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El Pozo de Jacob (VI)

Alfredo Mª Pérez Oliver, cmf -

Es mi intención recordar algo de lo mucho que se ha dicho sobre la Nueva Evangelización. Pero antes, me parece necesario pensar en las fuerzas que hay en la Iglesia en misión. Y cual es su talante. Rafael Navarro Valls en artículo publicado el 12 de Marzo sobre los desafíos que se va encontrar el nuevo Papa, detalla los ejércitos que va a tener a su disposición. En primer lugar advierte la necesidad de preparar “intelectual, humana y espiritual de 721.935 (setecientos ventiunmil novecientos treinta y cinco) religiosos y 412.236 (cuatrocientos doce mil doscientos treinta y seis) sacerdotes.” Y añade con acierto que “lo importante ahora nos es tanto la ‘artillería pesada’ o las ‘grandes flotas oceánicas. Más bien se trata de dar aliento a esa ‘infantería ligera’ (si se me permite el símil) que son los 1.200 (mil doscientos) millones de católicos dispersos por todo el mundo”.

Dos historias interpelantes.

Salta a mi corazón inmediatamente la duda o seguridad de que muchos de esta infantería ni se les ocurre ponerse en combate y menos situarse en trincheras de avance. Hay dos historias algo crueles que, con atenuantes, creo se pueden aplicar a este formidable, numéricamente, ejército:

La primera cuenta, que en un poblado de la India, había nacido un retrasado mental, y vivía como niño débil atendido y querido por todos los vecinos. Creció en años físicos y en vigor y se hizo agresivo. Rondaba por el pueblo rompiendo vallas, puertas y todo lo que se ponía por delante. Los ancianos se reúnen y deciden atarlo a un gran árbol. Darle cuerda larga para que tuviera un espacio amplio y ponerle allí su choza para refugio. Cuidaron de la alimentación y sus posibles necesidades. Al furor sucedió la calma y después de un tiempo piensan que ya se ha curado su agresividad y le pueden liberar. Así lo hacen, pero con asombro observan que el loquillo no sale de su círculo. Le han quedado ataduras mentales y allá se encuentra tranquilo y sin complicaciones.

La segunda la encontramos en las Memorias de Booker T Washington, uno de los esclavos notables en el resurgir de la raza negra al abolirse la esclavitud tras el triunfo de Lincoln: “Una mañana se ordenó a todos los esclavos que se reuniesen en la hacienda. Al llegar, vimos a toda la familia del amo sentada en el pórtico. Con cierta tristeza pero si el menor sentimiento de amargura. Un oficial del Norte leyó la proclama de la emancipación. Ya éramos libres y podíamos ir donde se nos antojara. Escenas de gozo… pero luego al tener que forjar planes hacia la libertad se dieron cuenta que la realidad nueva era algo más serio de lo que habían supuesto. No se veían capaces de ganarse la vida en lugares extraños y entre gentes desconocidas…Uno a uno, al principio casi a hurtadillas, los esclavos más viejos regresaban a la hacienda para sostener una conversación con sus antiguos dueños sobre su futuro…No obstante estuvieron de acuerdo los negros de la plantación en dos puntos: debían dejar el lugar por algún tiempo para reconocerse libres y que debían cambiar de nombre.”

Y es que nos basta romper las cadenas externas, hay que romper las internas, que es aún más difícil. Pero ahí esta la verdadera libertad.

Largas ataduras al seglar en nuestra Iglesia.

Durante siglos ha jerarquía mantenido que los fieles no deben pretender conocer la teología, porque doctores tiene la santa Iglesia –decía el Astete- que os sabrán responder. Se trataba de que bastaba la que fue llamada “la fe del carbonero”. Recuerdo el informe que Melchor Cano dio a la Inquisición para que se condenara el Catecismo de Carranza afirma que “absolutamente condenable la pretensión de dar a los fieles una instrucción religiosa que solo conviene a los sacerdotes y no hay que poner en romance tanta teología”

La consecuencia es clara. No son aptos para evangelizar y lo que tienen que hacer -como afirmó San Pio X- “como dóciles ovejas obedecer a sus Pastores”

Cuando el P. Congar quiso romper lanzas a favor de los derechos de los fieles en su libro “Jalones para la teología del laicado”, le costó la cátedra.

Pero –debo resumir- cuando el Concilio rompió la atadura y proclamó la igualdad de todos en la dignidad cristiana. Y todos llamados a la santidad. Y todo discípulo de Jesús por su Bautismo y Confirmación tiene el derecho y el deber de anunciarlo,

¿Qué ocurrió? Lo del loquillo del poblado indio. Ya la gran mayoría estaba acostumbrada a su círculo reducido y no piensan salir de allí. Y como los esclavos recién libertados no quieren comprometerse a los riesgos de la autonomía.

El problema sigue candente. Lo afirmó en reciente entrevista el Cardenal Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires. Y hoy 16 de marzo, ya hace tres días que es el nuevo Papa.

Epílogo del Papa Francisco. Para examinarse.

- ¡Cómo ve a los laicos en Argentina?

- Hay un problema, lo dije otras veces: la tentación de la clericalización. Los curas tendemos a clericalizar a los laicos .No nos damos cuenta pero es como contagiar lo nuestro. Y los laicos –no todos, pero muchos- nos piden de rodillas que los clericalicemos porque es más cómodo ser monaguillo que protagonista de u n camino laical. No tenemos que caer en esa trampa, es una complicidad pecadora. Ni clericalizar ni pedir ser clericalizado. El laico es laico y tiene que vivir como laico con la fuerza del bautismo, lo cual le habilita para ser fermento del amor de Dios en la misma sociedad, para crear y sembrar esperanza, para proclamar la fe, no desde el púlpito sino desde su vida cristiana.”

Hay que pedir al corneta al corneta para el informe unque sople fuerte para que la fiel infantería se de cuenta que se le llama al combate. Es la infantería la que conquista las trincheras enemigas. Estoy de acuerdo con el que dijo: “La Nueva Evangelización se hará con los laicos, o no se hará”.

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