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Meditación desde Buenafuente para el Domingo XIX del Tiempo Ordinario (9 de agosto de 2020)

Ángel Moreno -

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, “A”

Evangelio

Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de des-pedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14, 22-27).

Comentario

Me has dejado sentir durante este tiempo de pandemia el parón del quehacer acelerado, y el gusto del silencio y la soledad orantes. Al contemplarte en el monte a solas, después de tu tarea, me surge el estímulo magistral que nos enseña a saber alternar la plaza y el desierto.

Es una sabiduría consagrada a través de los siglos vivir las dos dimensiones esenciales del ora y el labora, la acción y la contemplación, la relación social y el tiempo dedicado a tratar contigo.

Cuando se tarda en celebrar el ritmo alternante del desierto y la ciudad, si acontece, como ahora, de manera inesperada la necesidad de confinamiento, la naturaleza se revuelve, y hasta cabe que sintamos miedo, como les sucedió a los tuyos en la travesía nocturna a la otra orilla del mar de Galilea.

Se hace proverbial el modo de vida de los monjes, pero sobre todo es esencial aplicar a la existencia el núcleo de la fe, acreditado en el relato de la tormenta sobre el mar y la bonanza al rayar el alba. “A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar.”

Nos pides atrevimiento, confianza, correr el riesgo seguros de tu mirada atenta sobre nuestra pequeña barca, tantas veces inestable por el viento contrario, por las olas levantadas en la oscuridad de la fe.

Extiende tu mano, sostén nuestro ritmo en la travesía de la existencia, y déjanos sentir que el mal no puede al bien, y menos aún la muerte a la vida. ¡Cuánto dolor para  tantos que no averiguan que tras la tormenta llega la calma!

Como a Pedro, nos entra el miedo al pensar que nos hundimos. Pero tu Palabra hoy se convierte en antídoto contra la desesperanza: “Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

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