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Meditación para el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 24 de Enero de 2009.

Angel Moreno -
(Nh 8, 2-4ª.5-6. 8-10; Sal 18; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

En las lecturas de este domingo, se nos proponen dos ejemplos coincidentes, el del sacerdote Esdras, proclamando la ley del Señor ante el pueblo desde lo alto de un ambón, y la intervención de Jesús en la sinagoga de su pueblo, de pie, proclamando el texto del profeta Isaías. La antífona del salmo interleccional nos sirve la clave: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”.

Desde antiguo, el alimento de la fe del pueblo de Dios eran las Sagradas Escrituras. La llamada lectio divina se practicaba en las sinagogas los sábados. Jesús participa de las celebraciones sabáticas y se nos presenta como ejemplo para discernir el tiempo presente a la luz de la Palabra: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

La actitud de respeto, la proclamación solemne de los textos que hacen Esdras y  Jesús, la acogida reverente y la escucha atenta por parte de la asamblea, la aplicación de la Palabra a las circunstancias del momento, llevan a descubrir cómo debemos relacionarnos con el Libro Santo.

Si tomamos el texto de la segunda lectura y practicamos el método de la lectio divina con él, al leer o escuchar cómo San Pablo relaciona el cuerpo humano con el misterio que formamos los creyentes en Cristo -“Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”-, podemos iluminar nuestras relaciones comunitarias, sociales, eclesiales, ecuménicas –estamos en el octavario de oración por la unidad de los cristianos-, y también nuestra vocación más personal, de la manera que descubrió Santa Teresa del Niño Jesús: “Yo soy en la Iglesia el corazón”.

A la hora de avanzar por el camino del seguimiento del Evangelio, el recurso a la Palabra de Dios es una recomendación de los Padres y Maestros espirituales. Ellos se han convertido en referencia sapiencial por haber llevado a sus vidas lo que han escuchado en la oración con la Palabra.

Si oramos los textos de hoy desde las mociones interiores que sintamos, pueden ser muchas las preguntas que nos surjan, tanto en relación con nuestra comunión eclesial, como en la fidelidad al don recibido en favor de los demás.

La comunión es el límite de nuestra pertenencia al mismo Cuerpo de Cristo. “Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo”. En el posible discernimiento sobre nuestra forma de vivir el cristianismo, la pregunta sobre el sentimiento de pertenencia a la Iglesia es esencial.

La comunión no anula la diversidad: “El cuerpo tiene muchos miembros”. “No hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros”. Esta referencia será siempre un elemento objetivo de nuestra identidad cristiana. Si por lo que sea sentimos desafección o tomamos caminos independientes de la comunión eclesial, será muy difícil mantener en la conciencia la paz del que sigue la verdad.
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