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Meditación para el cuarto domingo del Tiempo Ordinario.

Angel Moreno -

(Jr 1, 4-5, 17-19; Sal 70; 1 Cor 12, 31-13, 13;  Lc, 21-30)

Si observamos los textos de la liturgia de la Palabra de este domingo, encontramos que así como el Evangelio, que puede iluminarse con la primera lectura y con el salmo, describe una escena en la que Jesús afronta una dificultad, y que las tres obedecen a una selección dentro del ciclo “C”, durante el que se proclamará el texto lucano, en el caso de la segunda lectura, es continuación exacta del texto proclamado los domingos anteriores, de la primera carta de San Pablo a los Corintios.

A la luz de la primera lectura, al ver a Jesús abriéndose paso, sin miedo, entre la multitud enfurecida de su pueblo, que estaba dispuesta a tirarlo por el  precipicio, se aprecia que en Él se cumplen las profecías, según el texto de Jeremías: “Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce…”.

Una manera de interpretar adecuadamente  los textos bíblicos es leerlos a la luz de los acontecimientos vividos por Jesucristo. Desde esta perspectiva, se descubre el sentido profético de muchos pasajes del Antiguo Testamento que se convierten en revelación para saber cómo actuar en el seguimiento del Maestro.

El ejemplo del Nazareno, que hace frente, sin violencia, a la multitud enfurecida, es una enseñanza y reacción oportunas para tiempos recios. Pero ¿de dónde sacar las fuerzas frente a la dificultad?

La carta de San Pablo nos produce una especial iluminación para discernir si nuestra forma de actuar es o no evangélica. La Biblia nos advierte que es muy fácil errar si nos guiamos por las apariencias. Dios ve el corazón. También es frecuente darnos importancia por lo que hacemos, y no por hacerlo con amor.

Si os dijera que tengo el don de lenguas, y el don de interpretarlas, os haríais eco inmediato. Si os enterarais que tengo el don de profecía, de prever el futuro, muy pronto vendrían muchos con deseos de averiguarlo. Si llegara a vuestros oídos que he realizado gestos generosos y hasta heroicos, produciría admiración. Yo mismo puedo caer en la trampa de gastar mi persona y mi tiempo en mis tareas, y aun sin quererlo, acariciar el éxito y el protagonismo sociales. Todo sería vano sin amor. Todo sería inútil si no naciera de las entrañas, de la experiencia de haber sido amado de Dios, del don recibido, acogido y entregado. Si no fuera por verdadera reciprocidad.

Cuando se actúa desde la conciencia de saberse amado, se descubre la fuerza. “No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 18-19). Ahora se comprende la fuerza de Jesús, el Hijo amado de Dios.

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