos viviendo ahora es para mi, después de todo lo dicho, y aunque sea indirectamente y pueda parecer lo contrario, una prueba más de la verdad de la fe cristiana.

Arrivederci!
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