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¿Es verdad que... el cóndor pasa?

Josep Rovira, cmf -

Por razón de ministerio, el pasado mes de agosto, he tenido la oportunidad de ir a Lima, capital del Perú. Si me permiten, quisiera compartirles algunas impresiones.

Lima, un lugar chocante porque es una ciudad enorme en la que no suele llover nunca, sobre todo en invierno (correspondiente a los meses de verano del hemisferio norte); y tengan en cuenta que “nunca” significa: nunca. Incomprensible para quien llega de otra ciudad en la que la lluvia es parte “constitucional” de buena parte del año. Lo cual explica la aridez increíble de la sierra que la rodea y en medio de la cual se extienden los innumerables arrabales de una población que pasa de nueve millones de habitantes (casi una tercera parte de toda la del país). Una aridez que al principio te sorprende; pero que, poco a poco, te das cuenta de que –como el desierto- no deja de tener su belleza. Montañas que te invitan (al menos ésta fue mi sensación) a contemplarlas desde una cierta distancia; así como en otros sitios alturas cubiertas de bosque parece que te instigan a trepar por ellas hacia las cumbres, gozar de las sombras y de la variedad de los colores de sus árboles y plantas. Estos montes áridos, cubiertos de polvo y piedras, los gozas desde la lejanía. Son áridos, sí, pero no estériles; porque basta que por algún sitio o en los valles pase un hilo de agua e  inmediatamente estalla la vegetación. No están muertos; tienen una vida escondida, agazapada, siempre al acecho para despuntar apenas nuestra hermana el agua les da la oportunidad.

Todo esto no quita que Lima sea una ciudad muy húmeda, sobre todo en su parte central. Entre las montañas de la sierra que la rodea y se trenza con sus barrios periféricos se encuentran, en cambio, recodos secos y soleados.  Y, efectivamente, tal vez uno se imaginaría que en este caso Lima es una ciudad contínuamente soleada; pues no, en los meses de invierno –y no sólo- no ves prácticamente nunca el sol, debido a una capa fija de nubes o neblina que la envuelve día y noche, efecto de la llamada “corriente del Niño”.

Viendo las casas y los barrios de periferia, a uno que viene de Europa le asalta inmediatamente la pregunta: “¿Cuándo llega el verdadero frío invernal o un fuerte temporal, ¿qué va a quedar de tantas chavolas con sus habitantes que se encaraman por las laderas de las montañas?”. Pero no, porque la temperatura ni baja mucho ni sube excesivamente; y sobre todo –como he dicho- porque un fuerte temporal no llega nunca. Y esto la gente lo sabe. Casi te viene el pensamiento de que el buen Dios les ha dado, en este sentido, una mano.

Perú, un país en pleno desarrollo; el año pasado superó el 6/100 (en junio de este año incluso pasó del 7/100), cuando en Europa no llegamos al 1/100, y más de uno se queda incluso bajo cero. País dividido en tres grandes zonas: costera, andina y amazónica. Grande más del doble de España con sus 1.200.000 km. cuadrados y 30 millones de habitantes. Con grandes posibilidades mineras (oro, plata, cobre...) y de otro tipo (gas natural...), y también –claro está- no pocos problemas (¿quién no los tiene hoy día?). Años atrás vivieron la tragedia de la lucha contra la guerrilla de “el sendero luminoso”, de lo cual, gracias a Dios, queda solamente algún grupo residuo y marginado.

Un pueblo sencillo, a la mano, acogedor, religioso, alegre, amante de la música, generoso, altruista..., que te gana rápidamente el corazón. Gente que te invita a conocer y a gustar sus bellezas naturales: la cordillera de los Andes con sus incontables y altísimas cimas, sus playas y acantilados, la inmensidad serena de la llanura amazónica, tupida de bosque y serpenteada por “su majestad” el Amazonas con sus quinientos afluentes; sus bellezas históricas, basta pensar en las ruinas del antiguo imperio Inca (¡qué lástima que los conquistadores españoles destruyeran no poca belleza...), su increíble Machu Picchu, sus ciudades de estilo colonial; sus bellezas folclóricas, fiestas y danzas, sus pueblos indígenas...
Para que vean su talante, he ahí un botón de muestra. Es la historia de un vendedor que disponía de una hierba muy útil y rara para quien sufre del problema de la presión.  Dándose cuenta de ello, un pasante se le acercó y quiso comprarle toda la mercancía, a lo cual el vendedor se opuso: “¡No! Sólo una poca: ¡Usted no es la única persona que sufre de este mal, y hay que pensar en los demás...!”.

Una curiosidad. En una pequeña ciudad, en medio de la infinita llanura amazónica, cuando se supo que era español la primera pregunta que me hicieron fue: “¿Eres del Barça o del Real Madrid?... Porque aquí estamos divididos en hinchas de ambos equipos”. ¿Quién duda todavía de que exista la llamada globalización?

El cóndor es el ave más grande del Perú, típica y característica. Por la mañana, cuando amanece, la gente del lugar (y los turistas de paso) van a contemplarlo cuando sale de su nido, situado en las grandes alturas, para ir a buscar comida; y por la tarde observan su vuelta. Le ven pasar extendiendo toda la anchura de sus alas (llega a tener más de tres metros) y la solemnidad de su vuelo. Y así todos los días desde siempre. Es verdad, por lo tanto, que en este hermoso país... el cóndor pasa.

J. Rovira, cmf.

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