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Meditación para el domingo XV del tiempo ordinario

Angel Moreno -

Hay lecturas que son antológicas, que se han quedado en nuestra memoria para siempre, iluminan de manera especial la conducta y son referentes a la hora de discernir y de actuar. Una de ellas es la parábola del “Buen Samaritano”, del Evangelio de San Lucas.

En el texto se ofrecen matices de ternura, generosidad, delicadeza, los que el samaritano tuvo con el que había caído en manos de bandidos: “Le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas echándoles aceite y vino, y montándole en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó, y sacando dos denarios, se los dio al posadero”.

La parábola se puede comprender desde diversas perspectivas. Señala un hecho social de inseguridad en los caminos, una denuncia ante el comportamiento de los diferentes personajes que se evaden del problema, una enseñanza, que podemos acogerla en doble sentido, según apliquemos la figura del samaritano a Jesús o a nosotros.

San Pablo propone hoy a Jesucristo como modelo y paradigma: “Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud”. Jesús es para nosotros buen samaritano. De esta interpretación se deriva el que nos sintamos siempre beneficiarios de la ternura y de la misericordia de Dios. Es muy importante que veamos la exigencia de considerar prójimo a todas las personas como respuesta a lo que nosotros mismos hemos recibido. El salmo nos sitúa en esta perspectiva: “Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia. Yo soy un pobre malherido; Dios mío tu salvación me levante. El Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”. ¡Cuántas veces en nuestras pobrezas hemos sido socorridos por Él!

Se nos llama a ser como protagonistas del relato lucano y a caminar sensibles, solidarios, generosos con quienes, en nuestro entorno o a nuestro paso, permanecen heridos, desanimados, hundidos por la marginalidad o violencia de los otros. Esta actitud depende mucho de la conciencia que se tenga de haber sido beneficiario en otras ocasiones de la piedad de Dios y de los otros.

Desde la experiencia consoladora del amor, del perdón, de las ayudas y comprensiones que hemos recibido y que se han quedado grabadas en la memoria, se entiende lo que dice la primera lectura: “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

Buen samaritano, buen prójimo es aquel que se detiene, compasivo, ante el sufrimiento del otro y es capaz de cambiar, si es preciso para hacerle un bien, su propio proyecto. Todo el que se arriesga por atender al que sufre y se conmueve de manera solidaria, con entrañas generosas, ante el dolor, la dificultad, enfermedad de los que le rodean, o de manera anónima ante situaciones de emergencia, y hasta es capaz de saltarse las barreras sociales, con tal de prestar la ayuda posible.

Jesús termina la parábola con la indicación: “Anda, y haz tú lo mismo.”

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