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Meditación para el domingo XXXII del tiempo ordinario, 'B'

Angel Moreno -
    En las lecturas que se proclaman  este domingo (1 Re 17, 10-16; Sal 145; Mc 1, 1-8), destaca la figura de la viuda,  mujer que según la Biblia y la cultura de aquella época, estaba expuesta a todas las pobrezas y marginalidades. De ahí que Moisés instituyera la ley del levirato, por la que el pariente más próximo del marido muerto, debería, por piedad, tomar por esposa a la mujer del difunto.

    Sin embargo, la viuda y su hijo que, en tiempos de Elías, llegan a la extrema necesidad - “No tengo ni pan, me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite”-  y la viuda del templo, a la que ve Jesús cuando da como limosna dos reales, todo lo que tenía, se convierten en modelo de generosidad, a la vez que son bendecidas por su gesto magnánimo.

    En general nos dejamos llevar por las grandes gestas, las contribuciones cuantiosas, las sumas importantes. Ante ellas nos surge la admiración, y en algunos casos la sociedad condecora a personas por su labor benemérita, que a menudo consiste en la entrega de grandes sumas de dinero, o en acciones sobresalientes a los ojos de los hombres. Muy posiblemente los dos ejemplos que nos propone la Sagrada Escritura hubieran quedado sin relevancia ante la valoración social de nuestra época. Dios, en cambio “sustenta al huérfano y a la viuda”. Jesús afirma: “Os aseguro que esta pobre viuda ha echado más que nadie al arca del templo, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

    La carta a los Hebreos señala que Cristo ha destruido el pecado “con el sacrificio de sí mismo”, no dando sólo una parte de sí, sino dándose totalmente. Desde esta perspectiva, se comprende mejor lo emblemático de la hospitalidad de la viuda de Sarepta y de la limosna de la viuda del templo; ambas dan todo lo que tienen, que es en parte imagen profética de la entrega de Jesús. Él se entrega a sí mismo.

    Nadie gana a Dios en generosidad. Tengo experiencia de la bendición que se recibe cuando, fiado de la Palabra, se decide arriesgarse a ser pródigo, generoso, solidario. Hay veces que sobrecoge la Providencia devolviendo mucho más de lo que se ha regalado. En ocasiones me he dicho a mí mismo: “Tienes necesidad de bienes, da los que tienes”.

    La asistente social de Cáritas de Guadalajara, ante la situación dramática de familias que no tienen ni para comer, por desgracia en fuerte crecimiento, me contaba emocionada: “Sobrecoge que se acerquen las personas más humildes a dar de lo que tienen”. Hay muchas viudas anónimas, muchas entregas aparentemente pequeñas, que llevan todo el amor del corazón.

    Nos evangelizan los pobres, ellos son los que atraen y sostienen de manera existencial la bendición de Dios sobre el mundo. Ellos son los que quiebran las prepotencias vanidosas y los protagonismos egolátricos. “Dos reales”, “un puñado de harina”, “un poco de agua”, “un poco de aceite” fueron las cantidades más transformadoras de la realidad, como lo es la pequeña levadura en la masa.
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