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Meditación para el V domingo del Tiempo Ordinario (7 de Febrero de 2010)

Angel Moreno -

(Isa 6, 1-2ª. 3-8; Sal 137; 1 Cor 15, 1-11; Lc 5, 1-11)

A quien haya tenido el privilegio de peregrinar a Tierra Santa, estoy seguro de que la evocación del Mar de Galilea, que hoy hace el Evangelio, le traerá recuerdos muy emotivos.

Cada año peregrinamos a la tierra de Jesús, y  la noche en  que embarcamos para hacer una oración en medio del mar, sintiendo la brisa, la humedad, el oleaje, se queda grabada para siempre y deja gustar la presencia del Nazareno.

Genesaret es el lago donde Jesús pronunció el nombre de los discípulos y el lugar de la llamada, de la experiencia sensible, afectiva, consoladora, que ellos tuvieron de su Maestro. Tiberiades es memoria del primer “sí”, del encuentro enamorado, de la luz pascual junto a las brasas, de la certeza de que Jesús ha resucitado.

Ante la fascinante figura de Jesús, que poco a poco va desvelando su identidad a los discípulos con diversos signos, la respuesta adecuada es el seguimiento, mas a su vez, cuando el Señor deja percibir su divinidad, la conciencia de debilidad, de pobreza y hasta de pecado, se apodera del corazón de los llamados. El temor, el miedo, la indignidad llegan a ser argumentos para rehusar la invitación a ir detrás de Jesús.

Las tres lecturas de este domingo coinciden en la misma reacción. Isaías, al contemplar la visión del trono de Dios, exclamó: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros…”. Simón Pedro, ante la pesca milagrosa, reacciona sobrecogido: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. San Pablo reconoce: “No soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios”.

En los tres casos, el poder del Señor supera la debilidad humana, y sobre la vulnerabilidad de personas débiles construye el misterio de la Iglesia. “Jesús dijo a Simón: -No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Pablo confiesa: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. En el caso del profeta Isaías, la imagen del ángel purificador asegura al profeta el perdón: “Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”.

Sólo queda reaccionar como lo hicieron ellos. Isaías responde: “Aquí estoy, mándame”. Pablo reconoce: “Su gracia no se ha frustrado en mí”. Los discípulos de Genesaret “sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.

Si escuchas la llamada a ir detrás de Jesús, si percibes una moción interior a comprometerte por el Evangelio, si sientes impulsos nobles de generosidad, nunca la debilidad será argumento para dar la respuesta más generosa. Jesús es capaz de llenar nuestras redes vacías. Sólo hace falta actuar en su nombre. Como Pedro, podemos responder: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”.

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