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Presentación

Salvador León Belén -
    Con una mirada rápida e insuficiente sobre una nueva geografía y una nueva realidad, nos hemos acercado a las tierras de Lambaré y Yhú en Paraguay, corazón de América del Sur.

    Nuestra misión en la comunidad misionera parroquial de S. Juan Bautista ha sido breve, muy breve en el tiempo, constructiva en la formación de catequistas y en la participación en diversos grupos que configuran una parroquia extensa, comprometida, alegre, con un buen número de laicos que con gozo y sacrificio saben “tomar parte en las duras tareas del evangelio”. Este “montoncito” de laicos ha ido adquiriendo una conciencia viva de su protagonismo, presencia y participación en la iglesia, del apoyo y acompañamiento que hacen a las familias, de su responsabilidad en las catequesis con los padres y madres (sobre todo madres) de tantos niños que cada fin de semana llegan a los salones de las distintas capillas.

    La vida nos ha llegado a través de las personas, de las experiencias que nos han sido dadas, de los distintos acontecimientos en los que hemos participado visitando el mundo del dolor, de la fiesta, de las pequeñas comunidades del interior- allí donde las cosas y las personas se ven de otra manera- de los paseos recreativos, de la cancha de fútbol, del día de la amistad y la celebración festiva, cultural y religiosa del día del párroco. ¡Días de vida!

    Al observar el inmenso campo de misión nos quedamos desbordados por la mucha mies y los pocos obreros que trabajan en ella; por la suma de pobrezas y el retraso infinito de las soluciones; por la creciente inseguridad en la que viven las personas que ven amenazada sus vidas por la violencia, el deterioro de la vida social, familiar, económica. Pero desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad aunque no tenga suficiente para comer o para formarse, tiene una actitud de lucha para sobrevivir, para ser solidarios, para reconocerse como iguales. El Reino está en medio de ellos. También hay que decir que por estas tierras la verdad y la justicia no llegan al aprobado, la corrupción acampa libremente y tiene el terreno bien abonado para seguir creciendo.

    Admiramos a todas las personas que “arriman el hombro” y hacen posible una familia mejor, un vecindario más unido, una parroquia, que con sus distintas capillas y pequeñas comunidades, no deja de orar, trabajar y acompañar los distintos procesos de vida y de fe. “Nos señalaste un trozo de la viña y nos dijiste: venid y trabajad”.
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